lunes, 4 de enero de 2010

María Antonieta en la Conciergerie


Todos los esfuerzos por liberar a María Antonieta habían resultado en vano, y el 2 de agosto de 1793 la desdichada reina, a la que pocas semanas antes se había separado de su hijo, fue trasladada a la Conciergerie para comparecer ante el tribunal revolucionario.

Al conocer la noticia, Fersen se sintió muy abatido. El 24 de agosto escribía a su hermana:

"Conocéis sin duda, querida Sofía, la terrible desgracia del traslado de la reina a las cárceles de la Conciergerie y la orden de esta execrable convención, que la libra al tribunal revolucionario para ser juzgada. Desde este momento ya no vivo, pues no es vivir sufrir como sufro. Si por lo menos pudiera actuar, hacer algo por liberarla, creo que sufriría menos. Sentirse impotente es lo terrible. Taube os dirá cuál es la única esperanza, que es la que he intentado. Una rápida marcha contra París es cuanto se puede hacer. Pero sigo sin la certeza de que el proyecto será adoptado y puesto en práctica. ¡Qué horror tener que esperar sin hacer nada! Daría mi vida por salvarla y no puedo hacerlo. Mi mayor dicha sería morir por ella, y esta dicha me es negada... Adiós, querida Sofía, rogad por ella y compadeced a vuestro desdichado hermano..."

Fersen tenía razones para lamentarse. Su querida amiga era tratada de manera innoble. Este es el testimonio de un hombre que consiguió verla en su celda:

"La estancia era pequeña, húmeda y fétida; no había ni estufa ni chimenea. Había tres camas: una para la reina, otra para la mujer que la servía y la tercera para los dos guardias que nunca salían de la habitación, ni siquiera cuando la reina precisaba satisfacer sus necesidades naturales.

La cama de la reina era como las otras, un jergón de paja con una manta de lana; las sábanas eran de tela basta color gris, como las de los demás; no había cortinas, solamente un viejo biombo.

La reina vestía una chambra negra; sus cabellos, cortados en flequillo, estaban grises; había adelgazado tanto que era difícil reconocerla, y estaba tan débil que apenas podía sostenerse sobre sus piernas. Tenía tres anillos en los dedos, pero ninguna joya. La mujer que la servía era una vulgar pescadera, de la cual la reina se quejaba a menudo...

La reina se acostaba siempre vestida de negro, pues como en cualquier momento podía ser asesinada, quería estar de luto. Michonis lloraba de dolor. Él me confirmó las pérdidas de sangre de la reina, y que cuando se tuvo que ir al Temple a buscar la chambra negra y la ropa necesaria para la reina, sólo se pudo ir después de una deliberación del Consejo..."

9 comentarios:

  1. Madame,
    tal vez esta reina, en otra época, en otro reino, hubiera tenido un fin más noble... Dura vida la de las mujeres, independientemente de si eran nobles o no y del tipo de monarquía que defendiesen.
    Feliz tarde lluviosa.

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  2. Madame solo puedo decir que no era una santa pero tampoco un demonio y no se merecia como la trataron

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  3. Disculpenme, mesdames, no podia subir todo el texto porque el explorer volvia a fastidiarmelo todo, asi que tuve que escribirlo directamente y subirlo en dos partes.

    Bisous

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  4. Vaya madame, otra vez con el explorer os leo..... espero este solucionado.
    Sigo con la siguiente entrada para ponerme al dia.
    Besos

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  5. María Antonieta era más simple que el asa de un cubo.
    Nadie merece ese final, pero ella tampoco hizo nada por remediar la miseria del pueblo de Francia. ¿Cómo era aquello? Si no tienen pan que coman pasteles (U hojaldre. No estoy seguro.
    Un saludo.)

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  6. Si, madame, no se qué me pasa con este blog. El otro va bien, pero este debio de quedar tocado.

    Bisous

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  7. Sí, fue el peor personaje posible en medio de aquel escenario. No se si con otra reina tal vez los acontecimientos hubieran tomado otro rumbo.

    Feliz dia, monsieur

    Bisous

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  8. Otro final penoso para una vida que conoció todo el glamour de la corte en sus años mozos.

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  9. Dio un giro drastico para ella, si.
    El viento no siempre sopla del mismo lado.

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)