domingo, 31 de enero de 2010

El Príncipe Don Carlos

 
 El Príncipe Don Carlos

En el personaje del desdichado príncipe don Carlos encontramos rasgos de una impetuosidad sin freno, un carácter desequilibrado y un odio contra los favoritos de su padre, el rey Felipe II, contra el sistema de su gobierno y contra las instituciones sobre las que apoyaba su autoridad. Nacido cuando Felipe apenas tenía 18 años recién cumplidos, desde la más tierna infancia había sido objeto de graves preocupaciones por su inclinación al mal. Su abuelo Carlos V, desde su retiro, había manifestado su inquietud.

Hay relatos espeluznantes sobre su falta de autocontrol y su carácter violento. En uno de ellos se nos muestra amenazando con un puñal al cardenal que había prohibido a un cómico que a él le gustaba.

-Qué, curita, ¿osáis burlaros de mí prohibiendo que Cisneros venga a divertirme? ¡Por la vida de mi padre que os voy a matar!

Y se abalanzó contra él de tal modo que por poco no consiguen librarlo de su furia.

Lo encontramos en otros relatos abofeteando a su tía, y ordenando atacar a sangre y fuego una casa desde la que se habían derramado por descuido algunas gotas de agua sobre su cabeza al pasar. Incluso se cuenta que en una ocasión intentó arrojar por una ventana a uno de sus servidores por haber tardado en responder a su llamada.


 Felipe II

No podemos considerar probado ninguno de estos relatos, ni sabemos hasta qué punto debemos darles crédito. Sin embargo, sí está demostrado que el joven príncipe tenía un carácter cruel que se traicionaba mediante algunos actos que disgustaban enormemente a su padre. Por ejemplo, le encantaba estrangular él mismo a los conejos que cazaba, y se complacía en verlos morir.
Y no era éste el único quebradero de cabeza que daba al rey Don Carlos se burlaba de él y experimentaba un placer similar contrariando todos sus planes. Si Felipe II se erigía en ardiente defensor de la fe católica, entonces el príncipe, aunque también era católico, decidía unirse a los calvinistas rebeldes de los Países Bajos, sostener su insurrección e incluso ponerse al frente de la misma.

Lo peor de todo es que era el heredero de la corona, reconocido formalmente como tal por los Estados reunidos en Toledo en 1560.

En 1562 Don Carlos estudiaba en la Universidad de Alcalá junto con Juan de Austria y Alejandro Farnesio. Al príncipe no le gustaba el estudio, a pesar de los ilustres profesores que el rey había elegido para su educación. Faltaba a las clases y hacía amistades poco recomendables con las que se entregaba a los placeres. Felipe II lo sabía y escribía a sus maestros, inasequible al desaliento: "Continuad vuestros esfuerzos; aunque don Carlos no aproveche los estudios como debería, al menos no serán inútiles".


 Alejandro Farnesio

Estudiando en Alcalá el príncipe se enamoró de una jovencita que pertenecía al entorno de una condesa que residía en el mismo palacio que él. Una noche, buscando verla en secreto, se cayó por una escalera y se golpeó fuertemente en la cabeza. El accidente fue muy grave. Además de la pérdida de sangre sobrevino una fiebre muy elevada, y los médicos decidieron operar el cráneo. Vesalio le hizo una trepanación a la que sobrevivió cuando todo el mundo lo daba por muerto, pero el percance le dejó secuelas para toda la vida, y desde entonces pareció aún más desequilibrado y debilitado.

Se temía que permanecería impotente, y en ese sentido hay una carta dirigida a Catalina de Médicis en la que se dice: "... Nos ha contado el médico de la reina católica que a pesar de las recetas que sus tres médicos le han hecho emplear para volverle capaz de tomar esposa, es tiempo perdido esperar descendencia, pues jamás tendrá hijos, y él lo sabe muy bien".

En medio de todos los defectos de su naturaleza y carácter, la única buena cualidad del infante era la adoración que sentía  por su madrastra, Isabel de Valois, hija del rey Enrique II de Francia y de Catalina de Médicis.


 Isabel de Valois

En un principio ella era la esposa que le estaba destinada a don Carlos, si bien mientras se esperaba que ambos alcanzaran la edad adecuada para el matrimonio Felipe II enviudó y decidió proponerse él mismo como esposo de la princesa de Francia. Su hijo, entusiasmado desde un principio con la idea de desposar a la linda Isabel, nunca se lo perdonó.
El humor cambiante y los instintos turbulentos del príncipe iban en aumento. Ruy Gómez escribió por entonces: "El Rey Católico dijo que si no fuera causa de escándalo en el mundo, recluiría a su hijo en una prisión, por los desórdenes que protagonizaba y porque no tenía el menor control sobre sí mismo".

Continuará

sábado, 23 de enero de 2010

Catulo y Lesbia


Ovidio aseguraba que el nombre de Lesbia era un pseudónimo, pero su identidad nos fue desconocida hasta que Apuleyo, mucho más tarde, nos dio una buena pista. En su Apología dice: "Por ese motivo que acusen también a Catulo, que dijo Lesbia en lugar de Clodia".

Tras esta referencia ha sido generalmente identificada como Clodia o Claudia Metela, nacida en 95 a. C., tercera hija del patricio Apio Claudio Pulcro y Cecilia Metela Baleárica. Ello a pesar de la opinión discrepante de Suzanne Dixon, que rechaza que Lesbia existiera fuera de la imaginación de Catulo.

Clodia era conocida por sus aficiones literarias, su suntuosidad y sus vicios. Mantuvo diversas aventuras tanto con hombres casados como con esclavos, y era igualmente famosa por su afición al juego y a la bebida.

Al igual que hizo su hermano, cambió su nombre patricio de Claudia por el plebeyo Clodia. Era hermana de Publio Clodio Pulcro, tribuno de la plebe. Un epigrama del propio Catulo se hace eco de la acusación de incesto que se atribuía a ambos:

Lesbio es guapo. ¿Cómo no? Lesbia le prefiere
a ti y a toda tu familia, Catulo.



Clodia se casó primero con Luculo, del que se divorció en el 66 a. C. Después de eso contrajo nuevo matrimonio, esta vez con su primo Quinto Cecilio Metelo, gobernador de la Galia Cisalpina en 62-61 a. C., cónsul en el 60 y cuñado de Pompeyo. El marido murió envenenado al año siguiente, según los rumores por manos de la propia Clodia.

Es de suponer que Catulo, más joven, conoció a Lesbia en Verona, cuando él tenía 20 años y ella estaba allí con su marido. Apenas iniciado el romance, el esposo de Lesbia es nombrado cónsul y tiene que abandonar Verona. Catulo los sigue poco después, instalándose definitivamente en Roma.

"Apenas te veo, Lesbia, mi voz expira dentro de mi boca, mi lengua se paraliza, un fuego sutil corre por mis miembros, un murmullo interior resuena en mis oídos y una doble noche se extiende ante mis ojos".



Cuando se queda viuda, Lesbia y Catulo tenían intención de casarse, pero pronto llega a oídos del poeta que ella tenía nuevos amantes. Ahí comenzará la verdadera tortura para Catulo. Entre ellos estaba Marco Celio Rufo, con quien Clodia mantuvo una relación de dos años. Más tarde lo acusó de haber intentado envenenarla. En el juicio Rufo fue defendido por Cicerón con su discurso Pro Caelio, que hace aparecer a Clodia como una mujer hermosa llena de ambición, encenagada en todo tipo de vicios: asesina, incestuosa, ninfómana. También la llamaba "ojos de vaca", pero esto no era en absoluto peyorativo, puesto que así calificaba Homero a Juno.

La relación entre Catulo y Lesbia se va enrareciendo. Hay separaciones, desavenencias y sobre todo celos del poeta hacia los rivales con los que ella lo sustituye de vez en cuando. Sus poemas nos proporcionan una curiosa lista de esos oponentes. Pero una y otra vez se reconcilian ambos. Es una relación de amor y odio. Detesta a Lesbia y se duele de su bajeza, pero al mismo tiempo la desea ardientemente.

Odio et amo. Quare id faciam fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sento et excrucior.

(Odio y amo. Preguntarás tal vez por qué lo hago. No lo sé, pero lo siento así y me torturo).



Suponía un alto grado de depravación en la sociedad romana que una mujer de elevada posición social fuese por las calles en busca de amantes por propio placer y no por necesidad económica. Eso hizo Lesbia. Marco Celio Rufo aludía a ella con el nombre de Clytemnestra quadrantaria, que significa algo así como Clitemnestra barata. (Clitemnestra había asesinado a su marido, y quadrantaria hacía referencia al valor de un cuarto de as, la tarifa más baja por la que se podía gozar de una prostituta).

Mientras todo esto sucedía, Catulo tenía también sus aventuras con damiselas y chicos, puesto que era bisexual. Aunque no era nada que tuviera que ver con su amor por Lesbia.

Hasta tal punto ha cambiado mi alma, Lesbia, por tu culpa
y de tal manera se ha perdido por su misma lealtad,
que ya no puede quererte por muy perfecta que seas,
ni dejar de quererte por mucho mal que me hagas.



El poeta aceptó marchar a Bitinia con el séquito de Memmio. A su regreso, y poco antes de su muerte, consiguió apagar su amor por Lesbia, "que seguía su rumbo por plazuelas y callejones". En el último poema que le escribe da por finalizada la historia deseándole que siga gozando de sus muchos amantes y satisfaciendo y agotando a todos. Le dice que se olvide de su amor, que por su culpa se ha roto "como la flor a la que troncha el arado".


Bibliografía:
Catulo - Luis Antonio de Villena
Eros romano: sexo y moral en la antigua Roma - Jean-Noël Robert

jueves, 21 de enero de 2010

La Venus Negra de Baudelaire

 Jeanne Duval por Manet

Jeanne Duval, cuyo verdadero apellido era Lemer o Lemaire, fue una actriz y bailarina nacida en Haití en torno a 1820, una mulata de origen mitad francés y mitad africano. Ella fue el gran amor del poeta Baudelaire desde que se conocieron en el año 1842, cuando Jeanne interpretaba un papel secundario en un vodevil del teatro Parthénon.

Es por esas fechas cuando Baudelaire, ya mayor de edad, recibe la herencia de su padre y vive en el Quai de Voltaire, entregado a la vida bohemia, mientras que ella vivía en el número 6 de la calle que llevaba por curioso nombre rue de la Femme-sans-Tête (calle de la mujer sin cabeza). Ambos mantuvieron una relación tormentosa en el transcurso de la cual él se iba frecuentemente con otras mujeres, pero siempre acababan por reconciliarse. De vez en cuando Baudelaire se refería a ella como su esposa, aunque nunca estuvieron casados.

De Jeanne se dice que era mentirosa, alcohólica e ignorante. En palabras de Gonzado Ugidos, "este retrato poco halagador confirmaría la predilección del poeta por las mujeres tontas. Creía que envejecían bien, que la estupidez demoraba las arrugas y era la mejor cosmética".


 Jeanne dibujada por Baudelaire

Jeanne era de elevada estatura, "una mestiza de tez cobriza, con grandes ojos oscuros, labios carnosos, bella cabellera ondulada de color negro-azul, y algo divino y animal en su porte a la vez", diría de ella Théodore de Banville, otro de sus amantes. Baudelaire la llamaba la Venus Negra, y le dedicó muchos de sus poemas.

En 1845 el poeta tuvo intención de suicidarse. Escribió a Jeanne una carta que decía:

Carta a Jeanne Lemer... el amor de mi vida
30 de junio de 1845

"Yo me mato -sin ningún arrepentimiento- yo me mato. No apruebo ninguna perturbación que los hombres suelen llamar arrepentimiento -Mis deudas jamás han sido un arrepentimiento- nada me es más fácil que controlar ese tipo de cosas. Pero yo me mato porque no puedo seguir viviendo, el cansancio de adormecerme y el cansancio de despertarme, me son insoportables, yo me mato porque me siento inútil a los demás y peligroso a mí mismo, yo me mato porque me siento inmortal".



 Nota de suicidio de Baudelaire

Hizo entonces testamento a favor de ella:

"Lego todas mis posesiones a mademoiselle Lemer, incluyendo mis escasos muebles y mi retrato, porque es la única criatura que me ofrece consuelo. ¿Puede alguien culparme por desear retribuir los raros placeres de los que he disfrutado en este mundo horrible?... No tengo a nadie excepto a Jeanne Lemer. Sólo en ella encuentro paz... Jeanne Lemer es la única mujer que he amado, y ella no posee nada".

Jeanne no gozó de buena salud. En 1859 sufrió un ataque de parálisis que la llevó a ser ingresada en el hospital del hospicio de Dubois. A consecuencia de ello padeció de una hemiplejia en el lado izquierdo.

Manet, amigo de la pareja, la pintó en 1862, cuando se estaba quedando ciega. Según algunas fuentes, Jeanne iba a fallecer ese mismo año a consecuencia de la sífilis que le había contagiado el poeta. Sin embargo, otros testimonios contradicen este dato al afirmar que sobrevivió a Baudelaire. Hay un testigo, el famoso fotógrafo Nadar, que dice haberla visto en 1870, caminando con muletas y ya muy enferma de sífilis.



EL BALCÓN


Madre de los recuerdos, oh mi amante de amantes,
de mis placeres todos, de todos mis deberes,
remembrarás belleza traducida en caricias,
dulzura de los leños, encantos del crepúsculo,
madre de los recuerdos, oh mi amante de amantes.

Relumbre de las noches a la luz de carbones,
noches en el balcón, entre brumas rosadas,
-tu corazón tan bueno, tu melífero seno-
inmarcesibles verbos en los oídos mutuos,
relumbre de las noches a la luz de carbones.

Y los hermosos soles en las tórridas tardes,
y el espacio profundo, y el corazón recio,
y acercándome a ti, idolatrada reina,
sentir que se percibe el néctar de tu sangre,
y los hermosos soles en las tórridas tardes.

Y la noche se espesa como un parapeto,
negritud a mis ojos que adivinan pupilas,
las tuyas, mientras bebo, oh dulzura, oh veneno,
tu aliento, y tu pies en mis manos se duermen.
Y la noche se espesa como un parapeto.

Así evoca mi arte los felices instantes,
yo repaso ese ayer ovillado en tus piernas.
¿Para qué pretender tu beldad falleciente
si aquí están tu cuerpo y el dulzor de tu espíritu?
Así evoca mi arte los felices instantes.

La promesa, el perfume, ese beso infinito,
¿volverán del abismo que no miden las sondas,
como tornan al cielo esplendentes los soles
cuando los purifica el recóndito océano?
Oh promesa, oh perfume, oh ese beso infinito.


(Traducción de Carlos Sánchez Sottosanto)

miércoles, 20 de enero de 2010

La bailarina del Moulin Rouge


 En el Moulin Rouge - Toulouse Lautrec

Jane Avril fue la más famosa bailarina de can can, amiga de Toulouse-Lautrec, que solía representarla en sus pinturas.

Su nombre verdadero era Jeanne Beaudon. Nació en París en 1868, hija del aristócrata italiano Luigi di Font. Para él la Bella Elisa, madre de Jane, había sido simplemente un amorío pasajero, y no tenía ninguna intención de asumir responsabilidades derivadas del mismo. Nunca aceptó hacerse cargo de la niña, y las abandonó a ambas apenas nacer Jane.

 
 Jane Avril

Elisa era lo que se conocía como una demimonde, es decir, una especie de cortesana mantenida por amantes acaudalados. Era una alcohólica que golpeaba frecuentemente a su hija, hasta que Jane no pudo aguantar más y huyó de su casa. La fuga resultó infructuosa, porque las autoridades la encontraron y, ante el modo tan agresivo en que reaccionó al verse atrapada, la encerraron en un asilo para enfermos mentales, donde fue atendida por el doctor Jean-Martin Charcot, especialista en "mujeres histéricas". Fue precisamente allí, durante el transcurso de un baile para los empleados del hospital, donde la forma de bailar de la jovencita llamó poderosamente la atención.

Jane permaneció en aquel lugar durante año y medio, no tanto para tratarla de su supuesta enfermedad como para protegerla contra las iras de su madre. Cuando tenía 16 años, en junio de 1884, abandonó la institución y fue a instalarse en el Barrio Latino, haciendo de día cualquier trabajo que le fuera surgiendo para salir adelante, y actuando como bailarina de noche, con el nombre de Jane Avril. Tenía éxito, suficiente como para que pronto pudiera abandonar las otras tareas y comenzara a vivir de la danza.



 Jane Avril bailando

En 1889 la contrató el Moulin Rouge, y en poco tiempo conseguía ser primera figura en el Jardin de Paris, un importante café-concierto de los Campos Elíseos. La popularidad del can can llegó a ser tan grande que Jane viajó a Londres para mostrar su arte a los ingleses.

Fue precisamente un inglés, Arthur Simons, quien dijo de ella que tenía "la belleza de un ángel caído". Él nos dejó también la descripción de una de sus funciones en el Moulin Rouge, contándonos que bailaba ante el espejo, a la luz de las lámparas de color rosa y anaranjado. La describe como alta, esbelta, llena de gracia y distinción, con cándidos ojos azules y un perfil perfecto. "Tenía un genio endiablado, aparte de lo cual era siempre adorable y excitable... una criatura de crueles pasiones; tenía fama de ser lesbiana... Nunca he conocido una mujer que sintiera una pasión tan absoluta por su propia belleza. Bailaba ante el espejo que había en el foso de la orquesta porque estaba loca por su cuerpo. Era tan increíblemente delgada y flexible que podía doblarse hacia atrás -como Salomé cuando bailaba ante Herodes y Herodías- hasta barrer el suelo con los hombros".


 Jane Avril por Toulouse-Lautrec

En 1895 el Moulin Rouge le ofreció una gran suma de dinero por sustituir a Louise Weber, La Goulue, que era entonces la bailarina más famosa de París. Durante ese mismo año Jane tuvo un hijo, pero pronto volvió a los escenarios y continuaron los éxitos para ella. La llamaban La Folle (la loca), por su manera de bailar. Otro nombre por el que fue conocida fue Melinita, como el explosivo detonante.

Dicen que fue la más libre y alegre de todas las bailarinas del Moulin Rouge, amiga de pintores y de escritores. Vivió durante algún tiempo con Alphonse Allais, que quiso casarse con ella, pero Jane se negó entonces a cualquier tipo de atadura.
 
Jane Avril - Maurice Biais

Se casó, sin embargo, más adelante, cuando tenía 42 años, pero fue con el artista Maurice Biais. No fue un matrimonio feliz, porque el esposo con frecuencia desaparecía durante días. Cuando él falleció en 1926, Jane quedó casi en la ruina, teniendo que vivir de los pocos ahorros que le quedaban.

Murió en un hogar para ancianos en 1943, a la edad de 75 años, y está enterrada en el famoso cementerio de Pere Lachaise, en París.



 Jane Avril abandonando el Moulin Rouge, por Toulouse-Lautrec

Jane Avril fue interpretada en el cine por Zsa-Zsa Gabor, y más recientemente por Nicole Kidman en la nueva versión de la película Moulin Rouge.

lunes, 18 de enero de 2010

Los Mamelucos


 Masacre de mamelucos en El Cairo ordenada por Mehmet Alí

La palabra mameluco significa poseído en lengua árabe, puesto que los mamelucos eran esclavos que pertenecían a los emires. No se trataba, sin embargo, de esclavos corrientes, sino que eran además guerreros y tenían una categoría especial. Una vez recibida la instrucción militar se convertían en hombres libres, si bien con unas obligaciones de servilismo hacia el sultán que recuerdan mucho las de un férreo sistema feudal.

Eran todos de raza blanca, procedentes de la zona de Anatolia los Balcanes, Ucrania y norte de Rusia. Alcanzaron el poder en Egipto en 1250 como conscuencia de una conspiración palaciega, y se mantuvieron en el poder durante 267 años. En el transcurso de ese tiempo dieron al Cairo 52 sultanes. Su historia es muy turbulenta, de modo que un sultán mameluco rara vez moría de viejo, y era más probable que encontrara su final mediante el asesinato o las guerras. El último de ellos fue decapitado en 1517, pero los mamelucos continuaron siendo un poder, aunque fuera en la sombra, durante tres siglos más.

Al llegar Napoleón a Egipto, quiso tenerlos entre sus tropas, y procedió a un alistamiento obligatorio. Los mamelucos de entre 8 y 16 años se veían forzados a ingresar en el ejército, en un cuerpo especial.



En enero de 1804 integraron la guardia consular, y más adelante ese año la guardia imperial. Eran el orgullo de Napoleón. Prueba del aprecio que les tenía era que les reservaba el honor de precederle cuando entraba en alguna ciudad.

Se distinguieron en la lucha contra los rusos, y formaron parte de las tropas que invadieron España al mando de Joaquín Murat en febrero de 1808. Los mamelucos se destacaron entonces por su extrema crueldad.

El 23 de marzo participaron en el desfile con el que Murat celebró su entrada en Madrid. Desfilaban montados, con sus extraños uniformes, armados con un trabuco, cimitarra, dos pistolas al cinto, otras dos en unas alforjas, un hacha y una maza. Cada hombre parecía un arsenal en sí mismo.


 Joaquín Murat

El 2 de mayo Murat ordenó atravesar Madrid con los mamelucos, pasando por la Puerta del Sol y la calle Alcalá, es decir, por los sitios más concurridos. Buscaba el enfrentamiento de su poderosa caballería con paisanos a pie y mal armados. Y lo consiguió.

Llegados a la Puerta del Sol cargaron contra el gentío, abriéndose paso a sablazos. Pero no fue sin resistencia. Los mamelucos con su cimitarra se hicieron especialmente temibles: "Ellos solos hicieron caer al menos cien cabezas", se jactaría después Murat.

La oposición que encontraron fue, a pesar de todo, feroz y decidida. Por el camino hubo tiroteo, especialmente recio al pasar por delante del palacio del duque de Híjar y el convento de Santa María de Atocha, donde los propios monjes disparaban a los franceses desde las ventanas. Los mamelucos se detuvieron entonces e hicieron allí una horrible masacre, ensañándose además con cuantos rebeldes encontraron por El Prado. Entraron en el palacio del duque matando a cuantos se hallaban en el interior para a continuación arrojar los cadáveres por la ventana.


 La carga de los mamelucos - Francisco de Goya

Tuvieron que volver a atravesar la Puerta del Sol efectuando una segunda carga e irrumpieron en casa del corredor de vales reales, en el número 4 de la plaza, asesinando también a cuantos encontraron.

No contentos con las matanzas del 2 de mayo y con las condenas a muerte, los mamelucos continuaron cometiendo atrocidades. El propio Murat, desbordado, tuvo que enviar una nota ordenando que se convocara a los oficiales para comunicarles que no toleraría ninguna falta más, y que castigaría con pena de muerte a aquel que fuera denunciado por los ciudadanos por alguna de esas frecuentes tropelías.

Después de eso inspiraban tanto miedo que en cuanto la gente veía uno a lo lejos salían corriendo como si hubieran visto al diablo.



El fin de los mamelucos llegó el 1 de marzo de 1811, cuando el ambicioso Mehmet Alí, con ocasión de la investidura de su hijo como general de las tropas de Arabia, invitó a una suntuosa cena a 24 príncipes y más de 400 jefes militares y sirvientes de esta casta. Los agasajó de todos los modos posibles, pero a los postres, al pasar sus invitados por un estrecho pasadizo, fueron asesinados.

Cuenta la leyenda que uno de ellos sobrevivió, pero nunca ha podido encontrarse rastro de él.

sábado, 16 de enero de 2010

La Flor de Lys



El uso de una flor estilizada semejante al lis es común a distintas civilizaciones desde la antigüedad más remota, pudiendo encontrarse incluso en Mesopotamia y Egipto o en emblemas japoneses. Se encuentra en tiaras, collares, cetros, y parece representar ya el papel de atributo real. Aparece en varias monedas griegas, romanas, y sobre todo galas, en este último caso mostrando un símbolo prácticamente idéntico al que aparece con posterioridad en la Edad Media.

Su uso por parte de los reyes de Francia se remonta de alguna forma a los francos. Anne Lombard-Jourdan relaciona la flor con el símbolo merovingio representado en las monedas con la forma de una cruz griega con los brazos curvados. El primer rey de Francia del cual tenemos constancia de que lo haya utilizado como emblema fue Luis VII, por lo cual Gheusi sugiere que el nombre original de la fleurdelys podría haber sido Flor de Loys, es decir, Flor de Luis. Es de observar que Loys continuaba siendo firma habitual para los reyes de Francia de ese nombre hasta Luis XIII. Se dice que Luis VII eligió como emblema para su escudo el lirio amarillo cuando partió a Tierra Santa.



El primer registro de la palabra lis, plural de lil, del latín lilium, data de alrededor de 1150. La expresión flor de lis aparece en su acepción heráldica en 1225. Víctor Gay afirma que ya se había empleado en una ordenanza de Luis VII (1137-1180), pero no cita ninguna referencia que lo avale.

Según la leyenda, el día de la coronación del rey Clodoveo en Reims, la Sagrada Ampolla llegó desde el cielo, transportada por una paloma que se posó en las manos del obispo San Remigio, con un ramillete de lirios (es decir, de flores de lis). La ampolla portaba el óleo para ungir y santificar al rey, denotando así que su autoridad le era otorgada por designio divino. Y éste es, pues, el que la tradición considera el origen de la flor de lis como símbolo de la monarquía francesa, representada habitualmente en oro sobre azur.


 Grabado del siglo XV: los ángeles entregan los lises a Clodoveo

El lirio, además, está relacionado con la Virgen María, protectora de los reyes. La flor aparece también precisamente como una metáfora para representar a la Virgen en el año 1223. Se asocia a la pureza, y en ese sentido encontramos algún ejemplo en la obra de Chrétien de Troyes. Igualmente surge en conexión con el Arcángel San Gabriel, el ángel de la Anunciación. Los tres pétalos representan a la Santísima Trinidad, pero durante el reinado de San Luis también pasaron a simbolizar la fe, la sabiduría y las virtudes del buen caballero.

A partir del año 1376 son 3 los lises que aparecen en el escudo. Esto se cree que se hizo por orden del rey Carlos V de Francia, para diferenciar sus armas de las inglesas, puesto que los ingleses habían incluido también la flor de lis como parte de su reivindicación del trono francés durante la Guerra de los Cien Años.



Sin embargo, los tres lises podrían ser anteriores incluso a esa guerra. En manuscritos de la época, la mayoría de los cuales estaban destinados a legitimar la reclamación de los Valois al trono contra las pretensiones de Eduardo III de Inglaterra, se explica simplemente que el rey de Francia lleva tres lises como símbolo de la Trinidad, enviados por Dios a través de su ángel a Clodoveo, primer rey cristiano, pidiéndole que borrase las tres medias lunas que llevaba en su escudo y las cambiase por la flor de lis.


Bibliografía:
Traité d'Héraldique - Michel Pastoreau
Fleur de lis et oriflamme - Lombard-Jourdan
Le blason héraldique d'après les règles du moyen âge - Gheusi
Models of rulership in French royal ceremonial - Ralph E. Giesey
A complete guide to Heraldy - Fox-Davies

viernes, 15 de enero de 2010

El padre de Churchill


 Lord Randolph Churchill

Lord Randolph fue un hombre tan brillante y demoledor como llegaría a serlo su hijo. No en vano corría por las venas de ambos la sangre impetuosa de aquel famoso duque de Marlborough, el Mambrú de la canción.

Randolph había entrado en el Parlamento en 1874, por simple tradición familiar. Representante del partido conservador, no le fue difícil resultar elegido en un distrito en el que la clase alta era predominante. El Parlamento le daba poco trabajo, y su vida transcurría plácidamente en aquella época victoriana cuando un escándalo lo cambió todo: un hermano suyo, Lord Blandford, era el amante de cierta dama casada que a su vez mantenía relaciones con el Príncipe de Gales, futuro Eduardo VII. El príncipe se enfureció al enterarse y quiso airear el escándalo, provocar el divorcio y acusar a Lord Blandford.

El padre de Churchill decidió intervenir en aquel asunto y amenazó al príncipe con divulgar ciertas cartas comprometedoras. La sociedad victoriana se conmocionó ante este cataclismo. El Príncipe de Gales declaró públicamente que jamás pondría los pies en la casa que recibiera a un Churchill. Así las cosas, la aristocracia tuvo que elegir entre Eduardo y los descendientes del duque de Marlborough, y no había mucho que pensar. Las puertas comenzaron a cerrarse para Randolph y su hermano, que optaron por una especie de exilio voluntario. Al ser nombrado Blandford virrey de Irlanda, se llevó a Randolph de secretario. Por entonces corría el año 1875, y el pequeño William tenía un año.


 John Churchill, duque de Marlborough

Randolph había conocido a la madre de Winston, la bellísima Jeanette Jerome, en la isla de Wight, en un baile del Royal Yacht Squadron. Ella era una americana de 19 años. Fue un flechazo, y el noviazgo comenzó a los dos días. Jeanette, a quien llamaban Jennie, era hija de Leonard Jerome, propietario y director del New York Times, un caballero con muchos arrestos, famoso durante la Guerra de Secesión por parapetarse en el edificio de su diario y rechazar a tiros al enemigo.

Los Jerome sólo tenían un inconveniente: no eran aristócratas, por lo que el séptimo duque de Marlborough tardó algún tiempo en ver con buenos ojos el compromiso de su hijo. Ello no impidió que al cabo de sólo seis meses se celebrara la boda.

El matrimonio y el pequeño Winston permanecieron tres años en Dublín. A su regreso, Randolph volvió a ocupar su puesto en el Parlamento, mostrándose como un rebelde disconforme y arremetiendo con discursos incendiarios no sólo contra la oposición, sino incluso contra miembros de su propio partido. Deseaba vengar el humillante golpe que había recibido de aquella sociedad aristocrática que le había dado la espalda.


 Jennie con sus hijos

Junto con tres amigos fundó un grupo político llamado El Cuarto Partido, inspirado en una nueva política: la democracia Tory.

De escasa estatura, medio calvo y con ojos saltones, su aspecto no resultaba impresionante, pero era demoledor. Atacó a los políticos de la vieja escuela y se convirtió en el ídolo de las clases bajas. En 1885 fue nombrado Secretario de Estado para la India. Un año después representó un papel decisivo en la derrota de los liberales de Gladstone, que pretendían un mayor autogobierno para Irlanda. Se le premió con los cargos de Ministro de Hacienda y Presidente de la Cámara de los Comunes.

Su éxito era arrollador. Todo parecía indicar que llegaría a Primer Ministro. Sin embargo, seis meses más tarde lo perdía todo al pretender reducir el presupuesto militar. Amenazó con dimitir si no se aceptaba su programa, y Lord Salisbury, contra lo que él esperaba, aceptó la renuncia de quien había llegado a convertirse en un estorbo.

Randolph falleció ocho años después, a la edad de 45, cuando su hijo Winston tenía 20.


 Lord Randolph Churchill

El caballero había sido un hombre demasiado ocupado que nunca hizo demasiados esfuerzos por entablar una relación cercana con su  hijo, al que compensaba comprándole juguetes. Seguramente le decepcionaba Winston, quien se mostraba tan poco inteligente que llegó a pensar que era retrasado. Y Winston, consciente de ello, se propuso ganar su admiración. Acaso el comienzo de su brillante carrera no fuera otra cosa que la necesidad de un hijo de demostrarle a su padre que valía más de lo que creía.



Bibliografía:
Churchill - Ramiro Pinilla

miércoles, 13 de enero de 2010

La rodela de Leonardo



Leonardo quería entender la naturaleza para imitarla; pero imitarla no copiando las formas exteriores, sino reproduciendo sus actos generativos que hacen germinar sus obras desde dentro; quería entenderla analizándola e imitarla creando; lo primero es ciencia, lo segundo arte; y ambos, en Leonardo, una y la misma cosa. Unidos indisolublemente, ciencia y arte forman el método de conocimiento generativo: entender para crear, componer conociendo.

Un día , hacia 1513, el jardinero del Belvedere encontró un monstruoso lagarto cuyas alas vibraban ominosamente; la extraña criatura era obra de Leonardo, amante de la mistificación, que se complacía en crear formas que compitieran con la naturaleza. De joven su padre le había pedido que decorara una rodela traída por un colono.



Un día, cuenta Vasari, tomó Leonardo en sus manos aquella rodela y viéndola torcida, mal trabajada y tosca, la enderezó con el fuego y la entregó después a un tornero para que la hiciera lisa y delicada; después la enyesó y preparó a su manera y comenzó a pensar qué podría pintar en ella para que asustara a quien la mirase de frente de modo que produjese el mismo efecto que la antigua cabeza de Medusa. A este efecto llevó Leonardo a una estancia donde no entraba sino él, salamanquesas, lagartos, grillos, serpientes, mariposas, langostas, lechuzas y otras extrañas especies de animales semejantes, de la multitud de los cuales, variamente combinada, sacó un engendro horrible y espantoso, el cual pintó de tal modo que parecía envenenar y abrasar el aire con su aliento; salía de una roca oscura y quebrada, echando veneno por las fauces abiertas, fuego por los ojos y humo por la nariz, de modo que parecía cosa monstruosa y horrible, y pasó tanto tiempo en completar aquella obra, que el hedor de los animales muertos era insoportable en la estancia, pero Leonardo no lo sentía por el grande amor que ponía en su arte.

Acabada la obra, que ya no le pedían el campesino ni su padre, Leonardo dijo a éste que podía mandar cuando quisiese a buscar la rodela, pues, por su parte, la consideraba terminada. Fue, pues, messer Piero una mañana a dicha estancia por la rodela; llamó a la puerta y Leonardo, sin abrirle, díjole que aguardase un poco, y volviendo a la habitación colocó la rodela a la luz, sobre un caballete, y dispuso la ventana de modo que diese la luz deslumbradora; después hizo pasar a su padre. Messer Piero, al ver la rodela de pronto y no esperándose aquello, se sobresaltó, no creyendo que fuese rodela, ni siquiera que estuviese pintada aquella figuración que veía; y se dispuso a huir cuando Leonardo le contuvo diciéndole:

-Esta obra sirve para lo que ha sido  hecha; tomadla, pues, y llevadla, pues tal es el fin que debe esperarse de toda obra.



En estas bromas, como en todas las cosas hechas por placer, se perciben, en estado puro, los propósitos más profundos, las intenciones semiinconscientes del espíritu creador; ellas revelan el deseo de Lenoardo por trascender y borrar las limitaciones de la naturaleza, combinando aspectos de diferentes seres en una unidad orgánica nueva. Su actitud hacia la naturaleza no es de discípulo, sino de competidor. Su propósito no es estudiar para copiar, sino transformar y crear de nuevo, siguiendo los dictados de su imaginación. "Las cosas naturales son finitas, pero las obras que el ojo puede ordenar de la mano son infinitas".


Leonardo da Vinci - Luis Racionero

lunes, 11 de enero de 2010

Historia del piropo



La palabra piropo procede del griego pyropus, que significa rojo fuego. Los romanos tomaron esta palabra de los griegos y la usaron para denominar piedras preciosas de color rojo: una variante del granate, pero también el rubí. El rubí simbolizaba el corazón, y era la piedra que los galanes regalaban a la mujer a la que pretendían conquistar. Pero, naturalmente, no todos podían regalar rubíes, por lo que tenían que suplirlos regalando hermosas palabras.

Otra versión afirma también que la palabra procede del griego, pero de pyros fuego y oops vista, apariencia, con el significado de ojo deslumbrado por la belleza.

El piropo es un concierto de alabanzas realizado sobre todo a base de metáforas y símiles. En El Cantar de los Cantares, la Sulamita abre el poema deseando besos de su amante, y para ello recurre a imágenes en las que la sensualidad se vuelve tangible: "Mejores son tus amores que el vino", "tu nombre es como ungüento derramado". El hombre devuelve con creces los elogios y el contrapunteo de los dos amantes constituye toda una colección de requiebros exquisito.



Los cortesanos de los siglos XII y XIII se convirtieron en unos expertos en el arte de piropear a la mujer. Era la época en la que se desarrollaba la cultura de los trovadores. A principios del siglo XVII el piropo se usó con frecuencia en tratados y poesía. En sentido literario, era sinónimo de chispazo, fogonazo de ingenio, la palabra encendida.

El piropo ha pasado a ser callejero, improvisado, ocasional, una costumbre oral y popular. Pero también puede ser algo más que una frase ingeniosa. A menudo fue un gesto. Los hidalgos españoles arrojaban las capas al paso de la dama deseada. La costumbre pasó luego a otras categorías sociales y hubo un tiempo en el que las capas de los estudiantes eran, literalmente, un desecho a fuerza de ser pisadas una y otra vez por calzado femenino y enfangadas por su envés.

Casas recuerda que en el siglo XIX español los hombres se tapaban los ojos al pasar ante una mujer, como indicando que podían ser deslumbrados por tanta belleza. También existía la costumbre de enviar un beso al aire, orientando su dirección con la palma de la mano como asegurándose de que iba a llegar a la dama. Y el suspiro profundo, sin palabras, acompañado de un cierre momentáneo de párpados.


En Argentina, en palabras de Eduardo Giorlandini, "como en el lunfardo, el piropo tiene una forma gestual de expresión: una guiñada de ojo, mostrar el pulgar hacia arriba en señal de aprobación, son un ejemplo de ello".

En Ibiza existía la costumbre de disparar un trabucazo (sin plomos) a los pies de la amada, de tal modo que ésta, cuando se dispersaba el humo y el polvo, se sabía cortejada, pero no por ello distraía su paso. Era el piropo apetardado. Un poco ruda la costumbre, sí, aunque viene a ser el equivalente de esos niños y adolescentes que suelen arrojar petardos a los pies de las chicas en las verbenas.

Pero de la palabra que halaga a la que maltrata no hay más que un paso. También están los antipiropos para llamar la atención del piropeado (en este caso víctima), quien responderá con un adjetivo más agresivo aún o bien no hará acuse de recibo.


Para el profesor Eduardo Giorlandini, experto en cultura popular, "el piropo es histórico y universal. Por siglos se ha difundido más que nada en los países de habla latina, como Francia, España y Argentina. Hoy lo que se escucha es el piropo grosero, ofensivo y, muchas veces, de carácter erótico".

Como curiosidades, sepan que en Arabia Saudita dos jóvenes fueron condenados a 120 latigazos por piropear a una mujer en el centro comercial de la ciudad de Yeda. El lugar cuenta con una sociedad tribal muy conservadora donde se impone la separación de sexos en espacios públicos, y son comunes los castigos con flagelación.

Las tribus beduinas en Egipto condenaron a un hombre a la pérdida de la lengua por sus piropos, aunque finalmente le conmutaron la pena a cambio de 46 camellos valorados en más de 10.000 euros cada uno. Entre los beduinos, el conseguir una cita con una mujer implica que el hombre le dé a conocer sus intenciones a un emisario, quien consultará el consentimiento de la otra parte.


En la ciudad de Motril, Granada, se condenó a un hombre a pagar más de 4.300 euros de multa después de piropear a una compañera de trabajo.

En Argentina a finales del siglo XIX se dispuso que el hombre debía abstenerse de piropear a una mujer o sería multado con 50 pesos. Así lo cantaba el tango Cuidado con los Cincuenta, compuesto en 1906 por Ángel Villoldo: "¡Caray! ¡No sé por qué prohibir al hombre que le diga un piropo a una mujer! ¡No hablar! ¡Chitón, porque puede costarle cincuenta de la nación!"

sábado, 9 de enero de 2010

Historia del periódico


Durante siglos, las civilizaciones han utilizado los medios de comunicación impresos para difundir noticias e información a las masas. El Acta Diurna de los romanos, en torno al 59 a. C., es el primer "periódico del que se tiene noticia". Julio César, queriendo informar al público acerca de importantes acontecimientos políticos y sociales, ordenó que se publicara en las principales ciudades. Escrito en grandes tableros blancos y exhibido en lugares populares como las Termas, mantenía informados a los ciudadanos sobre los escándalos del gobierno, campañas militares, juicios y ejecuciones.

En el siglo XIII se vuelve a las formas escritas de consignar lo que sucede con La Nouvelle Manuscrite. Y en el siglo XV aparece el Journal d'un Burgeois, con muchas noticias y anécdotas. Pero no gozaron de mucha popularidad y pronto dejaron de publicarse.

La imprenta, inventada por Gutenberg en 1447, abrió el camino a la era del periódico moderno. La máquina de Gutenberg permitía el libre intercambio de ideas y la expansión del conocimiento. Los periódicos proporcionaron a una floreciente clase de mercaderes noticias relevantes para el comercio. A finales del siglo XV circulaban hojas manuscritas por las ciudades alemanas. Estos panfletos eran con frecuencia muy sensacionalistas; uno de ellos informaba acerca del abuso que sufrían los alemanes en Transilvania a  manos de Vlad Tepes Drakul, el conde Drácula. En 1493 circularon por Europa varias ediciones de una hoja titulada Descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón. En América, la primera aproximación a un periódico fue la Hoja de México, aparecida en 1541.


En 1556 el gobierno veneciano publicó Notizie Scritte, por el cual los lectores pagaban una moneda de cobre llamada "gazetta". En ese siglo aparece un nuevo tipo de publicación: los canards, de contenido más popular. trataban temas sensacionalistas, de monstruos, milagros, etc.

Desde 1609 empiezan a publicarse las gacetas con periodicidad semanal. Las más famosas fueron las francesas: La Gazette, Le Journal des Savants y Le Mercure Galan. En España cabe destacar la Gaceta Semanal en 1641 y La Gaceta de Madrid en 1661.

Los periódicos comenzaron a aparecer como publicaciones regulares y frecuentes durante la primera mitad del siglo XVII. Los primeros periódicos modernos surgieron en Europa occidental. Consistían fundamentalmente en noticias de Europa, y de vez en cuando incluían información sobre América o Asia. Se suele considerar que uno de los primeros propiamente dichos es el inglés The Weekly News, de 1622.

El contenido se hizo de carácter más local durante la segunda mitad del siglo XVII, pero la censura era terrible, y rara vez se les permitía debatir asuntos que podrían incitar a los ciudadanos a la oposición. Sin embargo los titulares anunciaron la ejecución del rey Carlos I de Inglaterra a finales de la guerra civil, aunque Oliver Cromwell trató de impedirlo durante la víspera. Suecia fue el primer país en promulgar una ley protegiendo la libertad de prensa en 1766.


El primer periódico diario no se editó hasta comienzos del siglo XVIII. Fue el inglés Daily Courrant, de 1702.

La invención del telégrafo en 1844 transformó la impresión de noticias. Ahora la información llegaba en cuestión de minutos. A mediados del siglo XIX los periódicos se habían convertido en el principal medio de recibir y difundir información. Entre 1890 y 1920, el periodo conocido como la edad de oro de los medios de comunicación escritos, personajes como William Randolph Hearst o Joseph Pulitzer levantaron enormes imperios editoriales.

Los periódicos también jugaron un papel importante como medio de difusión de propaganda revolucionaria. Un notable ejemplo es Iskra, publicado por Lenin en 1900.

La radio apareció en escena en los años 20. Los periódicos se vieron obligados a adaptarse a la nueva competencia, reformando formato y contenido. Las historias se ampliaron para ofrecer una mayor y más profunda cobertura de la noticia.

Apenas habían conseguido adaptarse cuando tuvieron que hacer frente a un medio aún más poderoso: la televisión. A pesar de esta dura competencia, los periódicos no se quedaron obsoletos. La revolución tecnológica de hoy en día genera nuevos desafíos y oportunidades para los  medios de comunicación tradicionales. Nunca antes hubo tanta información accesible a tanta gente, y hoy son millares los periódicos que se sirven de internet.

En definitiva, sigue siendo un medio de comunicación popular  y poderoso. Se estima que cada día un billón de personas lee el periódico en todo el mundo.

viernes, 8 de enero de 2010

La cueva de Altamira


Después de Altamira, todo parece decadente
(Pablo Picasso)

Se dice que la cueva de Altamira, situada en Santillana del mar, Cantrabria, es la Capilla Sixtina del arte paleolítico. Sus excepcionales pinturas rupestres permanecieron ocultas durante miles de años, hasta que fueron descubiertas a finales del siglo XIX. Sin embargo, aún habrían de pasar algunos años más antes de que los especialistas reconocieran el valor de estas pinturas.

En 1875 Marcelino Cubillas, aparcero de don Marcelino Sanz de Sautuola, paseaba por el campo cuando su perro entró en una pequeña cueva. Cubillas informó a Sautuola y éste, gran aficionado a la arqueología, se acercó a la misma. Buena decepción debió de llevarse cuando sólo vio unos signos de color negro a los que no dio ninguna importancia.

Pero cuatro años más tarde regresó en compañía de su pequeña hija María. La niña entró en una galería de techo decreciente que impedía que él pudiera avanzar más de unos pocos metros, y al salir explicó a su padre que había visto unos animales pintados en las paredes. Sautuola entró y se llevó la gran sorpresa de su vida. Consciente de que estaba ante un gran descubrimiento histórico, no sabía que le esperaban unos años de sinsabores por la desconfianza de la mayor parte de la comunidad científica, que no creyó en la antigüedad de las pinturas.

A su incalculable valor histórico se suma la belleza de las pinturas, bisontes, caballos, ciervos, escenas de caza que sorprenden por la habilidad del artista. Tienen una antigüedad de 15.000 años, y se constata que los pintores tuvieron que alumbrarse con luz artificial para realizar su obra. Podrían ser imágenes de significado religioso, ritos de fertilidad, ceremonias para propiciar la caza o puede interpretarse como la batalla entre dos clanes representados por la cierva y el bisonte. La sensación de realismo se consigue mediante el aprovechamiento de los abultamientos naturales de la roca que crean la ilusión de volumen y la viveza de los colores que rellenan superficies interiores.

Sautuola peleó durante años para que se escucharan sus argumentos sin prejuicios, pero siempre se lo negaban. Algunos ridiculizaron sus estudios, como Émile Cartailhac, uno de los más prestigiosos científicos de su época, quien lo atacó con gran dureza. Incluso la Sociedad Antropológica de París envió a uno de sus investigadores más reconocidos, que concluyó que las pinturas eran de demasiada calidad, por lo que a la fuerza debían de ser modernas.

Pero los sucesivos descubrimientos en otras cuevas de España y el sur de Francia confirmaron que en el paleolítico realmente la habilidad artística estaba mucho más avanzada de lo que se pensaba. Por cierto que la sociedad paleolítica brindaba al respecto un trato igualitario entre géneros. Hasta ahora, la historia siempre había señalado al talento masculino como el ejecutor de las pinturas rupestres. Un nuevo estudio revela que las mujeres también contribuyeron en su ejecución.


El profesor Dean Snow, de la Universidad de Pennsylvania, publicó un análisis sobre el arte rupestre para determinar a quién pertenecen las marcas más pequeñas tras analizar las pinturas en las cuevas Peach Marle y Gargas, en Francia. El profesor Snow usó proporciones digitales sobre anulares, pues éstas son diferentes en hombres y mujeres.

Hoy las cuevas de Altamira están incluidas entre las más importantes del mundo, junto con las cercanas cuevas de Tito Bustillo, en Asturias, y las de Lascaux en Francia. Cartailhac no tuvo más remedio que rectificar y reconocer el enorme descubrimiento de Sautuola, ya fallecido, en un famoso artículo titulado "Mea culpa de un escéptico".

El conjunto de pinturas rupestres de Altamira está incluido en el Patrimonio de la Humanidad desde 1985.


miércoles, 6 de enero de 2010

Un misógino llamado Albert Einstein

La misoginia se define como la aversión o rechazo hacia las mujeres. Está considerada en la mayoría de las ocasiones como un atraso cultural asociado al extemporáneo concepto de superioridad masculina, según el cual el rol de la mujer es dedicarse exclusivamente al hogar y a la reproducción. Pero la misoginia va en realidad mucho más allá del simple machismo que desprecia y pretende someter a la mujer, porque implica, además, odio o miedo. Es decir, no es que piensen necesariamente que la mujer es inferior, sino peor, y a ella achacan todos los males, siempre le presuponen lo más negativo y sistemáticamente resaltan siempre esos aspectos, reales o imaginarios, obviando aquellos que la favorecerían. La mujer es, por así decir, Pandora.

Es, en definitiva, una fobia, un trastorno mental psicogénico producido por engramas de la misma entidad que la claustrofobia, los ataques de pánico, el temor a viajar en avión y todo el catálogo de fobias enumeradas por la psiquiatría. Esto significa que la responsable es siempre la mente reactiva y la dramatización de engramas. A través de la terapia dianética, cuando la persona llega a verse libre de engramas que lo impulsen a una conducta de odio a la mujer, la fobia desaparece. Así que ánimo, que tiene cura.

La mosoginia está relacionada con el pesimismo y la misantropía filosófica, pues la aversión a las mujeres suele ser sólo un síntoma de un desprecio más general hacia todo lo humano, hacia la humanidad en general.

Data de la antigüedad más remota, pero ha sobrevivido hasta nuestros días y nos ofrece abundantes ejemplos no sólo en pequeños patanes de tres al cuarto, sino también en personalidades de lo más notable, como es el caso de Albert Einstein.

Einstein le impuso a su esposa, por escrito, reglas de conducta violentas y autoritarias. Ella, por cierto, era física y matemática, y participó en la primera etapa de su teoría, pero él nunca la mencionó.

A. Te encargarás de que:
1-Mi ropa esté en orden.
2-que me sirvan tres comidas al día en mi habitación
3-que mi dormitorio y mi estudio estén siempre en orden y que mi escritorio no sea tocado por nadie, excepto yo.

B. Renunciarás a tus relaciones personales conmigo, excepto cuando éstas se requieran por apariencias sociales. En especial no solicitarás que:
1- Me siente junto a ti en casa
2-Que salga o viaje contigo

C. Prometerás explícitamente observar los siguientes puntos cuando estés en contacto conmigo:
1-No deberás esperar ninguna muestra de afecto por mi parte, ni me reprocharás por ello.
2-Deberás responder de inmediato cuando te hable.
3-Deberás abandonar de inmediato el dormitorio o el estudio y sin protestar cuando te lo diga.

D. Prometerás no denigrarme a los ojos de los niños, bien sea de palabra o de hecho.


Aparte de lo cual afirmaba cosas tales como que "muy pocas mujeres son creativas", estaba en contra de que se dedicaran a la ciencia y nunca aceptó que pudieran tener derecho a voto.

Aun así, ese hombre de aspecto bonachón a los ojos del mundo, que tenía el cerebro lleno de fórmulas y de ideas machistas, se atrevió a acuñar una frase hoy célebre: "¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio".

Pues sí, Herr Einstein. Mire por dónde en eso llevaba usted toda la razón.


Bibliografía:
Mileva Maric, la otra cara de Einstein - Amalia Rivera

lunes, 4 de enero de 2010

María Antonieta y el Caballero de Rougeville


Al conocer los detalles mencionados en nuestra última entrada, Fersen, desesperado, comprendió que la reina estaba perdida.

Pero mientras el sueco se lamentaba, el caballero de Rougeville intentaba, a su vez, salvar a la reina. Alexandre Dominique Joseph Gonsse, Marqués de Rougeville, había nacido en Arras el 17 de septiembre de 1761. Estaba enamorado de María Antonieta desde hacía mucho tiempo, y la seguía a todas partes. La había protegido durante algunas duras jornadas durante la Revolución, y soñaba con demostrarle su amor con un acto heróico.

Con la ayuda de una rica americana, madame de Tilleul, y de Michonis, policía encargado de vigilar a María Antonieta, forjó un plan muy audaz. Se trataba de entrar en la Conciergerie, disfrazar a la ilustre prisionera y hacerla salir como si fuera una de las lavanderas.

A principios de septiembre consiguió entrar con Michonis en la celda de la reina. Allí dejó caer un clavel rojo y una carta. Después de que los hombres hubieran salido, la prisionera leyó el mensaje y lo destruyó de inmediato. A la mañana siguiente entregó a un gendarme un papel en el que había logrado dibujar, haciendo agujeros con una aguja, el siguiente mensaje: "Estoy constantemente vigilada; no puedo hablar ni escribir". Y luego entregó el papel al guardia para que se lo diera a la mujer del portero.

Pero el guardia era listo. Había notado el gesto de Rougeville y sospechó una tentativa de evasión. Después de examinar el papel en todos los sentidos, acabó por notar los agujeritos y leyó la frase. Corrió a informar a su jefe de lo que había descubierto.

El anodino mensaje puso furiosos a los miembros del Consejo. Hébert, en su periódico, solicitó la ejecución inmediata: "El verdugo debe jugar a la pelota con la cabeza de la loba... Hay que juzgar a la tigresa austriaca... Debería ser triturada como picadillo, por toda la sangre que ha derramado".

Y María Antonieta fue trasladada a una celda oscura e insana. Así, por el error de un enamorado demasiado atento, la reina veía endurecerse las condiciones de su prisión.

El policía Baudrais fue enviado en persecución de Rougeville, que se ocultó primero en Montmartre y luego huyó a Bruselas. Posteriormente luchó contra Napoleón y fue fusilado en 1814.

Él fue el verdadero Chevalier de Maison-Rouge, el Caballero de Casa-Roja de Alejandro Dumas.