miércoles, 29 de diciembre de 2010

Margarita de Valois y la cabeza de La Mole

Margarita de Valois

Desde la noche de San Bartolomé, Enrique de Navarra se había visto obligado a abjurar del protestantismo y permanecía vigilado en el Louvre. Ninguna de las medidas que Catalina de Médicis tomó para tenerlo bajo su control pudo impedir que Enrique conspirara con Montmorency, Turenne y Guitry-Bertichère para destronar a Carlos IX y coronar al hermano menor de éste, el duque de Aleçon, despojando así de sus derechos al otro hermano, el duque de Anjou. 

Entre los favoritos de Alençon se encontraba Boniface de La Mole, un caballero de Provenza muy apreciado por las damas. En palabras de Pierre de l’Estoile “La Mole era odiado y mal visto por el rey, por algunas particularidades, más fundadas en el amor que en la guerra, ya que dicho caballero era mejor campeón de Venus que de Marte; además, era muy supersticioso, gran señor y muy seductor. Como no se contentaba con una sola misa al día, oía tres o cuatro, y a veces cinco y seis, incluso en medio de los ejércitos […] y hasta llegó a decir que si un día dejaba de oír misa creería condenarse. El resto del día y de la noche lo empleaba en el amor, persuadido de que una misa oída devotamente expiaba todos los pecados y picardías que hubiese cometido; por lo que el difunto rey comentaba a veces, riendo, que era posible llevar el registro de todas las calaveradas de La Mole contando sus misas.” 

Margarita y Alençon

El caballero se había convertido en amante de Margarita de Valois, esposa de Enrique de Navarra y hermana del rey de Francia. Un día la vio envuelta en un vestido de brocado con el corpiño abierto, dejando entrever más de lo previsto según el uso de la época, y la pasión se apoderó de él de inmediato. Empeñado en la conquista, La Mole decidió recurrir al demonio y pidió a Cosimo Ruggieri, astrólogo de la reina madre, que le procurase un hechizo con el que obtener el favor de Margarita. Cosimo modeló una figura de cera con cierto parecido a la princesa y le atravesó el corazón con una pepita de uva mientras recitaba una antigua fórmula infalible. 

Al día siguiente el caballero se presentó ante ella sin saber que no le hubiera hecho falta tanto conjuro, puesto que Margarita hacía algún tiempo que se había fijado en él y aguardaba con impaciencia sus avances. Total, que al poco tiempo toda la corte estaba enterada de que la reina de Navarra tenía un nuevo amante. 

Lamentablemente también Carlos IX se enteró. Furioso con la osadía del galán, una noche el rey le preparó una emboscada en una escalera en la que La Mole iba a ser asesinado cuando regresara de los aposentos de Margarita. Pero él, seguramente avisado, no apareció. 

El caballero, sin embargo, no esquivaría su aciago destino una segunda vez, porque poco después cometía una grave imprudencia: La Mole le contó a su amada la conjura urdida por Enrique de Navarra y su propia implicación junto con la de su amigo Coconnas, amante de la duquesa de Nevers. 

Enrique de Navarra y Margarita

La reina de Navarra se asustó. Temía que de la conjura resultara un grave perjuicio para la corona de Francia, así que tomó la decisión de poner el asunto en conocimiento de su madre. 

Inmediatamente el duque de Alençon y el rey de Navarra fueron encerrados en sus aposentos mientras el ejército recibía la orden de marchar contra los revoltosos en diversas partes del reino. 

Viéndolo todo perdido, Alençon fue a arrojarse a los pies de su madre y acusó a La Mole y a Coconnas de ser los cabecillas de la conspiración. Por su parte, Enrique de Navarra se fingió ofendido por las que él calificó de calumnias de las que era objeto, y se defendió con habilidad. De ese modo resultó que los dos verdaderos jefes de la conjura quedaron libres, mientras la cólera de Carlos IX caía sobre los dos caballeros denunciados, y que iban a pagar por todos ellos. 

La Mole era arrestado en abril de 1574 en Vincennes. El vizconde d’Auchy, capitán de la guardia del rey, lo condujo a la prisión de la Conciergerie para su interrogatorio. Se le acusó de haber buscado la muerte del rey mediante hechizos, clavando alfileres en una figura de cera que fue encontrada en su poder y que le habría proporcionado Ruggieri. Tras ser interrogado y torturado fue condenado a muerte, sin que de nada sirvieran las súplicas que Margarita dirigió al rey para obtener su gracia. 

Desfile de la Liga Católica en la plaza de Grève

Una soleada mañana del mes de primavera de 1574 él y Coconnas fueron decapitados en la plaza de Grève. Sus cuerpos fueron descuartizados y colgados a las puertas de París para ofrecer al pueblo un espectáculo que no pudiera ser olvidado y desalentar así cualquier intención de seguir el ejemplo de los conspiradores. 

A partir de ahí las leyendas se disparan. Cuentan que Margarita y la duquesa de Nevers pidieron al verdugo que les entregaran las cabezas de sus amantes para darles cristiana sepultura, y que al caer la noche ambas enviaron a recogerlas a uno de sus amigos, Jacques d’Oradour. Tras haberlas besado en sus fríos labios, las colocaron cuidadosamente en una caja y al día siguiente las hicieron embalsamar. Después “llenaron las bocas de los difuntos con las joyas que ellos les habían regalado, y envolvieron las cabezas en sus mejores faldas; luego, habiendo recubierto todo de plomo y de cajones de madera, ellas mismas cavaron unas fosas en Montmartre, porque ellos eran sus mártires, y echaron dentro las cabezas.” 

Según las memorias de Bassompierre, los restos de La Mole y Coconnas iban a tener un curioso destino: 

“En estos últimos tiempos la señora de Montmartre, que ha reformado su abadía y encerrado a sus religiosas, ha ordenado construir una gran tapia, y cuando la estaban erigiendo, encontraron dos cajones, y dentro dos cabezas con joyas. Creyeron piadosamente que eran las cabezas de unos mártires de la fe, que el celo de unos cristianos había enterrado antaño en dicho lugar, poniendo los anillos en las mismas cajas; y tan pronto sacaron de allí las cabezas y estuvo construida la capilla de los mártires, aquellas fueron debidamente reverenciadas.” 

Plaza de grève

Otra versión supone que las damas conservaron siempre consigo las cabezas de sus antiguos amantes, embalsamadas y metidas en cajas ricamente adornadas con piedras preciosas. Y se dijo, también, que Margarita vistió ostensiblemente de luto y adornó sus ropas con colgantes que imitaban cabezas de muerto.

martes, 28 de diciembre de 2010

Artemisia II y el Mausoleo de Halicarnaso


Artemisia vivió en el siglo IV a. C. Era hija del rey Hecatomnos de Caria, lugar situado en el suroeste de Anatolia. Su padre inició la dinastía Hecatómnida poco después de que el rey persa Artajerjes II le nombrara sátrapa de Caria. Aprovechando que Artajerjes se veía enfrentado a una rebelión de Egipto y Chipre, Hecatomnos comenzó a acuñar su propia moneda, lo que era un símbolo de independencia. 

Artemisia fue hermana y esposa del rey Mausolo, sucesor de Hecatomnos. Mujer culta, poseía amplios conocimientos sobre botánica y medicina. A la muerte de su esposo, fue ella quien le sucedió como gobernante en solitario. 

Durante su reinado, de aproximadamente tres años, Rodas, creyendo que el gobierno de una mujer les ofrecía excelentes oportunidades para librarse de su dominio, atacó la capital, Halicarnaso. Enterada de los preparativos de ataque, Artemisia ordenó a los ciudadanos que fingieran rendirse. Desde su palacio real pudo ver cómo el enemigo incurría en un grave error táctico al desembarcar por el puerto del este, desde el cual no se veía lo que ocurría en el del oeste. Cuando llegaron los rodios y comenzaron a saquear la plaza del mercado, la flota caria apareció por un canal artificial conectado con el puerto oculto a la vista y se apoderaron de los navíos rodios vacíos. Al mismo tiempo, soldados ocultos en las murallas abatían a los saqueadores. 


Artemisia coronó entonces con laurel los barcos capturados, significando la victoria, y con sus propias fuerzas a bordo dirigió los barcos rodios de regreso a la isla de Rodas. Antes de que la estratagema pudiera ser descubierta, las naves habían entrado en el puerto. Los líderes enemigos fueron ejecutados, y Artemisia erigió un monumento en Rodas para conmemorar la conquista. 

La leyenda dice que la reina había amado tanto a su esposo que al morir éste redujo su cuerpo a cenizas y cada día bebía parte de ellas diluidas en un licor. Llamaba a los más famosos oradores griegos para que pronunciaran alabanzas en honor de Mausolo, y mandó construir en su capital un monumento funerario que sería conocido como el Mausoleo de Halicarnaso, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. 

Situado en lo que hoy es Bodrum, Turquía, tenía por objetivo lograr que Mausolo fuera recordado como el rey más amado de la Historia. Fue tan magnífico que en adelante todas las tumbas que consistieron en espléndidos edificios se llamaron así. Estaba construido en mármol blanco y tenía 117 columnas jónicas sosteniendo un techo en forma de pirámide con 24 escalones sobre el que se levantaba una escultura de una cuádriga con las efigies del rey y la reina. Su altura era de más de 50 metros. 


El monumento soportó las invasiones y la destrucción de la ciudad por parte de Alejandro Magno, pero finalmente fue destruido por un terremoto en 1404. Durante ese siglo los Caballeros de la Orden de San Juan utilizaron las piedras desprendidas para construir una fortaleza amurallada con la que defenderse de los ataques turcos. La estatua superior y algún friso que se salvó están hoy en el Museo Británico

Artemisia nunca llegó a recuperarse de la pena que le produjo la pérdida de Mausolo, y cuentan que la invencible tristeza que siempre la embargaba fue a su vez la causa de su propia muerte. 

Fue sucedida por sus hermanos Hidrieo y Ada, que también eran marido y mujer. 

domingo, 26 de diciembre de 2010

El Cardenal de Bernis

Cardenal de Bernis

François-Joachim de Pierre de Bernis, protegido de Madame de Pompadour, nació el 22 de mayo de 1715 en el seno de una familia de aristócratas empobrecidos del Vivarais. 

A los 14 años acudía a París para estudiar en el prestigioso colegio Louis-le-Grand, pero al ser un segundón no pudo seguir la carrera militar, como él hubiera deseado, sino que fue destinado a la Iglesia. A los 16 ingresaba en el seminario, aunque acabó abandonándolo debido a su manifiesta falta de vocación. 

No obstante, consiguió ser aceptado como canónigo por el capítulo catedralicio de Lyon, para lo cual tenía que demostrar 16 cuarteles de nobleza. Su puesto llevaba aparejado el título de conde de Lyon

Cuando conoció a la favorita de Luis XV era un joven abate sin tonsura, inteligente, simpático e ingenioso. Escribía unos versos un tanto ridículos, y por aquellos días “iba vestido como una muñeca”. Él mismo confesaba que sus madrigales eran como “un pequeño pomo de flores frescas y perfumadas, que duran nada más que una hora y ésta es una hora de placer”. Voltaire, por su estilo tan florido le llamaba “Babet la Bouquetière”, es decir, la violetera, comparándolo con una popular florista del barrio de la Ópera. 

Casanova lo conoció en Venecia y dijo de él que “poseía el arte de acariciar el amor. Su comedia amorosa no cuenta un solo drama”. 

Casanova

Gracias a un complot femenino, Bernis entró en la Academia Francesa con 29 años, cuando su admirado Voltaire aún rabiaba por ser elegido. Para poder codearse dignamente con sus colegas, la princesa de Rohan-Courcillon le regaló doce mil libras. En realidad él no tenía oficio ni beneficio, e iba de salón en salón, alimentándose como podía. Fue en el de madame de Tencin donde conoció a la Pompadour, y ambos se hicieron amigos de inmediato. Hay quien dice que incluso fueron amantes, pero él siempre lo negó. 

Cuando madame de Pompadour inició su meteórica carrera como amante del rey, Bernis comienza a ascender con ella. Por otra parte, él tenía una familia importante, y esto contaba, por más que estuvieran arruinados. De hecho, cuando en los últimos tiempos su protectora osó decirle “yo os saqué del polvo”, él respondió: “Señora, un conde de Lyon no está jamás en el polvo”. 

Los comienzos no fueron fáciles. Durante tres años revoloteó por los aposentos de la marquesa en Versalles sin que el rey, que le veía a diario, se dignara dirigirle la palabra. Hasta que un día, cuando salía del salón de la favorita con un tapiz de Persia que ella acababa de regalarle, se cruzó con Luis XV en la escalera. El rey se hizo mostrar el tapiz y luego sacó de su bolsillo un cucurucho de luises de oro y se los entregó diciéndole: 

—Tomad, esto para los clavos. 

Como el rey era tan proverbialmente tacaño, el tal cartucho se consideró una gracia extrema.


Luis XV

A partir de entonces Bernis comenzó a aparecer incluso en el palco del rey en el teatro de Versalles. En palabras del propio interesado, “el rey, invitándome a su propio palco, quiso demostrarme que finalmente se había enterado de mi nacimiento y estirpe”. 

Fue un buen consejero para su amiga, hábil y cauteloso. Conocía el arte de halagar, aunque de él se cuentan también anécdotas en las que poco contaba la diplomacia. Cuando le había pedido al cardenal de Fleury la canonjía de Lyon, el anciano, que conocía su vida licenciosa, no quiso ni oír hablar de ello: 

—Oh, señor, en tanto que yo viviré no conseguiréis este beneficio. 

Bernis, por entonces joven y arrogante, replicó: 

—Bien, señor, ya esperaré. 

Y haciendo una profunda reverencia, se fue dignamente. 

Debió de replicar con tanta gracia que el propio Fleury, que tenía su sentido del humor, lo contó por los salones de Versalles. La reflexión se hizo tan famosa que cuando Bernis tuvo que elegir una divisa para sus armas, puso “J’attendrai” (esperaré)


En sus memorias, dictadas a una sobrina suya a los 46 años, se retrata muy lisonjeramente: “Una imaginación bastante brillante, una alegría sostenida y sin fallo, el aire de una magnífica salud, una manera de pensar noble, una alteza de alma sin vanidad, una independencia sin aire de libertad, escritos fáciles, amables y sobre todo, la discreción, el secreto, el espíritu de la conciliación y la suavidad”. 

Consiguió finalmente entrar en la diplomacia con un éxito extraordinario. Intentaba ser embajador en Polonia, cargo muy difícil en aquel momento, pero en lugar de eso fue enviado a Venecia, porque, como le dijo el marqués de Puisieulx, que despachaba los Asuntos Exteriores: 

—Se me había presionado para enviaros a Polonia, pero yo insistí sobre el peligro que habría de confiaros una embajada tan delicada y he consentido en fin, aunque con bastante recelo, en que vayáis a Venecia, por la razón que allí, si cometéis tonterías, no serán importantes. 

Sus historias de amor en Venecia no las cuenta en sus memorias, pero en cambio sí que lo hace Casanova. Al fin y al cabo Bernis, religioso sólo por necesidad, era “uno de esos hombres para los que Dios no era su primera preocupación”. 

Pese a que supo divertirse, desempeñó magníficamente su cargo. Trabó amistad con el embajador español y conoció las noticias de la corte de España más rápido que el embajador francés en Madrid. 

Elisabeth de Francia

De regreso a Francia se detuvo en Parma, donde la duquesa era Elisabeth, hija de Luis XV y casada con un hijo del rey de España. Ella se aburría mucho con su esposo, así que no tuvo inconveniente en conceder sus favores a Bernis. 

El abate logró entrar en el Consejo de Luis XV y fue Ministro de Asuntos Exteriores, pero acabó por caer en desgracia por haber aconsejado la paz en un momento inoportuno durante la Guerra de los Siete Años. 

Finalmente pronunció los votos sacerdotales habiendo cumplido ya 40 años, tras lo cual se le concedió el Capelo cardenalicio y fue nombrado obispo de Albi. 

A la muerte de Clemente XIII parte hacia Roma para ayudar a elegir como nuevo Papa al candidato de Francia. Allí se encontraba aún como embajador cuando a finales de 1790 se vio obligado a jurar la constitución civil del clero. Como envió su juramento con reservas, fue declarado nulo y recibió una carta de advertencia. Se le despojó de su dignidad episcopal y en 1792 era inscrito por primera vez en la lista de los emigrados. Se vendieron sus bienes. Las estrecheces que hubo de pasar eran tales que Bernis acabó viéndose reducido a sobrevivir con una pensión que le pagaba España. 

Allá en Roma había acogido a Adelaida y Victoria, dos de las hijas de Luis XV. Pero no le quedaban muchos años de vida: fallecía en noviembre de 1794, dejándonos sus frases inolvidables. 

"Si je préfère aller au ciel pour le climat, je préfèrerais l’enfer pour sa fréquentation." 

Si bien prefiero ir al cielo por su clima, elegiría el infierno por las relaciones.



Bibliografía:
La otra Marquesa de Pompadour (Néstor Luján)

miércoles, 22 de diciembre de 2010

El Último Sajón

Estas piezas de ajedrez representan a los dos ejércitos que se enfrentaron en la más famosa batalla librada en suelo inglés. Harold, el rey sajón de Inglaterra, conduce a sus tropas contra el invasor Guillermo, duque de Normandía. La batalla cambió el curso de la Historia. Las piezas son auténticas reproducciones de los personajes, ropa y equipamiento de la época. 


Al día siguiente de la batalla de Hastings, 15 de octubre de 1066, se hizo evidente la importancia que había tenido aquella jornada en la que Guillermo, duque de Normandía, había derrotado a los sajones y se hacía con el control de una parte de la costa inglesa. 

El witenagemot, o lo que quedaba de él, se reunió en Londres y eligió como rey a Edgar Atheling. Era la última vez que un descendiente de la Casa real de Wessex, nieto de Edmundo el Valiente y rama del tronco de Alfredo el Grande, se sentaba en el trono de Inglaterra. 

Pero fue un gesto vacío. Edgar no era más que un muchacho de unos 15 años por entonces, y no mostraba grandes aptitudes. Para empeorar las cosas, los señores sajones que habían sobrevivido a la catástrofe no lograban unirse, y anteponían sus rivalidades particulares en lugar de presentar una resistencia unida frente al invasor. No quedaba nadie que pudiera alzar de nuevo un ejército contra Guillermo el Conquistador. 

Cuando el duque de Normandía apareció ante Londres, Edgar cedió de inmediato. Guillermo envió un contingente con la misión de construir una fortaleza que albergase a una guarnición Normanda, y que fue el núcleo de lo que después sería la Torre de Londres. Después entró en la ciudad, y el día de Navidad del año 1066 fue coronado como Guillermo I, rey de Inglaterra. 

Batalla de Hastings - Tapiz de Bayeux

La dominación sajona llegaba a su fin al cabo de 6 siglos. Desde entonces, unos 40 monarcas han reinado en Inglaterra, y todos ellos descienden del Conquistador. 

Pero el linaje de Alfredo el Grande no se extinguió. Edgar y su hermana Margarita fueron llevados a Normandía en 1067 para su custodia por orden del nuevo rey. Lograron escapar, y poco después llegaban a Escocia, donde reinaba Malcolm III. Éste se convirtió en el último refugio del linaje real sajón. 

Al rey escocés le gustó Margarita, y, además, seguramente era consciente de que si se casaba con ella, sus sucesores podrían aspirar algún día al trono inglés. De modo que se llevó a cabo el matrimonio, y todos los reyes posteriores de Escocia pudieron hacer remontar su ascendencia a Alfredo el Grande. 

Mientras tanto en el norte había comenzado a organizarse la resistencia, que contaba entre sus miembros a dos hijos del rey Harold II, fallecido durante la batalla de Hastings. Además, contaban con la ayuda de Sven II de Dinamarca, que en realidad aspiraba a apoderarse él del trono. También el rey de Escocia envió tropas para ayudar a los rebeldes, y Edgar fue el jefe titular de ese contingente. 

Guillermo el Conquistador y Harold II

Los sajones y sus aliados arrollaron a las tropas normandas, y en 1069 Guillermo se vio obligado a acudir al norte en persona. Llegó con un poderoso ejército, se libró de la flota danesa sobornándola y cayó como un rayo sobre los rebeldes. Para asegurarse de que el norte permanecería tranquilo en lo sucesivo, devastó deliberadamente una franja de terreno de cien kilómetros, entre las ciudades de York y Durham. El despoblamiento y el hambre que esto causó, dejó huella durante décadas, e incluso durante siglos. Pero Guillermo había logrado su objetivo. 

En adelante fue imposible organizar otra revuelta con éxito contra él. Fue el final de tres siglos de incursiones escandinavas por la línea costera inglesa. Noruega y Dinamarca no volverían a ser un peligro para Inglaterra. 

Más tarde el rey hizo incursiones por Escocia y llegó a un entendimiento con Malcolm en 1072. Edgar tuvo que salir rápidamente de Escocia y huir a Flandes. Después vivió una vida llena de altibajos, combatiendo en uno u otro lugar, a veces hasta al servicio de Normandía cuando se reconcilió con Guillermo, y a veces en lugares tan lejanos como Tierra Santa. 

Mientras tanto Morcar, el último duque sajón de Northumbria, había tenido que huir para unirse a los intentos de resistencia que aún había. Se trató de una guerra de guerrillas a la desesperada llevada a cabo por un sajón llamado Hereward. Éste se había unido en un principio a la expedición danesa, pero cuando los aliados se marcharon continuó la lucha sin ayuda. Se estableció en Isle de Ely, región cenagosa a unos 110 kilómetros al norte de Londres. Morcar y otros rebeldes acudieron a unirse a él. 


Las fuerzas normandas que trataron de adentrarse en los pantanos y marismas de juncos, las tortuosas corrientes y los bosques sin caminos de la región, tuvieron que dejar atrás sus caballos y enfrentarse con hombres que conocían cada palmo del terreno. Una y otra vez eran exterminados. 

Finalmente Guillermo puso cerco a toda la región. Cuanto ya no se podía soportar más el hambre, los monjes de Ely se ofrecieron para mostrar a Guillermo un camino que conducía al corazón mismo de la resistencia. Fue el final para los sajones. 

No se sabe qué ocurrió con Hareward. Como “el último de los sajones”, se tejieron leyendas románticas a su alrededor en años posteriores. Se suponía que había escapado y continuado sus actividades guerrilleras con éxito durante años, hasta que finalmente Guillermo le devolvió sus tierras y le concedió el perdón a cambio de un juramento de fidelidad. 



Bibliografía: 
La formación de Inglaterra – Asimov 

lunes, 20 de diciembre de 2010

Edmundo de Langley y la Casa de York


La Rosa de Lancaster y la Rosa de York

Edmundo de Langley, duque de York, nació en junio de 1341, hijo de Eduardo III de Inglaterra. Sus restos mortales, exhumados en tiempos de la reina Victoria, muestran a un hombre de 1’70 de estatura, considerado apuesto por sus contemporáneos a pesar de su mandíbula prominente y de una frente huidiza. En su cuerpo había huellas de varias heridas recibidas, ninguna de ellas en la espalda, lo que sugiere que no era ningún cobarde sobre el campo de batalla.

Su larga carrera militar comenzó cuando contaba 18 años, cuando combatió contra los franceses durante la Guerra de los Cien Años, pero en años sucesivos, a pesar de haber tenido su momento de gloria, fue abatido por una desdicha tras otra y casi nunca pudo ostentar el mando de las tropas.

Carecía de ambición y de energía, por lo que pocos fueron sus logros. Durante el reinado de su sobrino Ricardo II, Edmundo no tuvo un gran peso político. Se le escuchaba debido a su rango, pero apenas tenía influencia alguna.


La mayor pasión de su vida era la cetrería, que encontraba preferible a cualquier actividad política. El cronista John Hardyng lo describe como de carácter alegre, pero con escasas aptitudes para cumplir con el papel que su nacimiento determinaba.

Edmundo permaneció leal a su hermano mayor, Juan de Gante. Su matrimonio con Isabel, hija del rey Pedro de Castilla y de María de Padilla, tenía por objetivo reforzar las pretensiones de su hermano al trono castellano. Juan lo reclamaba en virtud de los derechos de su propia esposa Constanza, hermana mayor de Isabel.

El matrimonio de Edmundo se celebraba el 1 de marzo de 1372 en el castillo de Hertford. Edmundo, que para entonces ostentaba el título de conde de Cambridge, aceptó a la novia sin dote alguna, simplemente para ayudar a las aspiraciones de su hermano.

En realidad Eduardo III había intentado casarlo primero con la rica heredera Margarita de Flandes, pero el grado de parentesco entre ambos suscitó la oposición del Papa, influenciado por el rey de Francia.

Castillo de Hertford

También el cuerpo de Isabel de Castilla fue examinado por expertos victorianos, quienes descubrieron que sólo medía 1’40 y tenía unos extraños dientes irregulares. A pesar de todo ello, en su época se decía que era hermosa, y tuvo un gran número de amantes, el más famoso de los cuales fue John Holland, posteriormente Duque de Exeter. Los cronistas se refieren frecuentemente a ella como a una “mujer lasciva, entregada al mundo y a la carne”. Isabel amaba la belleza: en su testamento aparece una lista de joyas exquisitas, como un corazón elaborado con perlas y bellos manuscritos iluminados. En sus últimos años fue fiel a su esposo y se volvió hacia la religión, falleciendo el 23 de noviembre de 1392 como mujer “piadosa y arrepentida”.

Isabel dejaba tres hijos: Eduardo, nacido hacia 1373, el heredero de su padre; Ricardo y Constanza, quien casó con Thomas le Despenser, más tarde conde de Gloucester.

A la muerte de Isabel, Edmundo se casó con su prima Juana Holland, descendiente como él de Eduardo I. No tuvo hijos de su segundo matrimonio.


Edmundo fue el fundador de la Casa de York y recibió el ducado de manos de Ricardo II el 6 de agosto de 1385. En julio había ayudado a comandar un ejército durante una expedición a Escocia, y por el camino había acampado en York. Pese a no tener otra vinculación especial con la ciudad, Ricardo II podría haber tenido la intención de mostrar su gratitud a la población de York por su hospitalidad, y también la de convertirla en la capital de Inglaterra en lugar de Londres, donde el rey era muy impopular a la sazón.

La facción Yorkista en la Guerra de las Dos Rosas reclamaba sus derechos al trono a través del matrimonio del hijo menor de Edmundo con Ana Mortimer, mientras que los Lancaster eran los descendientes de Juan de Gante.

El Duque de York murió en Langley, su lugar de nacimiento, el 1 de agosto de 1402. Por deseo expresado en su testamento, fue enterrado junto a su primera esposa en la iglesia de los frailes mendicantes, en una tumba de alabastro y mármol negro ricamente adornada con esculturas y escudos de armas. Posteriormente, tras la disolución de la Orden mendicante, su tumba fue trasladada a la iglesia parroquial de Langley.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Italia Goda

Mausoleo de Teodorico en Ravena

A principios del año 494 los godos habían consolidado su conquista de Italia. Teodorico se instalaba en Ravena. Había conducido a 200.000 de los suyos, parte de los cuales se estableció en la llanura de Padua, mientras que otros seguían con él hasta Ravena y un tercer grupo se adentraba más al sur. 

El asentamiento fue difícil, porque los godos constituían una horda de guerreros, pastores y bandidos. No eran un verdadero pueblo ni poseían una organización. 

El nuevo reino comprendía Lombardía, Véneto, Liguria, Toscana, Lacio, Campania, Lucania, Calabria y Sicilia. La península siguió dividida administrativamente igual que con los romanos: había 17 provincias gobernadas por 17 Présides, que eran al mismo tiempo jueces, administradores e intendentes de finanzas. Dependían del prefecto del Pretorio, especie de Ministro del Interior que residía en Ravena y rendía cuentas al rey. 

Palacio de Teodorico

Las provincias fronterizas fueron confiadas a los llamados Condes, generales godos en servicio activo que se habían distinguido en la guerra. Estos generales disponían de un pequeño ejército y vigilaban las fronteras. 

En Roma el Senado, aunque reducido a una simple sombra, siguió siendo el más alto organismo representativo. Los senadores conservaron el derecho a transmitir el cargo a sus hijos. También los cónsules conservaron sus prerrogativas. Cuando eran elegidos, podían poner en libertad a cierto número de esclavos, y tenían aún la obligación de proporcionar a la plebe trigo y diversiones. Además daban su nombre al año. 

Pero en Roma el verdadero jefe era el prefecto de la ciudad. Lo nombraba Teodorico. Dirigía la administración, presidía los tribunales y tenía jurisdicción incluso sobre los senadores. Todos los funcionarios dependían de él. 


Entre los altos cargos se encontraba el cuestor, que hacía de mediador entre el Senado y Teodorico; el maestro de oficios, que se encargaba de los abastecimientos y el correo; el conde de las Donaciones o Ministro de Finanzas, que vigilaba también el comercio, y el conde de los Asuntos Privados o Ministro de la Corona, cuya misión era impedir los matrimonios entre parientes y dar sepultura a los muertos. Todos tenían el título de ilustres. 

Teodorico se hacía acompañar por un séquito de escuderos y oficiales, todos godos. El rey era el jefe del ejército. Declaraba la guerra y ordenaba el reclutamiento. Los godos se movilizaban en masa y se ocupaban personalmente del propio equipamiento: una especie de coraza ligera, un yelmo y un escudo. El armamento comprendía la lanza, la espada y la jabalina, el puñal y las flechas. El Estado les pagaba, pero les prohibía el saqueo. Los romanos estaban obligados a procurar a las tropas de paso techo y alimento. 

Teatro Marcelo

Teodorico encontró las arcas vacías, así que multiplicó el número de agentes encargados de cobrar los impuestos, que eran pesados y generalmente se pagaban en especie. También restauró el teatro de Marcelo, nombró un superintendente para las cloacas e instituyó una comisión de vigilancia sobre los monumentos. Castigó a los ladrones de estatuas y a los especuladores de terrenos y dictó una ley contra la demolición indiscriminada de antiguos edificios públicos.


Bibliografía:
Historia de la Edad Media - Indro Montanelli y Roberto Gervaso

jueves, 16 de diciembre de 2010

Berta la del Gran Pie


En el año 741 había en Laon una magnífica villa propiedad del conde Cariberto. Construida en madera, tenía patios y jardines interiores, reservas de armas, pozos particulares, establos, sala de guardia y torres de vigilancia. Era como un esbozo de los castillos feudales que comenzarían a construirse algo después. 

Cariberto vivía allí con su hija Bertrada. La joven era muy hermosa, aunque algunos le atribuyen una deformidad: uno de sus pies era demasiado grande, razón por la cual se la llamó Berta la del Gran Pie, o, como en un poema épico atribuido al juglar Adenet Le Roi y compuesto a principios del siglo XIII, Berta la de los Grandes Pies. 

Ella tenía apenas 15 años cuando un día Cariberto recibió la visita de un joven caballero llamado Pipino. Era éste de corta estatura, tanto que fue precisamente por ello por lo que mereció el apodo de “el Breve”. Tan sólo medía 1’37, aunque incomprensiblemente manejaba una pesada espada de mayor longitud que él. Pipino ostentaba el cargo de mayordomo de palacio de Neustria, heredado de su padre Carlos Martel. El título equivalía en la época a una especie de Primer Ministro. En aquel tiempo los mayordomos de palacio eran incluso más poderosos que el rey. 


Reinaba por entonces Childerico III, el último rey merovingio. Los excesos de todas clases habían agotado la raza de Clodoveo. El cronista Eginardo escribió: “Desde hace tiempo la familia merovingia no demostraba ninguna virtud. El príncipe se había contentado con llevar el nombre de rey, tener los cabellos y la barba muy larga, sentarse en el trono e interpretar el papel de rey. Recibía a los embajadores y les daba las respuestas que le dictaban. Con excepción de una insegura pensión alimenticia, que le pasaba el mayordomo de palacio, no poseía más propiedades que un pequeño dominio que le producía una renta limitada; en esta propiedad vivía con muy pocos servidores. Si tenía que viajar, lo hacía en una carreta tirada por bueyes, al estilo de los campesinos…; en cuanto a la administración y al gobierno, únicamente los mayordomos de palacio se ocupaban de ello”. 

A Pipino no le resultó indiferente Berta, así que comunicó a Cariberto su decisión: deseaba llevarse a su hija. El conde seguramente nunca hubiera esperado que se presentara tan buen partido, de modo que no se opuso, y Berta se convertía en la favorita del mayordomo. 

El 2 de abril del año 742, según un manuscrito de la abadía de Lorsch, nacía un bebé tan grande y robusto que casi parecía increíble que hubiera sido engendrado por Pipino. El niño, al que llamaron Carlos, llegaría un día a ser conocido como Carlomagno. 

Berta consiguió casarse con Pipino, lo cual era necesario para que su hijo fuera considerado legítimo. El matrimonio se celebró en Choisy-au-Bac en el año 749, según los Anales de San Bertín, aunque también se proponen fechas anteriores. 


La flamante esposa se esforzaba por convencer a su marido de que expulsara del trono a Childerico. Las ambiciones de la pareja comenzaron a desatarse: puesto que Childerico III no era más que una sombra y que el trono estaba ahí para quien tuviera la osadía de tomarlo, ¿por qué no podía ser Pipino quien lo hiciera? Pipino dudaba, temía las reacciones de los grandes, pero ella le sugirió que probara a obtener el apoyo del Papa. 

La respuesta de Roma fue favorable: el rey debía ser la persona que realmente ostentaba los poderes. De modo que en noviembre del 751 Pipino reunió a los grandes en Soissons y les comunicó esta respuesta. En cuanto hubo acabado su discurso, fue proclamado rey. Al día siguiente Childerico era tonsurado y encerrado en un convento. 

Al cabo de un año, Pipino y Bertrada eran consagrados por San Bonifacio. A principios 754 el Papa, que tenía dificultades con los lombardos, había venido a Neustrasia para pedir apoyo al rey de los francos. Aprovechando su estancia, los consagró por segunda vez en la basílica de Saint-Denis. 


La reina, que tuvo varias hijas y un segundo hijo llamado Carloman, participaba activamente en los asuntos de Estado y acompañaba a su esposo en todas sus expediciones militares. 

Pipino falleció en el 768, y el reino se dividió entre sus dos herederos. Carlos se instaló en Noyon y Carloman en Soissons. Pero ambos hermanos comenzaron a pelearse, hasta el punto de que Bertrada tuvo que mediar entre ambos para evitar una guerra. 

Hacía tiempo que Carloman tenía celos de Carlos. Consideraba que era un bastardo sin derecho a la sucesión, y que él era el único heredero legítimo de Pipino el Breve. Por tanto, el reparto le había defraudado y, animado por el duque de Baviera y Didier, rey de los lombardos, seguía protestando. 

Para hacer cesar la pugna, Bertrada tuvo la idea de retirar a Carloman su mejor apoyo, haciendo casar a Carlos con la hija del rey de los lombardos. La reina salió hacia Pavía para negociar dicha unión, pero el proyecto asustó al Papa. Este mandó decir a Bertrada que se oponía al matrimonio, porque Carlos ya estaba casado con Himiltrudis. No está claro, sin embargo, que Carlos la hubiera desposado, si bien había mantenido con ella unas relaciones de las que nació un hijo. En cualquier caso, Berta ignoró por completo las protestas del Papa y trajo consigo a la princesa lombarda. 


A Carlos no le gustó la novia, pero obedeció a su madre. El matrimonio se celebró el día de Navidad del año 770. De ese modo reinó por fin la paz en el reino. Sin embargo, esa unión no duró mucho, porque el rey repudiaba a su esposa apenas un año después. El conflicto hubiera vuelto a estallar de no haber muerto entonces Carloman. 

En cuanto a Berta, vivía en la corte de su hijo Carlos, con el que mantenía excelentes relaciones. Allí residió hasta su muerte el 12 de julio del 783. Bertrada de Laon fue enterrada con grandes honores en la basílica de Saint-Denis.

martes, 14 de diciembre de 2010

Diana de Poitiers


Diana de Poitiers era una mujer muy ambiciosa y dotada de una voluntad de hierro. Su carácter poco o nada tiene que ver con la imagen que de ella se pretendió imponer en su tiempo: la de una diosa bajada del Olimpo para ofrecer al soberano sus sabios consejos. Pero lo cierto es que, ayudada por la naturaleza, conservó una eterna y radiante belleza. 

Cuando el Delfín Enrique, 20 años menor, se enamoró de ella, aún reinaba Francisco I. La Corte, en la que Diana era dama de la reina, no era austera ni casta; los placeres se sucedían sin interrupción y el propio rey era el principal ejemplo de comportamiento licencioso. La amante de Francisco, la duquesa de Etampes, tenía 10 años menor que la favorita del Delfín. 

Enrique, con la cabeza llena de historias platónicas de amor cortés y hazañas caballerescas, desaprobaba los excesos de su padre. Su entorno se esmeraba en destacar el contraste entre la virtud del Delfín y la indecencia del rey, o entre el pudor de Diana y la lascivia de la duquesa. Así, Diana fue asimilada a Artemisa, la casta diosa, cazadora del mal, mientras que la otra, bajo la forma de Venus, personificaba la lujuria. El poeta François Habert, a sueldo de Enrique, nos dejó estos versos: 

Cierto, Venus no ha muerto todavía 
Diosa es, gran honor se le rinde 
Quiera Dios verla en el mar hundida, 
La República estaría bien vengada. 
Pero poco a poco Venus será abolida, 
Y en su nombre el de Diana se pondrá, 
De quien la fábula dice ser púdica, 
Contraria en todo al deseo de Venus. 

Diana de Poitiers en casa de Jean Goujon

Cuando Enrique II subió al trono en 1547, tenía 28 años y su amante se acercaba a los 50. Diana tenía una salud vigorosa. Acostumbraba a darse baños fríos y llevaba una vida activa y sana. Conservaba todos los atractivos de la juventud, la alegría, la frescura, la seducción, todo aquello que mantuvo a Enrique toda la vida bajo su influjo. 

Hasta su encuentro con el Delfín había llevado en la corte la vida oscura de una virtuosa servidora de la reina. Casada a los 15 años con Louis de Brezé, Gran Senescal de Normandía, un anciano que la dejó viuda en 1531, vivió una existencia decorosa y sin escándalos en la corte de Leonor de Austria. Desde la muerte de su esposo, Diana vestía solamente de blanco y negro. 

Su padre, comprometido en la conspiración del Condestable de Borbón, había sido condenado a muerte, y la leyenda cuenta que, para evitar el cumplimiento de la sentencia, ella se había entregado a Francisco I. Sin embargo, nada tiene que ver ese relato con la realidad. De hecho fue su esposo quien en su momento obtuvo la gracia para el senescal. 

Diana de Poitiers

Durante mucho tiempo la admiración del Delfín hacia Diana no se salió del marco de lo meramente platónico. Ella le aconsejaba que cumpliera sus deberes conyugales para con su esposa, Catalina de Médicis, de la que durante mucho tiempo no tuvo descendencia, hasta que en 1544 nació el futuro Francisco II. 

Diana se resistió a los requerimientos del joven Delfín, pero finalmente, un día en que se encontraban en el castillo de Ecouen, que su amigo el condestable de Montmorency acababa de hacer construir, la dama se rindió. Se conserva un poema suyo sobre ello: 

He aquí, en verdad, que el Amor una mañana 
Vino a ofrecerme galanteo muy gentil (…) 
Pues veréis, galanteo tan gentil 
Era varón, bien dispuesto y joven, 
Diana cedió, y comprenderéis sin pena 
De qué mañana pretendo yo hablar. 

Pero cuidaba su reputación, y continuaba ocultando el carácter de su relación con Enrique. Durante mucho tiempo mantuvieron engañados a todos. El embajador de Venecia escribe: “…Siente por ella verdadero afecto; pero se cree que no hay nada lascivo en ello, que es como entre madre e hijo”. 

Chenonceaux

Cuando Enrique alcanzó el trono, Diana tuvo una enorme influencia sobre los asuntos del reino e incitó al rey a perseguir a los reformados con el propósito de enriquecerse con sus bienes. No contenta con recibir suntuosos regalos del rey —el castillo de Chenonceaux, la residencia de Anet o el ducado de Valentinois—, también se hizo adjudicar las tierras confiscadas a los protestantes condenados, hasta lograr ser poseedora de la mayor fortuna del reino. 

Cuando el rey falleció en 1559, ella tenía 60 años, y, al parecer, no había perdido su belleza. Brantôme, que la había visto meses antes, escribió: “Hasta el corazón de una piedra se habría conmovido. Tenía el rostro tan bello, tan fresco y amable como a los 30 años”. 

Anet

Murió el 25 de abril de 1566 en su castillo de Anet, adonde se había retirado.



Bibliografía:
Las Mujeres del Rey - Guy Chaussinand-Nogaret

domingo, 12 de diciembre de 2010

Mary Fairfax, Duquesa de Buckingham

Mary Fairfax

Mary Fairfax nació el 30 de julio de 1638, hija única de Lord Thomas Fairfax y de Anne de Vere. 

Cuando contaba sólo cinco años seguía a su padre por los campamentos militares durante la guerra civil, a veces en las condiciones más adversas para una niña. En una ocasión, mientras se retiraban de Bradford, hubo de hacer un larguísimo viaje montada a lomos de un caballo con una servidora. Según el relato que nos hace su propio padre, durante el trayecto se desmayó con frecuencia, y estaba tan enferma que llegó a encontrarse al borde de la muerte. La situación era tan desesperada que le fue preciso dejarla en una casa junto al camino, al cuidado de la sirvienta y con pocas esperanzas de volver a verla. 

En septiembre de 1657 Mary tuvo la desgracia de convertirse en la esposa de George Villiers, duque de Buckingham, de quien se había enamorado perdidamente. Cuando lo conoció, ella estaba a punto de casarse con el conde de Chesterfield. Los planes estaban tan avanzados que ya se habían leído las proclamas en la iglesia; pero el compromiso se rompió bruscamente al entrar Buckingham en escena. 

Anne de Vere, madre de Mary

Al duque de Buckingham le habían confiscado sus propiedades a consecuencia de su participación en la guerra civil, y precisamente le habían sido entregadas a Lord Fairfax. Cuando George supo que la única hija del caballero estaba a punto de casarse con otro, decidió que tenía que impedirlo como fuera si quería recuperar sus tierras. 

Mary no era bonita, pero era la heredera de su puritano padre. Eso era suficiente para que el duque, a la sazón en el continente con los partidarios de Carlos Estuardo, tuviera la osadía de regresar a Inglaterra disfrazado para ofrecerle su mano. Consciente de sus propios atractivos, estaba seguro de que lo avanzado del proyecto matrimonial con Chesterfield no sería obstáculo para salirse con la suya y llevarse a la dama. En eso acertó. No así con la piedra filosofal que estaba igualmente cierto de encontrar un día. 

En palabras de Burnet, Buckingham “carecía de principios religiosos, virtud o sentido de la amistad; lo único a lo que se entregaba era al placer o a las diversiones más extravagantes… No tenía constancia… era incapaz de guardar un secreto o de ejecutar plan alguno sin estropearlo… Se crió junto al rey, y durante muchos años tuvo gran ascendiente sobre su persona; pero hablaba de él a todo el mundo con tal desprecio que finalmente atrajo la desgracia sobre sí.” 

George Villiers, Segundo Duque de Buckingham

A pesar de tan negativa descripción, Buckingham no carecía de atractivos: poseía un carácter alegre, gran sentido del humor, era un hombre generoso, tenía talento para la poesía y la sátira y siempre lideraba la moda. Era un magnífico jinete, excelente en la danza y diestro con la espada. Había algo en él que lo hacía irresistible a ojos de sus contemporáneos, y especialmente a ojos de las damas. De él se afirmaba que “cuando entraba en una habitación era imposible no seguirlo con la mirada”. El caso es que un buen día se presentó ante Mary y a ella le gustó. Más aún: se volvió loca. 

Al poco tiempo se casaban en Nun-Appleton, cerca de York, para exasperación de Cromwell: al parecer el Lord Protector pretendía a Buckingham para una de sus propias hijas, esperando así apartarlo de los Estuardo y sus peligrosas conexiones. Furioso y frustrado por este contratiempo, encerró a George primero en la Torre y después en el castillo de Windsor. El duque fue condenado a muerte, pero Cromwell falleció antes de que pudiera cumplirse la sentencia. 

Poco después regresaba Carlos II a ocupar el que había sido el trono de su padre, y la suerte de Buckigham volvía a cambiar. Era el tiempo de la Restauración en el trono de los Estuardo. La duquesa se convertía en una mujer virtuosa en medio de una corte sumamente disoluta. Amaba a su esposo y lamentaba su abandono, sus múltiples infidelidades y sus juergas en compañía del libertino John Wilmot, conde de Rochester. 

Mary Fairfax, Duquesa de Buckingham

Madame Dunois nos dice de ella lo siguiente: “Es pequeña, morena y menuda; pero aunque hubiera sido la mujer más hermosa, el solo hecho de ser su esposa hubiera sido suficiente para inspirarle desagrado. Aunque ella sabía que siempre la engañaba, nunca hablaba de ello, y era lo bastante complaciente como para entretener a sus amantes e incluso alojarlas en su casa. Y sufría todas estas cosas porque lo amaba.” 

Uno de los escándalos más notables que protagonizó el duque fue cuando se enamoró de la princesa Henrietta-Anne, la hermana menor del rey, a la que siguió hasta Francia cuando ella acudió a casarse con el hermano de Luis XIV. Los avances que hizo hacia la princesa fueron tan osados que el rey Carlos se vio obligado a reclamar su presencia en Inglaterra de nuevo. Al parecer George seguía los pasos de su padre, protagonista de escenas similares a causa de la excesivamente abierta admiración que mostrara hacia Ana de Austria durante su estancia en París. 

Otro gran escándalo tuvo lugar cuando George se convirtió en el amante de la condesa de Shrewsbury, a la que había instalado en una mansión en Cliveden, a orillas del Támesis. A consecuencia de ese asunto el esposo de la dama lo desafió, y en junio de 1668 ambos se enzarzaron en un duelo en el que cuenta la leyenda que Lady Shrewsbury estuvo presente, disfrazada de paje, mientras sujetaba la brida del caballo de su amante. El conde falleció a consecuencia de las heridas recibidas durante el duelo. 

Cliveden

Buckingham acogió entonces a la viuda en su propio hogar, donde residía con su esposa. En 1671 la condesa dio a luz a un hijo suyo, pero el niño falleció poco después. Por si la conducta del duque había sido poco escandalosa, sus lamentos tan públicos por la pérdida de su único hijo y el funeral tan pomposo que organizó para el pequeño fueron causa de asombro en toda la corte. El propio Parlamento llegó a prohibirle cohabitar con Lady Shrewsbury. 

La duquesa incluso eso toleraba. Ella, en cambio, nunca se vio envuelta en ningún escándalo, si bien parece que en cierta medida compartió el gusto de su marido por la intriga. Cuando el 25 de febrero de 1667 se emitió la orden de capturar a Buckingham por conspirar contra el gobierno, ella lo ayudó. George, pese al desagrado que le inspiraba su esposa, recurría a ella siempre que necesitaba ayuda, y, aparte de sus múltiples infidelidades, tan humillantes en ocasiones, por lo demás su trato hacia ella siempre fue cortés y correcto, y aunque cueste entenderlo se llevaban bien. Brian Fairfax escribe: "El duque y ella vivieron en buena armonía; ella soportando pacientemente aquellos defectos de él que no podía remediar”. 

Mary Fairfax sobrevivó muchos años a su esposo. Falleció en Saint-James, Westminster, el 20 de octubre de 1704, a la edad de 66 años, y fue enterrada en la cripta de la familia Villiers, en la Capilla de Enrique VII de la Abadía de Westminster.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Los Reyes Hititas

Hititas

Durante el Imperio Antiguo los hititas llamaban al monarca el Gran Rey o el Tabarna, Labarna o Tlabarna. Estos nombres recordaban a Labarna I, al que se consideraba uno de sus grandes reyes. Pero en el país existían otros reyezuelos menores sometidos al central. 

Hacia el siglo XVI a.C. se le añadió el nombre de Héroe (Karradu). Fue un primer intento de querer representar a su soberano como elegido por los dioses, tal vez para alejar ideas de derrocamiento. Su destino se hallaba unido a una divinidad. Por ejemplo, el rey Hattusil III de niño fue puesto bajo la custodia de la diosa Samuha. Con el paso del tiempo los reyes pasaron a ser intermediarios de los dioses en los asuntos relacionados con el pueblo, responsabilizándose de la salud, las victorias y la prosperidad en todos los sentidos. 

Los soberanos del Imperio Nuevo, especialmente desde Shubiluliuma, comenzaron a hacerse llamar “Mi Sol”, título que copiaron de los egipcios, donde los fararones eran hijos de Ra, el dios Sol. Además recogieron en símbolo del disco solar en forma de un disco alado. Pero los reyes hititas no se consideraban dioses mientras estaban vivos. Es en los escritos funerarios donde se dice “nuestro soberano se ha convertido en un dios”. Entonces pasaban a ser venerados, por creerse que ocupaban un lugar destacado en su panteón de divinidades. 

Templo Hitita en Turquía

Los encargados de su custodia eran unos soldados muy especiales que recibían el nombre de Meshedi. Estos debían renovar cada mes el juramento de fidelidad absoluta, dejando claro que nunca traicionarían al rey con palabras, hechos o pensamientos. 

Las fiestas a la diosa Sol de Arinna, bajo cuya protección se hallaba todo el país de Hatti, se celebraban en verano. El rey estaba obligado a dirigir el ceremonial, y acudía casi siempre acompañado por la reina y el príncipe heredero. Si se encontraba en el campo de batalla, tenía que regresar forzosamente a uno de los poblados de su tierra, dejando a uno de sus generales como sustituto. La indumentaria del monarca para estos casos era un manto especial y un birrete. Con la mano derecha sujetaba un bastón llamado lituus, curvado en la parte inferior. Las fiestas se prolongaban durante varios días, hasta que culminaban con la nuntarijasha, una sagrada peregrinación a los santuarios más importantes del país. 

El rey acabó por asumir el papel de jefe religioso y militar, además de juez supremo. En varios dibujos se le ve desempeñando las funciones de sacerdote, por ejemplo con las manos juntas y alzadas frente a la imagen de un toro (representación de la divinidad del tiempo atmosférico). Pero en cuanto a la tarea de juez, por lo general prefería delegar en funcionarios del Estado que le merecían mayor confianza. Sólo se reservaba los crímenes sobre los que recaía la pena de muerte, los juicios contra la nobleza y altas personalidades o reclamaciones entre sus vasallos por los derechos de una propiedad. 

Hattusa, capital Hitita en el centro de Anatolia, Patrimonio de la Humanidad

El rey Telepinu hizo una codificación de las leyes hititas que destacaba por la benignidad de las penas. Establece, además, una novedad para los delitos de sangre: 

“La ley de la sangre derramada injustamente ha de entenderse de esta manera: si alguien comete una muerte que puede ser considerada asesinato y el cabeza de familia de la víctima decide que ha de morir, aquel será ajusticiado. Pero si decidiera que debe pagar una cantidad por el daño causado, aquel debería pagar lo que se estipulara. En estos casos el rey no puede opinar.” 

Fue él quien creó el Pankus, un tribunal de la nobleza destinado a regular las cuestiones sucesorias y al cual estaba sometido incluso el rey, quien podía ser condenado a muerte si planeaba el asesinato de cualquier familiar. 

Los reyes hititas tenían harenes. Más allá de la reina, existía una esposa de segundo grado a la que se denominaba esirtu. Sus hijos podían heredar el trono siempre que la reina no tuviese descendencia. Además existía otro tipo de mujeres llamadas naptartu, simples concubinas cuyos hijos no poseían otro derecho que el de ocupar un buen cargo en el ejército o entre los funcionarios. Lo que estaba severamente prohibido era casarse con una hermana o con una prima. El infractor podía ser condenado a muerte. 


Telepinu consideró que el heredero de la corona debía ser el hijo varón elegido por el rey, y en el caso de que el rey sólo tuviera hijas, el honor recaería sobre el marido de la mayor de ellas. Sin embargo, gracias a los hallazgos arqueológicos sabemos que hubo reinas que cumplieron el papel de regentes, bien por ausencia del esposo o por la menor edad del futuro monarca. 

La excepción al escaso papel que tenía la reina la encontramos en Puduhepa, esposa de Hattusil III. En realidad ella era sacerdotisa cuando él fue obligado a tomarla por esposa por orden de la diosa Samuha, y a partir de la boda todos los documentos llevaron las firmas de ambos. 

Lo que nadie podía negarles era el derecho a acompañar al rey en todas las ceremonias religiosas. De hecho recibían el nombre de Tawannanna (madre de dios), y en el culto a la diosa Sol de Arinna la presencia de la reina llegaba a ser más importante que la del rey. 



Bibliografía: 
Los Hititas – Carter Scott

miércoles, 8 de diciembre de 2010

JIMENA DE ASTURIAS

La Cruz de la Victoria

El origen de Jimena no está suficientemente esclarecido. Algunos consideran al rey García Íñiguez de Pamplona como padre, pero según Fray Justo Pérez era hija de García Jiménez y su segunda esposa, lo que la convertiría en hermana de Sancho Garcés de Pamplona. Ambas teorías tienen el inconveniente de que Jimena no figura en el Códice de Roda; sin embargo, parece ser que su verdadero nombre era Amelina, si bien se lo cambió por el de Ximena al casarse con el joven Alfonso III el Magno

Alfonso era rey de Asturias desde la muerte de su padre Ordoño I, y había sido consagrado el 26 de mayo del año 866, aunque en aquel momento hubo de hacer frente a una rebelión del conde de Lugo. Eso lo apartó momentáneamente del trono, obligándole a refugiarse en Ávila bajo la protección del conde Rodrigo hasta que el rebelde pronto fue derrotado y ejecutado. 

Fueran cuales fuesen los orígenes de Jimena, se trataba de una princesa de estirpe real, nacida a mediados del siglo IX, si bien desconocemos también la fecha de su nacimiento. Contrajo matrimonio con Alfonso en el 870 y fue madre de cinco hijos varones: García, Ordoño, Fruela, Ramiro y Gonzalo, y también de tres hijas: una llamada Sancha y otras dos cuyos nombres no han llegado hasta nosotros. Los tres primeros hijos fueron reyes, y Gonzalo fue arcediano de la catedral de Oviedo. El destino de Ramiro continúa siendo discutido. 

Jimena y Alfonso

Jimena ha dejado una grave mancha sobre su memoria al animar a sus hijos a rebelarse contra su padre, amargando la vejez del monarca. Alfonso había hecho cuantiosos gastos reconstruyendo varias ciudades, monasterios y castillos destruidos por los musulmanes y llevando a cabo una política de expansión hacia el sur. Pero sus ingresos resultaban insuficientes para hacer frente a tan enorme labor, por lo cual se vio obligado a recaudar la suma necesaria mediante nuevos impuestos que causaron el descontento entre el pueblo. La reina, tal vez cegada por el amor maternal y el deseo de ver a uno de sus hijos sentado en el trono, o bien por algún otro motivo del que la Historia no guarda registro, instigó a García a aprovechar la ocasión para apoderarse de la Corona. Según la Crónica General de España de Alfonso X el Sabio, la reina Jimena "basteció estos castiellos en tierras de León, Alba, Gordón, Arbolio y Luna, et diólos a su fijo el infant don García". 

El intento fracasó, porque el rey, a pesar de que ya no era joven, aún estaba en plenas facultades, y la rapidez con la que dispuso las medidas necesarias desbarató los planes de los rebeldes. García fue hecho prisionero en Zamora y encerrado en el castillo de Gauzón, en Asturias. 

La rebelión no terminó con la prisión de Don García, puesto que el suegro de éste, Munio Núñez, conde de Castilla, se levantó en armas para defender su causa. El monarca libera a su hijo como gesto de buena voluntad, pero se había desencadenado una guerra en la que el rey finalmente hubo de claudicar al cabo de dos años. Alfonso se retiró a la villa asturiana de Boides, hoy Puelles, al lado de Gijón; abdicó y repartió sus dominios entre sus hijos: entregó la corona de León a García, reservando la de Asturias para Fruela y Galicia para Ordoño. 

El reino de León en el siglo X

Desde allí parte en peregrinación a Santiago de Compostela y a su regreso aún le quedan fuerzas para librar su última batalla: pide permiso a su hijo García para pelear contra los moros en Astorga. A sus 62 años Alfonso combatió y resultó vencedor. 

Poco después, el 20 de diciembre del 910, moría en Zamora, adonde se había retirado en compañía de Jimena. Fue el último monarca en llevar el título de Rey de Asturias. Sus sucesores se denominarían Reyes de León. (Fruela iba a heredar León de su hermano, por lo que también llevaría ese título).

Se sabe que su esposa le sobrevivió, aunque no mucho tiempo: Jimena fallecía en junio del 912. Fue enterrada en la catedral de Astorga junto con su esposo, aunque años más tarde, en el 986, por orden del rey Bermudo II sus restos fueron trasladados al Panteón de Reyes de la catedral de Oviedo, por temor a que fueran profanados por las tropas musulmanas que ya avanzaban hacia León. 

Edificios prerrománicos de la catedral de Oviedo

Jimena y Alfonso donaron la Cruz de la Victoria a la iglesia de San Salvador, hoy catedral de Oviedo. Según cuenta la leyenda, esta cruz es la que enarbolaba Pelayo en la Batalla de Covadonga, hasta que Alfonso III decidió revestirla de oro y piedras preciosas. La joya fue elaborada en el castillo de Gauzón por orfebres procedentes del reino de los francos. En sus brazos figura esta inscripción en latín: 

“Permanezca esto complacientemente en honor de Dios, lo cual ofrecen los servidores de Cristo príncipe Alfonso y la reina Jimena. Quienquiera que se atreviere a arrebatar este nuestro don, perezca por el rayo divino. Esta obra, siendo acabada, fue ofrecida a la iglesia de San Salvador ovetense. Este signo protege al piadoso. Este signo vence al enemigo. Y fue labrada esta cruz en el castillo de Gauzón el año 42 de nuestro reinado, transcurriendo la Era 946 (año 908)." 

Bandera de Asturias

La Cruz de la Victoria es la que aparece en la bandera de Asturias, convertida en emblema heráldico del principado gracias, en parte, a Jovellanos.