sábado, 31 de octubre de 2009

El crimen de Juan Sin Miedo (II)

Juan sin Miedo, duque de Borgoña

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Al día siguiente el cuerpo de Luis de Orleáns fue trasladado a la iglesia vecina des Blancs-Manteaux, a la que acudió toda la familia real. El duque de Borgoña no aparecía menos afligido que el resto. Él y el fallecido eran primos hermanos, ambos nietos del rey Juan II de Francia. Juan Sin Miedo, bajo y feo, con su nariz larga y barbilla prominente, competía con los presentes a la hora de mostrar dolor. Dominaba las artes del cinismo y la hipocresía, y no tenía escrúpulos a la hora de alcanzar sus fines, todo lo cual propició aquella magnífica representación.

—Jamás se ha cometido un crimen más malvado y traidor en este reino —llegó a decir.

Así fue que las primeras sospechas se orientaron por otros derroteros. En el punto de mira se situó un hombre a cuya esposa había seducido Luis de Orleáns. Pero pronto se comprobó que el hombre en cuestión llevaba más de un año lejos de París. Después comenzaron a averiguar cosas concretas, como el lugar en el que habían aguardado los asesinos y la ruta que habían emprendido después. El preboste solicitó permiso para entrar en todas las casas de los servidores del rey a fin de seguir con la investigación.

Torre de Juan sin Miedo, París. Último vestigio del hôtel de Bourgogne

El duque de Borgoña flaqueó, comenzó a palidecer al pensar que tarde o temprano se conocería su implicación en los hechos. Luis de Anjou, percibiendo su indisposición, le dijo:

—Primo, ¿no sabréis vos alguna cosa?

Entonces Juan los llevó aparte a él y al duque de Berri y les confesó que había sido él, tentado por el diablo, quien había ordenado ese asesinato.

—He perdido a mis dos sobrinos —fueron las primeras palabras que pudo pronunciar Berri, derramando un torrente de lágrimas.

Duque de Berri

Lo que más consternación les causaba era el grado de perversidad con el que todo había sido llevado a cabo. Hacía mucho tiempo que el duque de Borgoña había preparado el asesinato, eligiendo para ello a un normando al que Luis había privado de su cargo a causa de sus indignas malversaciones. Y además ahora que hacía sólo unos días que el borgoñón se había reconciliado públicamente con su primo y le juraba fraternidad, lo colmaba de caricias, comía del mismo pan y bebía del mismo vino.

Pero después dijeron que el duque de Borgoña había tenido razones más personales que ese enfrentamiento por el poder para desear la muerte del de Orleáns: se decía que Luis, siempre indiscreto con sus numerosas galanterías, se había jactado un día a la mesa de tener una habitación decorada con los retratos de todas las damas que le habían concedido sus favores, y que Juan, al entrar allí un día, había visto entre ellos el de su propia esposa, Margarita de Hainaut. Decían, también, que el duque de Orleáns, destacado poeta aunque no tanto como llegó a ser su hijo, había celebrado en sus versos las más recónditas bellezas de la duquesa de Borgoña. Pero se tenía a Margarita por mujer muy virtuosa, por lo que otros rumores apuntaban a que Luis se había lanzado a la conquista y ella, ofendida, se lo contó a su marido, que vengó así la ofensa.

Juan Sin Miedo, tras su momento de deblidad, pronto recuperó toda su audacia. Al día siguiente los príncipes se reunieron en el hôtel de Nesle y él tuvo la osadía de venir a ocupar su lugar. El duque de Berri salió a su encuentro y le dijo:

—Sobrino, desistid de entrar al Consejo. Vuestra presencia no sería vista con agrado.

—Monsieur, me marcho de buen grado —dijo ante los presentes—, y a fin de que no se culpe a nadie de la muerte del duque de Orleáns, declaro que fui yo, y no otro, quien ordenó hacer lo que ha sido hecho.

Todos se quedaron estupefactos viendo cómo se daba la vuelta, montaba en su caballo y se iba. El duque de Borbón llegó poco después, lamentándose de que se le hubiera permitido irse en lugar de arrestarlo. En efecto, pronto fue demasiado tarde: Juan Sin Miedo se detuvo solamente a reunir a seis de sus hombres y cabalgó con ellos hasta la frontera de Flandes. Ciento veinte caballeros de la Casa del Duque de Orleáns lo persiguieron, pero no lograron alcanzarlo.


Al llegar a Bapaume hacia la una de la tarde, ordenó, en recuerdo del peligro al que había escapado, que en adelante sonaran las campanas siempre a esa hora. Así se hizo, y durante mucho tiempo se conoció aquel sonido como el Ángelus del duque de Borgoña.

viernes, 30 de octubre de 2009

El crimen de Juan Sin Miedo


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El duque Luis de Orleáns, regente de Francia debido a la locura que padecía su hermano Carlos VI, mantenía una dura pugna por el poder con el duque de Borgoña, Juan sin Miedo. En 1407, en plena guerra de los Cien Años contra los ingleses, el reino se veía además dividido en dos facciones enfrentadas.
Orleáns visitaba frecuentemente a la reina, que acababa de dar a luz a un hijo que no vivió. Isabel de Baviera, de quien se decía que además de su cuñada era también su amante, aún guardaba cama en una casa que había adquirido en la vieja calle del Temple, cerca de la puerta Barbette. Luis trataba de animarla tras el desdichado acontecimiento, y allí estaba el miércoles 23 de noviembre, cenando en su compañía, cuando se presentó un valet de parte de su hermano el rey.
—Monseigneur, el rey os ordena acudir ante su presencia sin demora. Desea hablaros cuanto antes de algo que os atañe tanto a vos como a su persona.
El duque hizo que le ensillaran su caballo. Sólo iba acompañado por dos escuderos y cuatro o cinco valets a pie con las antorchas. Sería hacia las ocho de la tarde; estaba oscuro, y ya no había nadie en las calles. Luis, vestido con una simple túnica de damasco negro, se fue por la vieja calle del Temple, cantando y jugueteando despreocupadamente con su guante. Cuando hubo recorrido una distancia de unos cien pasos, y ante la casa del mariscal de Rieux, 18 ó 20 hombres armados que aguardaban emboscados junto a otro edificio próximo se abalanzaron de golpe. El caballo que montaban los dos escuderos se espantó y huyó al galope. Los asesinos cayeron entonces sobre el duque de Orleáns y, tras asegurarse de que era quien buscaban, lo desmontaron y lo derribaron. Luis trató de incorporarse, pero sus agresores, implacables, le abatieron de nuevo con una lluvia de mazas y espadas. Uno de los jóvenes pajes que trató de defenderlo también cayó a su lado; otro, gravemente herido, tuvo el tiempo justo de refugiarse en una tienda vecina, en la rue des Rosiers.
La mujer de un pobre zapatero escuchó los ruidos y abrió su ventana en lo alto para ver qué ocurría. Entonces, horrorizada, comenzó a gritar:
—¡Asesinos! ¡Asesinos!
—¡Callaos, mala mujer! —le respondieron desde la calle, mientras algunos comenzaban a disparar flechas hacia la ventana donde la habían visto.
En un instante todo había acabado. Un hombre corpulento, vestido con una caperuza roja que le ocultaba los ojos, dijo en voz alta:
—Vámonos. Está muerto.
Había caballos preparados allí cerca. Montaron, pero uno aún dio un último mazazo al cuerpo sin vida del duque de Orleáns. Luego huyeron girando por la rue des Blancs-Manteaux y gritando:
—¡Fuego! ¡Fuego!
En efecto, se veía salir humo de la casa junto a la que habían estado aguardando al duque. Las voces habían hecho asomarse a la ventana a las gentes que habitaban en la casa del mariscal de Rieux. Un escudero del duque de Orleáns, sobrino del mariscal, bajó a la calle en el momento en que el crimen acababa de ser cometido. Encontró a su desdichado amo tendido en el suelo, muerto y mutilado. La cabeza estaba abierta por dos espantosas heridas; la mano izquierda había sido cortada, el brazo derecho casi arrancado.
El cuerpo fue trasladado a la casa del mariscal. La noticia de su muerte pronto se extendió por todo París. La reina, al enterarse, fue presa de la desesperación, y a pesar del estado en que se encontraba se hizo transportar de inmediato al Hôtel de Saint-Paul. Muchos señores se armaron y fueron a formar una guardia ante el rey. Los príncipes se reunieron todos en el hôtel de Anjou con los principales señores del consejo y pronto dieron comienzo las investigaciones. Se dio orden de cerrar las puertas de la villa y de vigilar que no hubiera desórdenes en las calles.


CONTINUARÁ

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Bibliografía:
Histoire des ducs de Bourgogne de la Maison de Valois, 1364-1477, Vol. 1 - Prosper Brugière de Barante, Louis Prosper Gachard

miércoles, 28 de octubre de 2009

El Escándalo de la Torre de Nesle


La Torre de Nesle fue construida por el rey Felipe Augusto a comienzos del siglo XIII en la orilla izquierda del Sena, frente al viejo castillo del Louvre. En un principio se le dio el nombre de Torre Hamelin, y era una estructura cilíndrica de aproximadamente 10 metros de diámetro y 25 de altura. En 1308 Felipe IV se la compró a Amaury de Nesle.

Felipe IV tenía cuatro hijos que alcanzarían la edad adulta: una hija, Isabel, que se casó con Eduardo II de Inglaterra, y tres hijos que se iban a suceder uno tras otro en el trono de Francia: Luis, Felipe y Carlos. El mayor, Luis, se casó con la hija de Roberto de Borgoña, Margarita. Felipe se casó con Juana, hija de Otón IV de Borgoña, y a Carlos le dieron por esposa a Blanca, la hermana de Juana.

Una visita a París del rey de Inglaterra, Eduardo II, y de su esposa Isabel, señala el comienzo de la tragedia. Felipe dio muchas fiestas en honor de sus invitados, y durante el transcurso de una de ellas Isabel observa que dos caballeros llevan a la cintura unos monederos que le parecieron los que ella había ofrecido personalmente a sus cuñadas Margarita y Blanca. Así las cosas, se apresura a señalar a su padre a los hermanos Gauthier y Philippe d’Aunay. El rey ordena una investigación que confirma las sospechas: Philippe es el amante de Margarita, y Gauthier de Blanca. A Juana no se le conoce amante, pero es culpable de conocer estos amoríos y haberlos encubierto.

El asunto salta a la luz en abril de 1314 en la abadía de Maubisson, donde el rey gusta de retirarse con su corte. La justicia real actúa implacable. Margarita y Blanca son detenidas, juzgadas y condenadas. Les rapan el cabello, son vestidas con ropas toscas y conducidas en un carro recubierto de negro hasta Andelys, donde se las encerraría en las celdas de Château Gaillard. Margarita, llorosa y arrepentida, ocupa lo que para unos fue una oscura celda en el sótano y para otros, en cambio, una situada en el último piso y abierta a todos los vientos y al frío. Había confesado el adulterio. 

A finales de ese mismo año fallece el rey. El nuevo monarca era ahora Luis X, lo que convertía en reina a Margarita. Era una situación complicada retener a la reina en prisión, y, además, el rey necesitaba volver a casarse y tener descendencia. Por tanto, era preciso anular ese matrimonio, lo que sin duda se hubiera hecho sin problema de no ser porque el Papa Clemente V había muerto y los cardenales no se ponían de acuerdo a la hora de elegir al siguiente.

La cuestión es que Margarita apareció muerta un mal día, algunos dicen que en abril y otros que en agosto de 1315. Se sospechó que tal vez fue estrangulada o asfixiada entre dos colchones por orden de su esposo. También se sugirió que fue estrangulada con sus propios cabellos, lo cual es una solemne majadería, porque le habían rapado por completo la cabeza y en sólo un año no podían haberle crecido tanto. De todos modos, los cronistas no comenzaron a hacerse eco de esas sospechas antes del siglo XVII. Es posible que su muerte se debiera a causas naturales: al frío, la enfermedad y las condiciones de la prisión. No estamos en situación de saber la verdad, pero sí podemos pensar que, cuando menos, esa muerte le vino muy bien a Luis.


En cuanto a los hermanos d’Aunay, fueron arrestados y no tardaron en confesar que la relación con las princesas duraba dos años y medio. Tras un juicio rápido en Pontoise por el crimen de lesa majestad, fueron ejecutados públicamente. Se los torturó y fueron arrastrados por caballos antes de ser decapitados el 19 de abril de 1314.

Blanca sobrevivió a la prueba, y al subir al trono el menor de los hermanos, Carlos IV, su esposo, se la trasladó a Gavray, en Normandía. Aceptó la anulación de su matrimonio y obtuvo permiso para vestir el hábito de religiosa en Maubisson, donde fallece poco después.

Juana también había sido arrestada como cómplice y puesta bajo vigilancia en el castillo de Dourdan. Tratada con mucho más miramiento, ella y su madre defendieron con éxito su causa ante el rey, hasta lograr regresar con su esposo Felipe, que de otro modo hubiera tenido que devolver el Franco-Condado que ella llevaba en dote.


Así terminó el escándalo llamado de la Torre de Nesle, aunque este lugar no tuvo nada que ver con los acontecimientos. La leyenda que lo asocia a los hechos comienza hacia el año 1471, y habla de una reina de Francia que había llevado una vida de libertinaje y hacía arrojar a sus amantes al Sena metidos dentro de un saco. Un profesor de universidad llamado Buridan habría logrado escapar al ser rescatado por sus alumnos, y sus indiscreciones formarían la trama de esta historia. El nombre de la reina no se precisa, aunque muchos comenzaron a imaginar que se trataba de Margarita. Pero Buridan, rector de la Universidad de París en 1327, parece que nació en el año 1300, y era, por tanto, demasiado joven por entonces.

En 1832 Alejandro Dumas y Gaillardet publican La Torre de Nesle, un drama histórico en cinco actos que aprovecha esta leyenda y pone en escena a Margarita de Borgoña, Buridan y los hermanos d’Aulnay.

La realidad, y único punto de conexión entre esta torre y los últimos Capeto, es que en 1316, a la muerte de Luis, sube al trono Felipe V, que regala a su esposa Juana la Torre de Nesle tres años más tarde. Tras fallecer él en 1322, Juana se instala definitivamente en su residencia.

martes, 27 de octubre de 2009

Lola Montes



Lola Montes, cuyo verdadero nombre era María Dolores Eliza Rosanna Gilbert, nació el 17 de febrero de 1821 en Limerick, Irlanda. Su madre era una bailarina española, su padre irlandés, hijo de un caballero. Durante los 40 años de su vida, sus aventuras y sus amantes fueron innumerables, y entre ellos se cuentan Alejandro Dumas y Franz Liszt. Llegó a ser famosa en Europa y América e hizo que un rey perdiera su trono.

Sus abuelos paternos no aceptaron la relación de su hijo con la bailarina, por lo que la pareja se marchó de Irlanda al poco tiempo de nacer la niña. Se dirigieron a la India, y el padre fallecía en 1825, dejando a su viuda en la ruina. Pero ella volvió a casarse rápidamente, esta vez con un oficial de alto rango.

La madre abandonó por completo su antigua vida y se convirtió en la esposa perfecta de un oficial, pero la niña había heredado su inclinación por la danza, y los sirvientes le enseñaron más cosas de las que hubieran sido convenientes en su nueva posición. Su padrastro la sorprendió un día bailando la danza del vientre.


La enviaron a Europa, para ser educada en Inglaterra y Escocia, y finalmente a París, donde pronto se descubrió que había iniciado un flirteo con su profesor de música. Otros caballeros revoloteaban en torno a ella durante esa época de sus quince años, mientras su padrastro le concertaba un matrimonio con un juez, un hombre mayor y poco interesante, aunque muy rico. Para librarla de esa unión, que lógicamente a la jovencita se le antojaba espantosa, uno de sus numerosos admiradores, el capitán Thomas James, le ofreció matrimonio. Sin nada más que pensar, al día siguiente huyeron a Dublín y se casaron a toda prisa.

El marido de Lola estaba locamente enamorado de ella, pero lo mismo les sucedía al resto de los hombres que conocía, lo cual incluía al virrey. El marido, celoso, no encontró otra solución para detener aquel asunto que llevársela al campo. Pero allí se aburrían mortalmente, y el aburrimiento es la tumba del amor.


Más tarde Lola acompañó a su esposo a la India y soportó una campaña en Afganistán. A su regreso a Londres en 1842, uno de los pasajeros, el capitán Lennox, fue causa de su divorcio. Ella se dedicó entonces a bailar. Debutó en Londres como bailarina española, con el nombre de Lola Montes. Triunfó en Dresde, Berlín y Varsovia. En 1845 se hizo famosa en París a causa de un doble escándalo: apareció en el escenario sin maillot mientras su amante Dujarier se batía en duelo con el crítico que la habla desacreditado y perdía así la vida.

En 1847 se dirigió a Munich. Allí la vio bailar el rey, Luis I de Baviera. El rey era un personaje excéntrico que tenía una galería dedicada a retratos de las mujeres hermosas que había conocido y se vestía como un cazador de zorros inglés, con un sombrero muy extravagante. Cuando Lola hizo su primera aparición sobre el escenario de la corte, quedó encantado y la invitó a la residencia real de Aschaffenburg. Pocos días después la presentaba a la corte diciendo:

—Queridos míos, os presento a mi mejor amiga.


En menos de un mes le dio el título de condesa de Landsfeld. Construyó una magnífica mansión para ella y le concedió una generosa pensión. En Munich la gente comenzaba a detestarla, a ella, a sus modales ordinarios y al enorme bulldog que la acompañaba a todas partes. Lola era descortés con la reina y se entrometía en la política del reino. Al final el ambiente se caldeó demasiado, era abucheada e insultada a su paso, hasta que en una ocasión el rey tuvo que acudir en su auxilio y conducirla a palacio. Al entrar por la puerta, Lola se volvió y disparó una pistola hacia la multitud. Nadie resultó herido, pero la gente se enfureció aún más. La ciudad entera se amotinó, y los bávaros exigieron su salida del país.

—Prefiero perder mi corona —fue la respuesta del rey.

Sin embargo, ante la determinación de sus súbditos, hubo de claudicar. El rey aún estaba enamorado y trató de retenerla en su reino, pero el resultado fue que el propio Luis fue obligado a abdicar en su hijo Maximiliano. Un decreto ordenaba la expulsión de Lola. La muchedumbre aulló de alegría y quemó su casa.


Más tarde, en Inglaterra, Lola contrajo un matrimonio bígamo con un joven oficial, y al cabo de dos semanas huyeron a España para escapar a la ley. Su marido se ahogó, y ella aún volvió a casarse, esta vez con un periodista llamado Hall, de quien pronto se separó.

En 1855 Lola Montes llegaba a Australia con la intención de estrenar un fastuoso espectáculo de danza. Dos años después, sin haber cumplido del todo sus aspiraciones, viajaba a Nueva York en busca de descanso. Falleció el 17 de enero de 1861.

Antes de su fallecimiento, alcanzó a publicar El arte de la belleza o el secreto del cuidado personal. Dio conferencias sobre su vida que se publicaron bajo el título Autobigraphy and Lectures of Lola Montes.



Bibliografía:
Famous affinities of History – Lyndon Orr

domingo, 25 de octubre de 2009

La Duquesa de Goya


Cuando se bautizó en Madrid, en 1762, recibió nada menos que 31 nombres cristianos. De los tres primeros —María del Pilar, Teresa, Cayetana— parece que prefería el de Mª Teresa, pero pasó a la historia como la duquesa Cayetana. Fue hija única del heredero del Ducado de Alba, que murió antes que su padre, y nieta del XII duque, hombre de extraordinario relieve en la corte de Fernando VI y de Carlos III, y embajador en París.


La educación de Cayetana debió de ser deficiente. Como compañeros de juego tuvo probablemente a los hijos de los sirvientes. Tal vez estas relaciones infantiles puedan explicar su constante simpatía por todo lo popular. El escenario de su infancia no fue sólo Madrid, sino Piedrahita, villa de la Sierra de Gredos donde su abuelo acababa de construir un bello palacio sobre las ruinas del antiguo castillo.


La belleza, o mejor dicho el atractivo de la Duquesa de Alba iba unido a su buen corazón y a su carácter desenvuelto, castizo. En 1770, cuando tenía 8 años, murió su padre, convirtiéndose en heredera del título, y su porvenir en grave preocupación para su abuelo.


A los 11 años se decidió su boda con el marqués de Villafranca, y en 1775 se realizó la ceremonia. Con sólo 13 años, pues, encontramos a Cayetana casada con un hombre contrario a sus aficiones. A ella le gustan las fiestas populares, los bailes, la vida agitada. Él prefiere una existencia tranquila, dedicada al cultivo de la música, manteniendo correspondencia con Haydn, organizando conciertos con el Infante Don Gabriel. Es fácil comprender que el matrimonio viviría muy distante.


Las frías relaciones con su marido permiten dar crédito a lo que cuenta Chantreau en un libelo dedicado a poner de relieve las aventuras amorosas de la reina María Luisa con Pignatelli, del que están enamoradas la mujer de Carlos IV y la duquesa. Hay numerosas anécdotas que reafirman el carácter frívolo de Cayetana. Sin embargo, también hay indicios de que aquellas aventuras tal vez no llegaran más allá de un juego superficial.


En 1777 murió su abuelo. Cayetana se convertía en la XIII duquesa de Alba. La cuantiosa fortuna y los numerosos títulos que heredaba la colocaban en un primer rango en la vida social, por encima de su marido. Residió en sus palacios de Piedrahita, de la Moncloa —adquirido por su madre— y de Buenavista, junto a la plaza de Cibeles, que casi no tuvo tiempo de disfrutar.


Pese a su distanciamiento de la familia real, su fama trascendía a todas partes. Langle escribía en 1784: “La duquesa de Alba no tiene un solo cabello que no inspire deseos. Nada en el mundo es tan hermoso como ella… Cuando ella pasa, todo el mundo se asoma a las ventanas y hasta los niños dejan sus juegos para mirarla”.


La primera relación indudable entre Goya y la duquesa no se encuentra hasta 1795, es decir, cuando el pintor iba a cumplir 50 años y Cayetana 33, aunque pudieron conocerse antes en casa de la condesa-duquesa de Benavente y Osuna. Hasta es posible que en el cuadro de 1787, La Caída, que recuerda la sufrida en un paseo por Doña María Josefa Pimentel, esté representada ella.


Hay una carta de Goya a su amigo Zapater que dice lo siguiente: “Más te valía venirme a ayudar a pintar a la de Alba, que ayer se me metió en el estudio a que le pintase la cara, y se salió con ello… también la he de retratar de cuerpo entero…”. El retrato, que haría juego con el de su marido conservado en el museo del Prado, es el magnífico lienzo del palacio de Liria, que lleva la dedicatoria: “A la duquesa de Alba, Francisco de Goya, 1795”.


La cordial relación se sitúa de pronto en un plano distinto por un acontecimiento inesperado: la muerte del marqués de Villafranca en 1796. Al enviudar, la duquesa se trasladó a Sanlúcar de Barrameda, al famoso Coto de Doñana. Es indudable que Goya fue a visitarla, y que en su viaje había motivos de carácter sentimental. En los dibujos que se conservan de aquel viaje aparece Cayetana, a veces representada con íntimo desenfado. Al limpiarse hace años el magnífico lienzo conservado en la Sociedad Hispánica de Nueva York, descubrieron, al pie de la figura, las palabras “Sólo Goya”, que unidas a los nombres Alba-Goya que se ven en las sortijas de Cayetana, invitan a pensar que en algo más que una cordial relación.


El pintor debió de consolar a la duquesa de la leve pena que le produjo la muerte de su esposo. Pero la fuerte personalidad de ambos caracteres hace creer que la convivencia no se prolongó mucho tiempo, y hasta debió de interrumpirse de modo violento. Después de Sanlúcar hay alusiones en las cartas de la reina a posibles devaneos de Godoy con Cayetana; y sobre todo, son fuertes las sospechas de unos amores con el teniente general don Antonio Cornel.


En 1800, dos años antes de su muerte, la fama de la duquesa había decaído mucho. Podemos imaginar con qué satisfacción la reina escribía a Godoy: “La de Alba se despidió esta tarde de nosotros; comió con Cornel y se fue; está hecha una piltrafa; bien creo no te sucedería ahora lo que antes, y también creo estás bien arrepentido de ello”.


Con sólo 38 años, la duquesa iba perdiendo todos sus encantos. Murió a los 40, el 23 de julio de 1802. Su muerte fue tan sorprendente que el rey abrió una investigación para saber si había sido envenenada. Casi siglo y medio después, su cadáver fue examinado, realizándose una investigación que dio resultado negativo.




Bibliografía:

Goya – Manuel Pita Andrade


sábado, 24 de octubre de 2009

Un impostor coronado

Los Príncipes de la Torre

Lambert Simnel nació hacia 1477. No se conoce a ciencia cierta su verdadero nombre, si bien algunos contemporáneos se refieren a él llamándolo John, y ni siquiera podemos estar seguros de que su apellido sea auténtico. Tampoco hay acuerdo con respecto a sus orígenes, aunque lo que parece estar claro es que fueron humildes. Pero a veces aparece como hijo de un panadero, de un comerciante, y en ocasiones de un fabricante de órganos.


Cuando contaba tan sólo unos 10 años, un sacerdote llamado Richard Symonds ( en ocasiones aparece como Roger Simon), lo tomó a su cargo, le dio una buena educación y le enseñó los modales cortesanos y de etiqueta. La razón era que Symonds había observado el sorprendente parecido que existía entre este niño y los hijos del difunto rey Eduardo IV, encerrados en la Torre de Londres por su tío Ricardo III con el propósito de arrebatarles la Corona. Se se rumoreaba que habían sido asesinados para entonces, pues ya nadie los veía nunca. Symonds concibió el plan de hacer pasar a Lambert Simnel por uno de estos niños, concretamente el menor. Pero cuando oyó rumores de que el conde de Warwick, primo de estos príncipes, también había fallecido durante su estancia en la Torre, cambió de idea y decidió atribuirle la identidad de éste, por ser de edad más aproximada a la de su pupilo. Warwick, además, podía pretender el trono por ser hijo de un hermano de Eduardo IV.



Symonds se llevó a Lambert a Irlanda, centro de apoyo a la Casa de York, la dinastía a la que pertenecían los príncipes. Allí el conde de Kildare proclamó al niño como rey Eduardo VI, y fue coronado en la catedral de Dublín en mayo de 1487.


Tres meses antes el rey Tudor, Enrique VII, que había alcanzado el trono tras derrotar en batalla a Ricardo III, había celebrado un Consejo para tomar medidas con las que enfrentarse a la conspiración, que estaba tomando proporciones alarmantes. Elizabeth Woodville, la viuda de Eduardo IV, fue encerrada en el convento de Bermondsey, y al verdadero conde de Warwick se lo sacó de la Torre para mostrarlo a las gentes por las calles de Londres, de modo que todos pudieran comprender que Lambert Simnel era un impostor.


Todo fue en vano. La conspiración ya no se podía detener. Uno de los líderes de la misma, el conde de Lincoln, se reunió en Flandes con Lord Lovell, que había acaudillado un intento de levantamiento yorkista el año anterior. En mayo de 1487 ambos se dirigen a Dublín y llegan días antes de la coronación de Simnel. Los acompañaban 2000 soldados alemanes que Margarita de Borgoña, hermana de Eduardo IV, había reclutado para apoyar la empresa tras haber reconocido a Lambert como su sobrino. Estas tropas, junto con otras irlandesas al mando de Sir Thomas Fitzgerald, desembarcaron en las costas inglesas el 4 de junio.


Margarita de Borgoña


Los invasores encontraron poca colaboración en el pueblo, no muy bien dispuestos hacia un monarca que buscaba imponerse con la ayuda de mercenarios extranjeros. El Tudor venció en la batalla de Stoke, aunque dejó a 2000 de sus hombres sobre el campo.


El conde de Lincoln murió en el combate. En cuanto a Lambert y a Symonds, fueron capturados y enviados a prisión, pero mientras el sacerdote permaneció largos años en la Torre, el niño fue liberado y autorizado a trabajar en las cocinas del palacio real, en atención a su corta edad, que obligaba a entender que había sido tan sólo un títere en manos de otros. Cuando creció llegó a ser halconero. La fecha de su muerte nos es desconocida, pero hay indicios de que pudo haber vivido hasta 1534.


Enrique VII


En 1996 se publicó un artículo que afirmaba que Lambert había sido realmente el rey Eduardo V, el mayor de los hijos de Eduardo IV encerrados en la Torre. Esto es muy improbable, aunque aporta pruebas de que ésa era realmente la identidad que reclamaba Simnel, y no la del conde de Warwick.




Bibliografía:

Lambert Simnel and the king from Dublin – Gordon Smith

Lambert Simnel and the battle of Stoke – Michale J. Bennett

Encyclopedia Britannica, vol. XXV

jueves, 22 de octubre de 2009

El verdadero d'Artagnan


Charles de Batz-Castelmore nació entre 1611 y 1615, a comienzos del reinado de Luis XIII, en el château de Castelmore, cerca de Lupiac, en Gascuña. Era hijo de Bertrand de Batz-Castelmore, de nobleza reciente, y de Françoise de Montesquiou-d’Artagnan, perteneciente a un ilustre linaje que había dado ya grandes capitanes.


La familia era pobre, pero Charles y sus hermanos probablemente pudieron tener un preceptor, pues sus cartas aparecen bien redactadas y con una ortografía muy aceptable para un gentilhombre del siglo XVII. Se sabe, además, que practicaba la caza y se entrenaba en el manejo de las armas, notablemente de la rapière.


Un día, igual que tantos otros muchachos en su situación Charles decide buscar gloria y fortuna en los ejércitos del rey, y por ello parte hacia París repleto de cartas de recomendación para gente de la corte. Corría el año 1630.


Château de Castelmore, donde nació d'Artagnan


Parece que tres años más tarde fue el propio rey quien, en memoria de los gloriosos ancestros de Charles, le pidió que usara solamente el apellido d’Artagnan de su madre.


Su rastro se pierde un poco durante esos años. Es de suponer que haya combatido en Flandes y en Lorena, en un regimiento al mando del cual se encontraba su protector, el mariscal de Gramont.


Luis XIII fallece en 1643, pocos meses después de Richelieu. En 1646 encontramos a d’Artagnan al servicio de Mazarino. El cardenal, por razones de economía o por diferencias con monsieur de Treville había suprimido los mosqueteros.


Mientras dura la guerra con España, d’Artagnan fue el mensajero entre la corte y las plazas fuertes. Poco después estalla la Fronda, y él permanecerá absolutamente leal al bando de la reina y el cardenal. Cuando Mazarino tuvo que partir al exilio en 1651, d’Artagnan fue su agente secreto en misiones importantes. Su lealtad fue recompensada en abril de 1652 al nombrársele teniente del regimiento de guardias.


Mazarino


El 7 de junio de 1654 formó parte de la escolta que acompañó a Luis XIV en su ceremonia de coronación en Reims. Pero la guerra continuaba, y al mes siguiente resultó herido en el sitio de Stenay. Un año más tarde alcanza el grado de capitán.


En enero de 1657 se restablece la compañía de mosqueteros por deseo del rey. Al año siguiente d’Artagnan se convierte en el segundo en el mando, aunque será quien ejerza el poder real ante el desinterés mostrado por el hombre a quien Mazarino había puesto al frente: su sobrino Philippe-Julien Mancini, futuro duque de Nevers.


Fue probablemente durante el transcurso de uno de los viajes efectuados por el rey a Lyon cuando, en una etapa en Chalon-sur-Saône, se encontró con la que se convertiría en su esposa: la hermana del gobernador de la villa, Anne-Charlotte de Chanlecy, baronesa de Sainte-Croix, viuda y acaudalada. Ella tenía 35 años y él al menos 45. El matrimonio tuvo lugar el 3 de abril de 1659 en la iglesia de Saint-André des Arts de París. La pareja pasó a residir en la casa que d’Artagnan había comprado en la esquina de los actuales Quai Voltaire y la rue du Bac, un edificio que fue derribado en 1881.


Continuó desempeñando misiones importantes, e incluso escoltó al rey cuando fue al encuentro de su prometida, la infanta María Teresa.


Su primer hijo nació en 1660, y el segundo al año siguiente. Pero el matrimonio no se llevaba bien, y en 1665 se separaron. Madame d’Artagnan regresó a sus tierras de Borgoña.


D'Artagnan


En 1661 Luis XIV decide arrestar a su poderoso ministro Fouquet. Hacía falta un hombre de toda confianza para llevar a cabo la misión, y el elegido fue d’Artagnan, que por entonces gozaba de numerosos permisos para asistir a las fiestas del rey.


El 22 de enero de 1667 el rey le entrega el mando de los mosqueteros, ante toda la compañía, en la llanura de Houilles. En los textos de la época, d’Artagnan pasa a ser llamado así: “Alto y poderoso señor, Messire Charles de Castelmore, conde d’Artagnan”.


En 1667 vuelve a estallar la guerra contra España. D’Artagnan, al mando de su compañía, parte hacia Flandes, donde participa en numerosas batallas. Cuatro años después, durante un periodo de paz, deberá cumplir nuevamente el papel de carcelero, esta vez con el duque de Lauzun, que se había insolentado con madame de Montespan. D’Artagnan hubo de conducirlo, con cien mosqueteros, a la fortaleza de Pignerol.


En 1672 el rey lo nombró gobernador de Lille por unos meses, sustituyendo al marqués d’Humières. Era una gran distinción así como una prueba de confianza, pues se trataba de una de las plazas más importantes y útiles del reino. Al mismo tiempo era nombrado mariscal de campo.


Un pour tous

Tous pour un


Ese mismo año el rey entraba en guerra con Holanda. En junio de 1673 llega con su ejército a sitiar Maëstrich. En la mañana del día 25 el duque de Monmouth, hijo bastardo de Carlos II, se lanza a descubierto al asalto de una barricada bajo la metralla enemiga. Para socorrerlo, d’Artagnan acude con sus hombres, pero no saldría con vida de allí. Durante el transcurso del combate una bala de mosquete le atraviesa la cabeza.


Muchos mosqueteros murieron tratando de recuperar su cuerpo. Monsieur de Saint-Léger lo consiguió, por lo que fue recompensado por el rey. Luis XIV hizo celebrar un funeral en su capilla en memoria del héroe y escribía a la reina estas palabras:


“Señora, he perdido a d’Artagnan, en quien depositaba toda mi confianza y que en todo me servía bien”.


Luis no olvidó a la familia del mosquetero. En 1674 fue el padrino de su hijo mayor, de 14 años por entonces, y la reina la madrina. Su hijo, el Gran Delfín, fue el padrino del menor, y mademoiselle de Montpensier la madrina. Los dos chicos se convirtieron en oficiales de los guardias franceses. El mayor permaneció soltero, pero el menor se casó y tuvo descendencia que llega hasta nuestros días.



Bibliografía:

D’Artagnan, mousquetaire du roi – Odile Bordaz