lunes, 31 de agosto de 2009

Los Condotieros

Batalla de Campaldino- Paolo Uccello

En la batalla de Campaldino, librada en 1289 entre Arezzo y Florencia, la matanza de ciudadanos soldado de ambas partes fue tan grande que tuvo un gran impacto sobre la población e hizo reflexionar a las endurecidas ciudades-Estado. Gradualmente los mercenarios de la época comenzaron a hacerse cargo de las batallas. Esos mercenarios eran a menudo extranjeros, entre los que predominaban ingleses, alemanes y húngaros. Formaron amplias compañías de unos 5.000 hombres, bajo el mando de un condotiero, llamado así porque negociaba una condotta, una forma de contrato con una ciudad en particular. En ella se estipulaba que su compañía serviría a la ciudad durante un determinado periodo de tiempo a cambio de una suma establecida. Una vez terminado ese periodo, el condotiero quedaba en libertad para encontrar a otro patrono, aunque fuera el enemigo del anterior, como sucedía en muchos casos.


El objetivo principal de todo mercenario era evitar la muerte al tiempo que ganaba mucho dinero. Así, la guerra entre ciudades-Estado se convirtió en poco más que una lucha libre moderna, y no era extraño que los mercenarios fingieran librar una batalla tras haber decidido entre ellos, por adelantado, quién iba a salir como ganador.


Un condotiero que no jugó según estas reglas fue el temido inglés John Hawkwood, al que los toscanos apodaron Giovanni Acuto (Juan Agudo). Nacido en Essex hacia 1320, luchó en Francia a las órdenes del Príncipe Negro. Hijo de un curtidor, durante la Guerra de los Cien Años mandaba un grupo de lanceros llamado la Compañía Blanca. Pero llegó la peste a las ricas tierras de Francia, y esto le hizo desplazarse a Italia junto a un buen grupo de sus hombres, en busca de botín. Allí continuó la Compañía, compuesta por soldados ingleses licenciados.


Batalla de San Romano - Paolo Uccello


Cuentan que en una ocasión en que dos frailes lo habían saludado al modo habitual con un “Que Dios os dé paz”, él respondió “Que Dios se lleve vuestras limosnas”, pues así como ellos vivían de la caridad, él vivía de la guerra, y la paz lo dejaría sin su medio de vida.


Hawkwood fue una rareza entre los condotieros, en el sentido de que nunca se pudo sobornar y siempre cumplió su contrato con exactitud. Primero sirvió a Pisa contra Florencia; en 1368 sirvió a Milán contra Pisa, pero al cabo de 4 años estaba luchando para el Papa contra los milaneses. Abandonó el bando papal cuando un cardenal ordenó la completa masacre de una ciudad enemiga. Se esforzó por vengar la muerte de su suegro Bernabo Visconti y a partir de 1380 sirvió lealmente los intereses de la ciudad de Florencia (aunque aceptaba pequeños trabajos para otras ciudades cuando la necesidad apremiaba).


Los florentinos le nombraron su capitán general, al mando supremo de todas las fuerzas de la ciudad al que, en ocasiones, se le encargaron incluso tareas de policía entre los turbulentos ciudadanos. Fue un magnífico general, muy respetado por su astucia. En una ocasión, cuando los milaneses pensaban que lo tenían rodeado, se permitieron la jactancia de enviarle un zorro vivo atrapado en una trampa. Hawkwood soltó al zorro, devolvió la trampa vacía y condujo a su ejército fuera del cerco sin ninguna dificultad.


Giovanni Acuto - Paolo Uccello


Pasó sus últimos años en su gran casa de Florencia y también en la que poseía en el campo. El Consejo le prometió una elegante estatua ecuestre tras su muerte, pero cuando ésta se produjo en 1394 decidieron cambiarla por una pintura en la pared que encargaron a Paolo Uccello. Este fresco conmemorativo puede verse en la catedral. Uccello empleó una nueva técnica de chiaroscuro que dio al fresco la apariencia de un monumento tridimensional de piedra. Allí recibió Hawkwood un magnífico funeral. A su esposa y sus hijos se les concedieron generosas pensiones.


Uno de sus descendientes iba a regresar un día a Italia: el poeta Shelley.




Bibliografía:

Florencia y Toscana – Russell Chamberlin, Thomas Cook

Who’s who in the Middle Ages – John Fines

sábado, 29 de agosto de 2009

Los Reyes Celtas


Los reyes celtas eran considerados unos semidioses, ya que representaban la seguridad, la fuerza y la dirección en tiempos de guerra. Se les pagaba un tributo anual, a cambio de que repartieran las tierras, hicieran regalos y poco más. Pero no dictaban leyes, pues de esto se cuidaban los druidas, como tampoco juzgaban los delitos. El druida, se situaba a la misma altura que el rey. Tenía el poder espiritual y las facultades didácticas, mientras que el rey poseía el poder material y los poderes ejecutivos.


En Irlanda había infinidad de reyes que mandaban las tribus más pequeñas, y cuatro para cada una de las provincias: Connaygth, Ulster, Leinster y Munster. Veían limitada su soberanía por la presencia de un rey de reyes ubicado en Tara. El rey de reyes residente en Tara, no debía abandonar el lecho antes del amanecer, ni perseguir a los ejércitos enemigos en el Ath Maïgne, una festividad religiosa. Los reyes de Leinster no podían dirigirse a determinados lugares en dirección norte, ni acampar más de nueve horas en el llano de Cualan, ni atravesar los lunes el collado de Dublín


Los reyes celtas eran elegidos por sus iguales, todos ellos pertenecientes a la nobleza. Como eran muchos los posibles candidatos, resultaba normal que corriera la sangre antes de poner la corona sobre la cabeza del mejor. El empleo de la violencia o de la conspiración, en casos extremos, no se consideraba un elemento negativo.


Se diseñaba la imagen del futuro rey con un procedimiento que consistía en el ritual "sueño del toro". El toro era así para los celtas un importante animal totémico. El súbdito tenía que atiborrarse de carne de toro blanco, sacrificado según el rito pertinente, bebía el caldo y luego se echaba a dormir mientras cuatro druidas cantaban una invocación. Todo esto permitía ver en sueños la apariencia física, la vestimenta y las armas del futuro rey.


Al principio, como supuestamente el rey había sido en realidad elegido por la divinidad a través de estos medios, los hombres no podían juzgarle. Muchos reyes añadían a su apellido el apelativo de Dia Talmaïde para acreditar su condición divina. Pero más adelante también le juzgarían sus súbditos, en el caso de que se perdieran batallas, se sufrieran plagas que destrozasen las cosechas o surgieran calamidades de la misma índole. Porque todos estos males se le reprocharían al monarca, con lo que tendría que abdicar.


También podía ocurrir que el rey perdiera una mano en combate. Si esto iba unido a una victoria, se la sustituía con otra artificial de plata, como sucedió con Nuada; pero, en este caso, el consejo de nobles terminó por decidir que había dejado de ser un hombre perfecto y se le obligó a renunciar al trono.


Tribus celtas


Varias leyendas celtas mencionan a héroes que, sin pertenecer a una familia de la nobleza, se convirtieron en reyes por haberse acostado con diosas de aspecto horripilante. Esto le sucedió al héroe irlandés Lugaid. Claro que antes la bruja se cuidó de susurrar a su elegido este mensaje:


—Aleja de tu mente cualquier sensación negativa, mi bello joven. Sabes que no miento al decirte que conmigo se han acostado más de seis futuros reyes. ¿Te atreverás a rechazarme cuando te espera tan alto premio?


En el momento en que Lugaid abrazó a la horrenda criatura, ésta se transformó en una bella y delicada jovencita. Lo que ayudó a que la entrega se realizara con más agrado.


El historiador escocés Giraldus Cambrenansis escribió, en el siglo XII, que algunos reyes celtas debían casarse ritualmente con una yegua blanca. Una vez finalizada la ceremonia el animal era sacrificado, cortado en trozos y hervido, para que con su caldo fuese bañado el rey. De esta manera se le otorgaba un don divino.



Bibilografía:

Los Celtas –Manuel Yáñez Solana

The Celtic Bull – Dyfed Lloyd Evans


jueves, 27 de agosto de 2009

Homero

Homero y su lazarillo - Willian Adolphe Bouguereau

Los poemas épicos son narraciones largas. Cuentan una historia en verso y se cantan o se recitan ante una audiencia. Los de Homero constituyen la literatura más antigua que se conoce en Europa.


En realidad nada se sabe sobre Homero. Según la tradición, era un jonio, de Smyrna o Chios, y algunos decían que era ciego. Daban diferentes fechas para su existencia, la mayoría de ellas anteriores al año 700 a. C. Un moderno análisis lingüístico de los poemas homéricos sitúan sus composiciones entre el 750 y el 720 a. C., siendo la Iliada varias décadas anterior a la Odisea. El lapso de tiempo entre ambas ha llevado a muchos estudiosos a preguntarse si son el trabajo de un único poeta o acaso de dos.


El método de su composición también ha sido objeto de controversia. Llegó a sospecharse que los poemas habían sido compuestos oralmente y no escritos, debido a que buena parte de la narración consiste en combinaciones de frases frecuentemente repetidas. Pero componer poemas extremadamente largos sin escribirlos —la Iliada tiene unas 1600 líneas y la Odisea 1200— parece imposible. Entonces surgió la teoría de que los poemas, tal como los conocemos, fueron unidos siglos más tarde, extraídos de baladas que narraban las hazañas de viejos héroes. Según esta teoría, los autores de ambas obras serían generaciones de poetas anónimos que recogían canciones, las expandían y las elaboraban. Homero podría ser, entonces, el mejor de una larga serie.


Acerca de cuándo habrían empezado a escribirse estas historias, prevalece la opinión de que fue en alguna fecha muy próxima a su composición. Se propuso que Homero, analfabeto, dictaba sus poemas a personas que sabían escribir. Otros estudiosos, sin embargo, creen que los poemas, tal como los conocemos, fueron memorizados y transmitidos oralmente durante generaciones por recitadores profesionales llamados rapsodas antes de ser escritos. Sin embargo hay estudiosos que sostienen que, aunque Homero fue iniciado en la tradición oral, había aprendido a escribir.


La historia de la Guerra de Troya es en realidad una clásica saga. Paris, el hijo del rey Príamo seduce y lleva consigo a Troya a la hermosa Helena, la esposa de Menelao, gobernante de Esparta. Para vengar el insulto, Menelao y su hermano Agamenón reúnen un gran ejército, navegan hacia Troya y destruyen la ciudad tras un sitio de diez años.


La Iliada y la Odisea no narran toda la Guerra de Troya. La Iliada trata sólo de 40 días del décimo año, y la Odisea cuenta el regreso a casa de uno de los guerreros. Los poemas dan por hecho que la audiencia de la época, en el siglo VIII a. C., conocía el resto de lo que había sucedido.


En los siglos VI y VII a. C. se compuso un ciclo épico de poemas separados y más cortos, en torno a los dos principales, completando la historia de Troya. Estos poemas menores, a veces atribuidos al propio Homero, narraban los acontecimientos que habían llevado a la guerra, acontecimientos también durante la guerra, que incluía el saqueo de Troya, y el regreso a su hogar de otros guerreros.


martes, 25 de agosto de 2009

La jura de Santa Gadea


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...En Santa Gadea de Burgos
do juran los fijosdalgo,
allí toma juram
ento
el Cid al rey castellano,
sobre un cerrojo
de hierro
y una ballesta
de palo.
Las juras eran tan recias
que al buen rey po
nen espanto...

Tras despojar a su hermano García del reino de Galicia y encerrarlo en prisión, Sancho reunía ahora Castilla, León y Galicia, pero no era suficiente para él. Quiso apoderarse también de las pequeñas plazas que eran la herencia de sus dos hermanas. Así pues, expulsó de Toro a Elvira y en 1072 puso cerco a Zamora, en poder de Urraca.
Aquí el destino le tenía deparado su fin, y el que fuera el terror de tantos reyes fracasó ante una ciudad defendida por una mujer. Cuando más apretado tenía Sancho el cerco, un soldado de Zamora, llamado Bellido Dolfos, salió de la plaza fingiendo que era un desertor y se ganó la confianza del rey. Un día, paseando con él con el pretexto de querer enseñarle una parte de la muralla que, por estar mal defendida, podía facilitar la entrada a su ejército, lo atravesó con su propio venablo y huyó a toda prisa.
Cuentan que el Cid, viendo de lejos huir al asesino y sospechando lo sucedido, montó a caballo y salió en su persecución, pero al no llevar espuelas en ese momento no pudo alcanzarlo. Por eso, irritado, maldijo a todo caballero que cabalgase sin ellas.
Muerto Don Sancho, leoneses y gallegos se desbandaron y sólo quedaron los castellanos en el campo acompañando el cadáver, que fue llevado a sepultar en el monasterio de Oña. Entretanto Alfonso, el hermano menor, avisado de aquella novedad, partió a toda prisa de Toledo a ocupar sus Estados. Pero tampoco él se conformaba ya con lo que le había correspondido en herencia, y disputó Galicia a su hermano García. Éste escapó de la prisión en la que lo había encerrado Sancho y pudo volver a reinar, pero fue arrestado otra vez, y Alfonso ocupó su trono.
Castilla presentaba más obstáculos: irritados sus naturales por la muerte alevosa de Sancho, no querían rendirle vasallaje mientras no jurase que aquella infamia se había cometido sin participación suya. El rey accedió a hacer el juramento solemne de su inocencia, pero ninguno de los grandes de Castilla osaba tomárselo por miedo a ofenderlo. Sólo Rodrigo se aventuró, en una ceremonia que se celebró en Santa Gadea de Burgos. Allí, ante toda la nobleza, abierto un misal y puestas las manos del rey sobre él, Rodrigo le preguntó:
—¿Juráis, rey Alfonso, que no tuvisteis parte en la muerte de Don Sancho por mandato ni por consejo? Si juráis en falso, así muráis de la muerte que él murió, y que os mate un villano y no caballero.
Otorgó Alfonso el juramento con otros vasallos suyos. Según la leyenda, el Cid hizo jurar por tres veces al rey, insolencia que irritaría terriblemente a Alfonso; pero esto se considera sólo una fábula alejada de la realidad. De hecho, la relación con el nuevo rey de Castilla era buena por entonces. Alfonso le ofreció emparentar con la familia real a través de Doña Jimena Díaz, hija de un conde de Asturias, con la que Rodrigo contrajo matrimonio en julio de 1074. El matrimonio tuvo tres hijos: Diego, Cristina y María.
El Cid acompañaba al rey en sus primeros viajes, fue nombrado campeón en varios pleitos que, según la jurisprudencia de la época, debían dirimirse por las armas, y viajó a Sevilla y a Córdoba a cobrar las parias que sus príncipes pagaban a Castilla. Todo esto, junto con su matrimonio, demuestra que gozaba de la estima y la confianza del monarca.


Bibliografía:
El Cid- M. J. Quintana

lunes, 24 de agosto de 2009

La Condesa von Koenigsmarck

Aurora von Koenigsmarck

Augusto, Elector de Sajonia y rey de Polonia, debe su fama a la fuerza de su musculatura y a sus conquistas amorosas. Cambiaba de amante tan fácilmente como de camisa, y el número de sus bastardos era incalculable.


De todas estas mujeres ninguna era tan bella como María Aurora, condesa de Koenigsmarck, la menor de las dos hijas del conde Conrado de Koenigsmarck. Nacida en 1668, tenía también un hermano, Felipe, del que se afirmaba que era el hombre más hermoso de Europa.


A la muerte de su padre, Aurora, contando sólo 3 años de edad, hubo de acompañar a su madre desde su Suecia natal hasta Hamburgo. Cuando su madre falleció, encontró un hogar en el de su hermana, que se había casado convirtiéndose en la condesa Loewenhaupt.


De creer a sus contemporáneos, era difícil encontrar tantas perfecciones reunidas en una sola mujer. Era de estatura media, figura perfecta y llena de gracia, cabello negro como ala de cuervo, cayendo como un velo hasta sus rodillas. Su cutis y su piel eran del blanco más puro; sus dientes, dos hileras de perlas entre labios sonrientes, curvados como el arco de Cupido. Su rostro era un óvalo perfecto de rasgos delicadamente cincelados e iluminados por un enorme par de ojos negros.


A estos dones de su físico había que añadir otros de su carácter. Su conversación chispeaba de ingenio y sabiduría; podía expresarse fluidamente en una docena de idiomas, tocaba y cantaba divinamente, escribía versos elegantes y también sabía pintar. Sus modales eran afables y corteses, era generosa hasta el exceso y tenía un corazón tan tierno como grande.


Así era la joven que un día, en compañía de su hermana mayor, partió a reclamar la fortuna que su malogrado hermano Felipe decían que había dejado bajo la custodia de sus banqueros de Hanover. Cuando llegaron, sin embargo, les dijeron que no había nada excepto unos cuantos diamantes.


Dresden


En una situación tan apurada, y ante la sospecha de que unos banqueros deshonestos se habían apoderado de la fortuna, deciden recurrir al Elector de Sajonia. Así que se dirigieron a Dresde, pero allí les dicen que Augusto se encontraba de caza, y que no regresaría en todo el mes. Su esposa y su madre, sin embargo, les dieron una cálida acogida, y cuando él regresó, su madre le presentó su petición, rogando su protección para ellas.


No hubiera hecho falta ninguna palabra por su parte, pues desde el preciso instante en que vio a Aurora, Augusto se sintió su esclavo, tan ansioso por cumplir su voluntad como cualquier adolescente enamorado. Les prometió que se haría justicia y les pidió que fueran sus invitadas.


Así se encontraron instaladas en la corte de Dresden, festejadas como reinas. Augusto, desde el principio, le rendía un homenaje que nunca antes había rendido a ninguna de sus conquistas. Pero Aurora no era mujer que pudiera ganarse fácilmente. Ella escuchaba sonriente sus palabras melosas y recibía sus atenciones con la graciosa complacencia de una reina, pero rechazaba todos sus intentos por ir más allá. Augusto, por primera vez, se encontraba con un iceberg que toda su pasión no era capaz de derretir.


—Estoy seguro de que me odia y me desprecia —le confesó a un amigo—, mientras que yo la amo más que a mi propia vida.


Y a ella le dirigía carta tras carta con mensajes como éste:


Si supierais el tormento que sufro, la bondad de vuestro corazón no podría evitar apiadarse de mí. Fui un loco al declararos mi pasión tan brutalmente. Dejadme expiar mi culpa, postrarme a vuestros pies; y, si deseáis mi muerte, dejadme al menos recibir la sentencia de vuestros dulces labios.


Augusto II de Polonia


Durante más de un año ella respondía asegurándole su gratitud, su estima y respeto, pero no había nada más en aquellas notas que él besaba antes de colocarlas sobre su corazón. Tan alarmada llegó a estar Aurora que amenazó con abandonar una corte en la que estaba expuesta a tales peligros; pero su hermana estaba poco dispuesta a abandonar un lugar en el que lo estaba pasando tan bien, pues también ella tenía sus admiradores, entre ellos el príncipe de Fuerstenberg, el hombre más atractivo de Sajonia. En vez de marcharse, prefirió representar el papel de Cupido.


Y tan bien lo hizo que al cabo de unas semanas Aurora finalmente se había rendido. Ella puso únicamente como condición que, al menos por un tiempo, su relación permaneciera en secreto.


En compañía de su hermana y de algunas de las damas más hermosas de la corte partió hacia Moritzburg. Allí comenzó el reinado de Aurora sobre el corazón del Elector de Sajonia. Ella no tardó en corresponderle con una pasión tan ardiente como la suya propia. Durante los años que siguieron, Augusto no tuvo ojos para otra mujer. Aurora le dio un hijo, Mauricio de Sajonia, que iba a ganar muchos laureles en un futuro y sería, además, el abuelo de la escritora Georges Sand.


Pero no estaba en la naturaleza de Augusto permanecer fiel para siempre a ninguna mujer, y también el reinado de Aurora tocó a su fin. Al cabo de un mes del nacimiento de su hijo, Augusto, ahora rey de Polonia, había caído en las redes de la también hermosa condesa Esterle. Aurora se dio cuenta de que su sol se ponía, y sin una palabra dejó su cetro y se retiró al convento de Quedlinburg.


Amada por todos por su caridad y dulzura, pasó sus últimos años hasta que en 1728 le llegó la muerte, y en la cripta del convento que tanto amaba duerme aún su último sueño.


sábado, 22 de agosto de 2009

El Barón Rojo

Réplica del avión del Barón Rojo

Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen fue un aviador alemán conocido como el Barón Rojo por el color del que pintaba sus aviones. A los 24 años era el comandante de la mejor escuadrilla, la 11º Jasta. Sólo durante abril de 1917 su unidad derribó 88 aviones británicos de un total de 151 victorias obtenidas por los alemanes. La expectativa media de vida de un aviador británico en el Frente Occidental durante aquel mes, que se llamó abril sangriento, era de 23 días.


Después llegó la Patrulla Anti-Richthofen. Él nos lo cuenta:


“Los ingleses eligieron un óptimo sistema para capturarme o para derribarme, preparando una escuadrilla especial para patrullar nuestro sector... volábamos hasta el frente esperando encontrar al enemigo. Después de casi veinte minutos, llegó el primero y fue sorprendido. Eran tres ingleses sobre monoplazas Spad que creían ser superiores a nosotros a causa de la excelente calidad de sus aparatos. Mi adversario fue el primero en caer, con el motor destrozado, creo. Decidió intentar aterrizar en las cercanías, pero no le di tregua y lo ataqué una segunda vez: todo su avión saltó en pedazos. Las alas se rompieron como piezas de cartón y el fuselaje se precipitó como un fardo, ardiendo. Cayó en un pantano. Fue imposible recuperarlo y por tanto no pude saber el nombre de mi adversario. Wolf y mi hermano habían atacado a otro contrincante simultáneamente y lo obligaron a aterrizar no lejos de mi víctima. Mi padre es el comandante de una pequeña ciudad cercana a Lille. Mi hermano fue el primero en saltar fuera de su avión para saludar al viejo:


—Buenos días, papá. Acabo de derribar un inglés.


Inmediatamente después, yo también salté fuera de mi aparato y le dije:


—Buenos días, papá, acabo de derribar un inglés.”


Richthofen acababa de obtener su victoria número 52. Afortunadamente para los británicos, el 1 de mayo recibió un permiso para celebrar su 25 cumpleaños y así terminó el terrible "abril sangriento".


El Barón Rojo

El Barón Rojo nació el 2 de mayo de 1892 en la capital de Silesia, hoy perteneciente a Polonia, en el seno de una familia de aristócratas terratenientes. Se batía en el aire como en la época de la caballería, permitiendo incluso escapar a sus víctimas malheridas. Curiosamente en la academia de aviadores no fue de lo mejor, pero en combate fue único.


El 6 de julio de 1917 recibió una bala perdida en el cráneo que le lesionó el cerebro, pero él siguió volando pese a estar incapacitado ya para soportar alturas. Se comportaba como si fuera inmune a la muerte, no tomando ninguna precaución y en contra de las reglas fundamentales de vuelo que había escrito en su manual. Llevó vendada la cabeza durante mucho tiempo. Poco después recibió un Fokker Dr I, un triplano que también pintó de rojo y tenía gran agilidad, pero si se mantenía en rumbo fijo muchos minutos se convertía en presa fácil.


Lo derribaron la mañana del 21 de abril de 1918 cerca del río Somme, en el norte de Francia. Tenía 25 años. Según las fuentes oficiales fue el capitán canadiense Roy Brown el que consiguió matarlo, aunque nuevas investigaciones apuntan a que fue el soldado de infantería australiano Evans el que disparó desde tierra.



Los británicos lo enterraron con todos los honores militares y le rindieron tributo. Su ataúd, cubierto de flores, fue cargado por seis miembros del escuadrón 209. Soldados australianos presentaron armas y lanzaron tres salvas en su honor. En su lápida, que se encuentra en el mismo lugar en donde cayó, se puede leer en su epitafio:


"Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz".


jueves, 20 de agosto de 2009

Los dioses de Cartago

Cartago


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La religión de los cartagineses estaba compuesta de una mezcla de creencias libias y fenicias. Sus dioses Elim, Alomim, Baalat, Melcarte, Dan, tienen nombres casi idénticos a los de Tiro. Daban culto principalmente al Sol, bajo el nombre de Baal-Moloc, como poder generador; y tanta veneración le tenían que no osaban pronunciar su nombre, llamándolo simplemente el Antiguo, el Eterno. Su ídolo Baal, como el Moloc de Tiro, tenía los brazos extendidos y de metal, y se dice que tenía una cavidad en el pecho, horno ardiente al que se arrojaban niños.
Al dios varón estaba asociada la diosa Astarté, que tenía muchos templos y a la cual se tributa un culto voluptuoso que duró hasta después del establecimiento del cristianismo.
Seguía luego Melcarte, rey de la ciudad, al que daban culto los cartagineses como todas las colonias fenicias, haciendo grandes hogueras y enviando presentes a Tiro.
Baalat
Daban también culto a los Cabires, el octavo de los cuales, Peon, médico, era muy venerado en toda África por sus curas maravillosas. Su templo fue reconstruido bajo el poder de los romanos, y en él se reunían los médicos y sabios para discutir y dar lecciones. Los Cabires pertenecían a los Dioscuros, protectores del mar.
Honraban también como diosa a Elisa, en cuya presencia celebraban las asambleas, y a los Hermanos Filenos, cuyos altares señalaban los confines que separaban a Cartago de Cirene.
Creían que las almas de los que habían sido buenos subían a la mansión de la luz perpetua, y llamaban a la muerte el último puerto y la residencia común. Adoptaron algunas cosas de la religión de los vencidos: aprendieron tal vez de los africanos a adorar a los vientos, al fuego, al aire y la tierra; de los sicilianos tomaron a Ceres y a Proserpina, y de los sardos a Yolao, sobrino de Hércules.
Los sacerdotes no formaban casta aparte, pero eran escogidos entre los principales ciudadanos, estaban muy considerados e inauguraban con ceremonias religiosas todos los actos solemnes.
Hércules o su Melcarte les inspiró grandes empresas, pero también avaricia y crueldad. Las jóvenes se prostituían ante la divinidad, y la gloria de Cartago está manchada con las censuras sobre los sacrificios humanos que supuestamente se hacían en tiempos determinados. En las circunstancias más imperiosas se sacrificaban los objetos más queridos. Cuando los venció Agatocles se creyeron castigados por Melcarte, porque hacía algún tiempo que escaseaban los presentes a Tiro, por lo cual los enviaron con profusión, quitando de sus templos hasta los tabernáculos de oro. Y parece que, temiendo que aún siguiese irritado el dios porque en vez de niños bien nacidos inmolaban niños comprados, enmendaron su falta sacrificando doscientos de las principales familias.
Dido funda Cartago
Cuando los acometió la peste durante el sitio de Agrigento, fueron arrojados muchos hombres al mar para calmar a Neptuno. Cuentan que Aníbal, que estaba haciendo la guerra en Italia, cuando le anunciaron que su hijo había sido designado para el holocausto anual, exclamó:
—Yo preparo a los dioses sacrificios que les serán más gratos.
En vano Darío y Gelon impusieron por condición a los cartagineses que dejasen de ensangrentar los altares; hay evidencias de que la superstición podría haber continuado, sobreviviendo a la pérdida de la gloria y de la independencia, resistiendo a los decretos imperiales. Se cree que aun en el siglo III de nuestra Era perduraba, aunque en secreto.
Bibliografía:
Historia Universal, vol. 8 – Cesare Cantu, Nemesio Fernández Cuesta


miércoles, 19 de agosto de 2009

Epílogo


Tenía pensado terminar el relato con la tercera entrega, pero en vista de que se ha batido el record de visitas que tenía la Reina de Saba — y ello a pesar de que la mitad de ustedes están de vacaciones lejos de aquí y de que Blogger no está avisando bien de las actualizaciones—, deduzco que el tema les interesa bastante. Por tanto, pienso que tal vez querrán saber qué fue de los protagonistas y qué consecuencias tuvo para ambos el desdichado episodio. Allá va:


El miércoles, tres días después de lo sucedido en la casa de Arcueil, alguien filtra la noticia de que se están tomando medidas legales contra el marqués y la hace llegar a su suegro. Éste se lo comunica a Sade, que llama a su presencia a su esposa y le cuenta lo ocurrido. Pero, eso sí, le da su propia versión de los hechos: se acusa de haber contratado los servicios de una prostituta, la cual, tomándolo por un caballero acaudalado, vio el modo de sacar gran provecho amenazándolo después con propagar toda clase de calumnias y denunciarlo en base a esas falsedades si no recibía una buena suma.


Pélagie, siempre ciega de pasión por su marido, no sólo no lo cubre de reproches ni hace ningún drama, sino que se muestra como una mujer con un carácter muy entero para quien lo único que importa es la salvación de Donatien. Visitó a un abogado conocido de la familia para estudiar la mejor defensa a seguir. Después habló con su madre, que se lanzó a tratar de arreglarlo todo. Sabiendo que no podría tardar en hacerse público el asunto, ellas mismas difunden la versión del marqués, mucho más inofensiva.


El abogado recibió instrucciones de dirigirse a Arcueil y negociar con Rose para que retirara los cargos a cambio de una compensación económica. Cuando llega al château del alguacil Rose aún guardaba cama, le dicen que a consecuencia del trato recibido, y se le informa de que las secuelas tardarían en desaparecer. Se trató de pintar el peor panorama posible para que la oferta fuera elevada, y, según se veía, la mendiga había sido bien asesorada por aquella gente.

Saumur


Para información de todos ustedes, y para su tranquilidad, sepan que al menos eso no era verdad, y que no tenía nada grave. Se había llevado un susto horroroso y unos rasguños que sangraron, con lo escandalosa y alarmante que es la sangre; pero las heridas eran muy superficiales, y al cabo de unos días no quedaba la menor señal. Ya teníamos dos pistas que nos inducían a pensarlo: una era que una mujer no puede descolgarse por una ventana, saltar un muro y ganarle una carrera hasta el pueblo a un hombre joven si va gravemente maltratada. El instinto de supervivencia nos hace capaces de grandes esfuerzos, pero no obra milagros. La segunda es que toda aquella gente que se apiadó de ella encontró más urgente que viera a un abogado, e incluso después al alguacil, antes que a un médico cuya visita se demoró horas. Absurdo si se hubiese encontrado tan mal como ahora pretendía para sacar el mejor provecho.


La suma que exigía era muy elevada: tres mil libras (12.000 dólares). Al final lograron rebajarla a 2.400 y otras doscientas en compensación por gastos de vendas, medicamentos y honorarios del doctor.


Si quieren saber qué fue de Rose Keller, la historia tuvo un final feliz: con ese dinero pudo hacer planes y casarse de nuevo con un hombre de su agrado. Nunca tuvo que volver a mendigar.


Pero por desgracia para Sade, el juez del distrito ya había enviado el expediente a la temida Chambre de la Tournelle, el juzgado criminal parisino. Se procedió con una celeridad asombrosa, pues los trámites comenzaron el mismo día de aquella primera declaración de Rose, y ahora debían continuar ineludiblemente.



El tribunal penal continuaba sus investigaciones. Eran unos tiempos en los que los poderosos abusaban monstruosamente de sus privilegios muchas veces, y se creían por encima de la ley, como si fueran superiores al resto de los mortales y como si los más desfavorecidos no tuvieran otro destino que el de vivir sometidos a su placer y capricho. Donatien, desde luego, se consideraba superior incluso a los demás miembros de su clase, y no comprendía que fuese tan grave azotar a la chusma. Sin embargo, la justicia no opinaba precisamente igual. La gente estaba cansada de que ocurrieran estas cosas y había una fuerte corriente de opinión en contra, lo que hacía que en esos momentos se estuviera tratando de reprimir con severidad los abusos de libertinos como el marqués.


Se había decidido que esta vez el castigo sería ejemplar. Donatien llevaba 10 días encerrado en Saumur cuando el tribunal tomó declaración a docenas de testigos, entre ellos el jardinero de la casita de Arcueil, las mujeres con las que se había encontrado Rose Keller en el pueblo y un largo etcétera. Y lo peor aún estaba por llegar: a principios de junio el marqués era conducido a la prisión de la Conciergerie, en París. El edificio albergaba el tribunal que investigaba su caso, y la comparecencia del acusado no podía ser más humillante: debía permanecer arrodillado y con la cabeza descubierta mientras respondía a las preguntas del fiscal.


Después de su comparecencia y de los exámenes médicos pertinentes, su condena fue reducida considerablemente respecto a la solicitada, pero aún así hubo de pasar largos meses en prisión y donar cien libras para comprar pan a los prisioneros de la Conciergèrie.