sábado, 24 de septiembre de 2016

LOS PICTOS


Los pictos fueron un pueblo que habitó las tierras de Escocia desde la antigüedad hasta el siglo X. Se conoce poco acerca de ellos debido, en parte, a que no dejaron registros escritos. Sin embargo, a veces encontramos en las crónicas que se habla de “in veteribus Pictorum libris” (“en los antiguos libros de los pictos"), lo que indica que no eran completamente iletrados. 

"Pictos" era el nombre que dieron los romanos a esta confederación de tribus, un nombre que aparece por primera vez en las obras de Eumenio, un orador del siglo III. Se cree que el término procede del latín “pingere” (pintar), lo que sugiere que pintaban sus cuerpos para la batalla, o los tatuaban. Pero desconocemos cómo se llamaban a sí mismos. Se ha propuesto también que “pictos” podría ser la adaptación latina del nombre que ellos se daban.

Su lenguaje es un misterio, y el significado de los símbolos grabados en piedra sigue siendo desconocido.

A pesar de haberse encontrado varios ejemplos de casas en Orkney, solo podemos especular acerca de su vida cotidiana, religión y estructura social. Las construían de madera, aunque eran muy expertos tallando la piedra.

Se sabe que se establecían en pequeñas comunidades compuestas por familias que pertenecían a un clan, presidido por un jefe tribal. Estos clanes, llamados “kin”, se conocían como Caerini, Cornavii, Lugi, Smertae, Decantae, Carnonacae, Caledonii, Selgovae y Votadini. Actuaban en su propio interés, y a menudo se atacaban para robarse el Ganado, pero se unían cuando los amenazaba un enemigo común y elegían a un jefe para liderar la coalición. 



El reino picto se componía así de varias federaciones, cada una con su propio jefe local que rendía vasallaje a un rey central con derechos de propiedad sobre la tierra y el ganado. Todo le pertenecía y si entablaba batalla tenían que apoyarlo. 

Elaboraron listas de sus reyes, pero no son constatables con anterioridad al año 550, y además apenas consisten en una lista de nombres con algunas notas añadidas de vez en cuando. A partir del 550 los nombres que aparecen en las listas son auténticos, puesto que puede comprobarse cotejándolos con los anales irlandeses y otras obras históricas.

Los hombres eran todos guerreros, pero cuando no tenían que defender sus tierras o a su clan, eran granjeros y pescadores, y las mujeres también pescaban, trabajaban la tierra y criaban a los niños. Aunque a veces se peleaba una tribu contra otra por el ganado, parecen haber vivido casi siempre en paz excepto cuando resultaban amenazados por invasores.

Los pictos se convirtieron al cristianismo hacia el siglo VIII. Los misioneros cristianos habían comenzado a evangelizar esos territories a finales del siglo IV. Con anterioridad, este pueblo practicaba un paganismo tribal que incluía devoción por la naturaleza y por lugares específicos a los que se suponía un poder sobrenatural por ser donde habitaba su diosa, o donde había realizado algún milagro. 


A pesar de haber sido considerados como unos simples salvajes que luchaban contra los romanos, tribus que se negaban a sacrificar su libertad y su modo de vida para entrar en la civilización que ofrecía el invasor, los pictos no eran en realidad esos guerreros tan primitivos. Por el contrario, construyeron una sociedad con un alto grado de sofisticación en el norte de Escocia, sobrepasando en muchos aspectos a sus rivales anglosajones. Así lo demuestra el descubrimiento de las ruinas de un monasterio picto en Portmahomack, que revelan que este pueblo era hábil con las artes y capaz de una arquitectura compleja. El monasterio tenía capacidad para albergar a 150 monjes y trabajadores que elaboraron libros y objetos religiosos que suministraban a otros monasterios.

El lugar fue incendiado en el siglo IX y varias esculturas fueron destrozadas, lo que sugiere que resultó saqueado por una fuerza invasora, probablemente por los vikingos, que intentaban extender sus territorios. 

La unión final de los escotos con los pictos, que culminó con lo que hoy son las Highlands escocesas, se supone que fue la conclusión de un proceso gradual de uniones matrimoniales entre ambos pueblos. Las mujeres estaban consideradas iguales a los hombres, y la sucesión entre los pictos era por línea femenina. El jefe podia ser sucedido por su hermano, o incluso por un sobrino, pero no por vía paterna. Hay razones para creer que el novio era habitualmente un príncipe de visita, y que el matrimonio no se consideraba permanente. La historia irlandesa de Corc, que lleva a Munster a su novia picta probablemente describe un acontecimiento común, lo que explicaría que los reyes irlandeses tuvieran a menudo nombres pictos a partir de finales del siglo VIII, sin que haya indicios de una conquista por parte de aquel pueblo. 


El Venerable Beda escribió en el año 731 que los pictos habían llegado desde el continente, seguramente desde Escandinavia, al norte de Irlanda pidiendo tierras, y que los irlandeses los habían enviado a Escocia. De ahí el mito que cuenta que les dieron esposas escocesas a condición de que su linaje se convirtiera en matrilineal. Sin embargo, algunos estudios apuntan a que los pictos eran en realidad los descendientes de los indígenas de la Edad del Hierro en el norte de Escocia.

Son muchas las leyendas que la imaginación popular ha urdido sobre los pictos. En algunas historias aparecen como pigmeos de piel oscura que por la tarde se ocultaban en agujeros excavados en la tierra, y que de noche tenían poderes mágicos.

El hecho de que escotos y pictos compartieran una misma religion puede haber ayudado a unirse frente a un enemigo común, una union que llevaría a crear el reino de Escocia. Pero aquellos pictos legendarios no desaparecieron, ni tampoco fueron conquistados. Sus descendientes siguen allí, en el norte de Escocia.


“Confío ciegamente en que este día, y esta unión vuestra, será el comienzo de la libertad de toda Britania. La esclavitud nos resulta desconocida; no hay tierra ni mar seguro, amenazados como estamos por una flota romana. Y así en la guerra y en la batalla, donde los valientes encuentran la gloria, hasta el cobarde encontrará la salvación […] No hay tribus más allá, nada excepto olas y rocas, y los aún más terribles romanos, […] ladrones del mundo, que habiendo agotado la tierra con su saqueo universal, depredan los mares. Si el enemigo es rico, son rapaces; si es pobre, ansían el poder; ni el este ni el oeste han sido capaces de satisfacerlos […]. Al robo, la masacre, el saqueo, le dan el nombre de Imperio; dejan desolación y lo llaman paz.”

(Discurso que Tácito atribuye a Calgaco, jefe picto)


Inolvidable presentación en Madrid Muchas gracias a Francisco Legaz por una presentación de quitarse el sombrero, a Vera Kújareva y a Miguel Ángel de Rus por su apoyo siempre y a todos a cuantos os acercasteis ayer a la librería Burma para compartir con nosotros estos momentos preciosos. Fue una tarde de reencuentro con algunos amigos, como Manuel López Paz  y las maravillosas escritoras Charo Martínez y Carmen Martí Fabra. Fue también ocasión de ver por primera vez a viejos amigos blogueros con los que no había coincidido antes. Así pude al fin abrazar a Cayetano Gea Bermejo y a su esposa, a Katy y a su esposo o a José Castro del Álamo. Y a la vez fue una tarde para encontrarme con otras personas que nos acompañaron y que me encantó conocer. Estuvieron los mejores. ¡Mil gracias!




miércoles, 21 de septiembre de 2016

MADRID, MAÑANA JUEVES


Presentación en Madrid de “La leyenda del enmascarado”, el jueves 22 de septiembre a las 19:30h en la librería Burma, calle Ave María, 18, en pleno barrio de Lavapiés.

Fragmento de la obra en:


Este fin de semana continuaremos con la actividad habitual del blog.



lunes, 12 de septiembre de 2016

PRESENTACIÓN EN MADRID, jueves 22 de septiembre


Después de unas deliciosas jornadas literarias en Burela y de la publicación de mi artículo sobre la legitimidad de Luis XIV en la revista catalana Fent Història, tengo el placer de anunciar la presentación en Madrid de “La leyenda del enmascarado”, el jueves 22 de septiembre a las 19:30h en la librería Burma, calle Ave María, 18, en pleno barrio de Lavapiés. 

¡Os esperamos!

Mi artículo en la revista Fent Història

Presentando "La leyenda del enmascarado" en la feria del libro de Burela, con Miguel Ángel de Rus y Salvador Robles.

domingo, 21 de agosto de 2016

Enrique II de Inglaterra más de cerca


Enrique II de Inglaterra había nacido en Le Mans el 5 de marzo de 1133, hijo de Godofredo V de Anjou, apodado el Hermoso, y de Matilde de Inglaterra. Se crió en Anjou, en las vastas posesiones de su padre, y desde muy joven se vio inmerso en la vida militar, ayudando a su madre en sus reclamaciones sobre el trono inglés.

No tenía ni veinte años cuando contrajo matrimonio con Leonor de Aquitania, que rondaba los treinta, pero para entonces ya obraba como hombre maduro, había mandado tropas en varias guerras y tenía dos bastardos que eran educados con esmero.

Enrique estaba considerado un hombre apuesto, aunque no realmente hermoso, bien proporcionado, de estatura mediana, amplio tórax y fuerte musculatura, con una abundante mata de cabello rubio rojizo típico de los Plantagenet; rostro cuadrado, anguloso y ojos de un tono azul grisáceo, redondos, algo saltones, unos ojos que aparecían inyectados en sangre cuando se encolerizaba. Al igual que ocurría con sus ancestros, y que iba a ocurrir también con sus hijos, sufría violentos accesos de ira que no convenía provocar. 

Diestro en el ejercicio físico, también prestaba atención a las letras, lo cual era una tradición familiar, puesto que uno de sus antepasados, Fulco el Bueno, conde de Anjou, en una ocasión dirigió al rey de Francia una misiva en estos términos:

“Al rey de los francos, del conde de los angevinos. Sabed, señor, que un rey sin letras es un asno coronado”.

El motivo de la osadía fue haberse enterado de que en los círculos próximos al rey se burlaban de la cultura de Fulco, “digna de un clérigo, y de su manera de cantar latín como un monje”.

Enrique, desde luego, también leía en latín, hablaba la lengua de Oc y varios idiomas: “todas las lenguas empleadas entre el mar de Francia y el Jordán”, según exageraban sus allegados. Durante su infancia tuvo preceptores muy capaces, entre ellos Pedro de Saintes, del que se decía que conocía la ciencia del verso mejor que cualquiera de sus contemporáneos. Y cuando contaba tan solo nueve años, su padre lo envió a Bristol, donde fue educado por otro erudito: el maestro Mateo, canciller de Matilde.

Otro de sus ancestros, su abuelo Fulco de Anjou, tras dejar a su hijo bien casado con Matilde, abandonó sus tierras para viajar a Tierra Santa. Allí contrajo matrimonio con la reina Melisenda. Descendía igualmente Enrique de Fulco el Negro, el típico señor feudal del siglo XI, feroz, capaz de aniquilar cuanto se le oponía y de saquear ciudades y abadías. Por tres veces le había sido impuesta la penitencia de peregrinar a Tierra Santa. Allí compareció ante el Santo Sepulcro con el torso desnudo y fue flagelado por dos servidores que, por orden suya, gritaban ante la muchedumbre que contemplaba el espectáculo:

—Señor, recibe al malvado Fulco, conde de Anjou, que te ha traicionado y ha renegado de Ti. Contempla, ¡oh, Cristo!, su alma arrepentida.

Los dominios de los condes de Anjou lindaban con los de Aquitania, y ello debió de resultar decisivo en su enlace con la reina Leonor. Juntos dominarían casi todo el oeste de Francia, desde el canal a los Pirineos, puesto que Enrique, además, era duque de Normandía. Grande era la ambición de ambos, aunque Leonor seguramente se sintió también atraída por su esposo, como se percibe en múltiples detalles de su vida. Y ella, por su parte, parecía contar también con suficientes atractivos para cautivar a Enrique.

El rey de Inglaterra era hombre elocuente, agradable y especialmente cortés mientras no sufriera uno de sus temibles arrebatos. Sus modales a la mesa eran exquisitos, y bebía con moderación. Se lo describe como valiente, instruido, prudente y generoso, pero a menudo se veía dominado por su pasión por el sexo opuesto. Las infidelidades a su esposa fueron numerosas, y algunas causaron gran conmoción, como su relación con la princesa de Francia que iba a convertirse en la esposa de su hijo Ricardo. El escándalo impidió que el matrimonio se llevara a cabo.

Vestía muy sencillamente. Se sentía cómodo con su ropa de caza y montado sobre su caballo, y no usaba guantes excepto cuando llevaba un halcón en el brazo. Amaba las aves y los perros, pero también solía retirarse en compañía de un buen libro, y gustaba de los debates intelectuales.

Oía misa diaria mientras permanecía todo el tiempo en pie, al igual que cuando asistía a consejos y a algún acto público. Prácticamente solo se sentaba a la hora de comer o al montar a caballo.


Resultaba muy accesible, y tenía la rara cualidad de no olvidar nunca un rostro. No se atenía a la rutina de ningún horario; con frecuencia improvisaba o decidía sobre la marcha, lo que tal vez contribuyó a desarrollar su habilidad para reaccionar con rapidez ante circunstancias imprevistas. Era capaz de hacer el camino de cuatro o cinco días en uno solo, y así desbarató alguna vez los complots de sus enemigos al llegar antes de lo previsto. No le gustaba permanecer en palacio, sino que prefería viajar por el reino y asegurarse de que se hacía justicia en todos los rincones. El ejercicio al que se entregaba le convenía, porque de ese modo quemaba la grasa que tendía a acumular en el abdomen.

Según Peter de Blois, “nadie es más astuto en el consejo, más exaltado en el discurso, más seguro en mitad del peligro, más cauto en la fortuna, más constante en la adversidad. Una vez que ha apreciado a alguien, es difícil que deje de amarlo; una vez ha odiado a alguien, es difícil que lo reciba en su gracia.”

Apreciaba la lealtad por encima de todas las cosas, y los mayores ataques de cólera surgían cuando se encontraba ante una traición. Más de una vez se dice que llegó a echar espuma por la boca mientras gritaba de rabia, y que, tirado en el suelo, masticaba la paja que lo cubría. Sin embargo, comprendía la oposición cuando era leal. A pesar de esta exigencia de lealtad, él mismo era tan infatigable en la persecución de sus derechos, que no tenía inconveniente en manipular e incluso romper su palabra.


Las que él percibió como traiciones, primero de Becket y después de Leonor, le dolieron profundamente. Pero las que más lamentó fueron las de sus propios hijos, a los que se había unido una parte de la nobleza y, ayudados por los reyes de Francia y de Escocia, levantaron una gran rebelión contra él. Enrique hizo prisionero al rey de Escocia y le obligó a rendirle homenaje por su reino. En cuanto a la rebelión de sus hijos, estaba tan mortificado por ello que cayó enfermo en Chinon. Al darse cuenta de que se acercaba su fin, ordenó que lo llevaran a la iglesia, donde murió ante el altar el 6 de julio de 1189, a los 57 años de edad y 35 de reinado. Sus ingratos asistentes dejaron su cuerpo desnudo en la iglesia, pero después fue enterrado en Fontevraud, en Anjou.

Enrique reunió las habilidades de un político, la sagacidad de un legislador y la magnanimidad de un héroe. Fue reverenciado por encima de los demás príncipes de su tiempo, y su muerte largamente lamentada por sus súbditos.


Nos vamos a Galicia. El sábado 27, a las 18 horas, presentaré "La leyenda del enmascarado" en la Feria del Libro de Burela, en un acto conducido por Miguel Ángel de Rus. Firmaré ejemplares el sábado 27 y el domingo 28.



miércoles, 10 de agosto de 2016

LEMAS


Ana Bolena – Mihi et meoe (por mí y por los míos).

Ainsi sera, groigne qui groigne (así será, digan lo que digan).

La más feliz.



Carlos de Orleáns, padre de Luis XII – Ma volonté.



Carlos I de Inglaterra – Justitia et veritas.



Carlos IX – Pietate et Justitia



Casa de Austria – A. E. I. O. U. (Austriae est imperare Orbi Universo)



Catalina de Aragón: Humilde y leal



Catalina Howard: No other will than his. (No tengo otra voluntad que la suya)



Catalina Parr – To be useful in all that I do. (Ser útil en todo lo que hago).



César Borgia – Aut Caesar, aut nihil (César o nada)



Duque de Buckingham – Think of me often (piensa mucho en mí)



Duque de Wellington – Virtute fortuna comes – La fortuna acompaña al valor.



Eduardo III, Orden de la Jarretera: Honi soit quy mal y pensé (Que la vergüenza caiga sobre quien piense mal)



Enrique II de Francia – Donec totum impleat orbem (hasta llenar todo el cielo)



Enrique II de Inglaterra – Utrumque (ambos)



Enrique III de Francia - Manet ultima coelo donec totum compleat orbem. (“La última está en el cielo antes de llenar el mundo”. Se refiere a la última corona, la celestial, por encima de todas las otras. Él poseía dos terrenales: la de Francia y Polonia, pero la más deseable era la del reino de los cielos.)



Enrique III de Inglaterra - Ke ne dune ke ne tiens ne pret ke desire (quien no da lo que tiene, no gana lo que desea).



Enrique IV de Francia - Duo praetendit unus ("Uno protege a dos": Francia y Navarra)



Enrique VIII – Altera securitas (Otra seguridad)

Merci, fortune (gracias, fortuna)

Oblier ne puis (no puedo olvidar)

Coure loyall (corazón leal)



Felipe II de España – Hinc vigilo (por tanto, vigilo)

El mundo no es suficiente

Nec soli impar (igual al sol)



Guillermo III – Conservaré



Isabel I de Inglaterra – Rutilans rose sine spina 

Semper eadem (siempre igual)



Isabel la Católica – Premio la lealtad militar



Juana Seymour – Bond to obey and serve (Para obedecer y servir)



Luis XII - Cominus et eminus (De cera como de lejos)



Luis XIV – Nec pluribus impar (Por encima de todos)



Manuel Filiberto de Saboya – A quien es despojado, le quedan las armas.



María Tudor – Pro aroe et regni custodia (por la custoria del altar y del reino).

Veritas temporis filia (La verdad es hija del tiempo).



María Estuardo: En ma fin est mon commencement (En mi fin está mi principio, lema que tomó de su madre, María de Guisa).

Sa virtu m’attire (su virtud me atrae).



Maximiliano I - Bella gerant allii, tu felix Austria nube! (Que otros hagan la guerra ; tú, feliz Austria, cásate)



Papa Alejandro VII – Montium custos (el guardián de los montes)



Reina Victoria – Dieu et mon droit (“Dios y mi derecho”, tomado de Ricardo Corazón de León, o de Guillermo el Conquistador según otras fuentes, por los monarcas ingleses desde Enrique VI)



Ricardo I – Christo duce (con cristo por guía)



Ricardo III – Loyalte me lie. (La lealtad me ata)



Sir Winston Churchill – Fiel pero desdichado. (Lema en español. Durante las Guerras Civiles Inglesas entre 1642 y 1651, un antepasado apoyó a Carlos I frente a Cromwell. Pero tras la derrota en la Batalla de Worcester y la ejecución del rey, sus partidarios cayeron en desgracia, incluido Churchill, que perdió todas sus posesiones y títulos. Con la Restauración, Carlos II premió la lealtad de los realistas con títulos y honores, pero sin indemnización económica por cuanto habían perdido. Los nombró caballeros y les otorgó el derecho a portar un escudo de armas, y el recién nombrado Sir Winston Churchill eligió para su escudo el lema “Fiel pero Desdichado”, con el que expresaba su decepción. La razón por la que aquel Churchill eligió el idioma español para su lema, en lugar del habitual latín o francés, permanece en la oscuridad.



William Shakespeare – Non sans droict (no sin derecho).


Muchísimas gracias a Manuel López Paz por su divertida reseña de La leyenda del Enmascarado. 
http://docmanuel.blogspot.com.es/2016/08/la-leyenda-del-enmascarado.html

Muy agradecida igualmente al Gélido Tolya, por su estupenda reseña en su blog Civilización o Barbarie:
http://elgelidotolya.blogspot.com.es/2016/08/montserrat-suanez-la-leyenda-del.html

¡Da gusto tener lectores tan estupendos!

lunes, 1 de agosto de 2016

Occitania y los cátaros


Occitania, donde se hablaba la lengua de oc (langue d’oc), se correspondía prácticamente con la mitad sur de lo que hoy es Francia. Se oponía a la mitad norte, cuyo idioma era la lengua de oil (langue d’oïl), antepasada del actual idioma francés. Buena parte de estas tierras del sur estaban bajo el dominio o la influencia de la Corona de Aragón, pero también había poderosos señores independientes de facto, y algunos que rendían vasallaje al rey de Francia.

La Edad Media había dejado a la humanidad sumida en las tinieblas. Las invasiones de los bárbaros, el férreo sistema feudal que se fue consolidando a partir de entonces, el poder inmenso de la Iglesia fueron factores que arrinconaron la cultura atesorada por la antigüedad y favorecieron que se fuera imponiendo la superstición y la ignorancia. Es cierto que debemos a los monasterios la conservación de los viejos libros griegos y romanos mediante la labor de los monjes amanuenses que copiaban y traducían los textos, pero la Iglesia trataba de monopolizar la cultura y el arte estaba casi exclusivamente al servicio de la religión: la arquitectura expresaba sus mayores grados de refinamiento al construir catedrales, la literatura que no tuviera fines sacros era escasa y la pintura se empleaba para representar escenas de los Evangelios, puesto que en una época en la que la mayoría de la población era analfabeta, las imágenes resultaban un recurso útil para realizar la labor de adoctrinamiento. 

Sin embargo, Occitania constituía una excepción. Mientras Francia se sumía en la barbarie, allí se apreciaba la cultura y el refinamiento, se componía música y poesía, se celebraban las cortes del amor y se rendía culto a la belleza. 


Si los cantares de gesta tendían a celebrar los ideales caballerescos del valor en batalla, la lealtad y el honor, surgía otra literatura que celebraba el amor. Fueron los poetas del sur, los trovadores, quienes popularizaron el concepto de amor cortés, revolucionario en aquel tiempo. Basándose en ideas de Platón y de escritores árabes, e influenciados por el creciente culto a la Virgen María, estos poetas componían su obra en la lengua occitana. Deificaban a las mujeres, concediéndoles superioridad sobre los hombres, y establecían códigos de cortesía y conducta caballerosa. 

La amada, una figura idealizada, a menudo de alto rango e incluso casada, permanece inalcanzable para su humilde adorador, que debe rendirle homenaje y demostrarle su devoción y lealtad durante un tiempo antes de que su amor sea siquiera reconocido. En este juego la mujer siempre ostenta el liderazgo y establece el tono de la relación. Sus deseos y órdenes son absolutos, y cualquier pretendiente que no los cumpla no es merecedor del honor de obtener su amor. Había un cierto erotismo subyacente bajo estos preceptos, pues se entendía tácitamente que el que persistía llegaría a conseguir un día la recompensa que esperaba.

Los trovadores procedían de todos los estratos sociales. Los nobles occitanos fueron en ocasiones famosos trovadores que componían música y poesía, como Guillermo de Poitiers, el abuelo de Leonor de Aquitania, un personaje singular cuya vida fue tan intensa y azarosa como la de un personaje de novela. El duque de Aquitania mantuvo un prolongado pulso con la Iglesia, a la que desafió de todos los modos posibles, como cuando concibió una violenta pasión por la esposa de su vasallo el vizconde de Châtellerault. La dama, a quien él llamaba Dangerosa (la Peligrosa), llevaba 7 años casada y tenía tres hijos. Sin importarle las consecuencias de sus actos, la raptó de su alcoba y se la llevó a su castillo en Poitiers. Guillermo murió excomulgado, un castigo que no aceptó mansamente: cuando el obispo estaba a punto de pronunciar la sentencia de excomunión en la catedral de Saint-Pierre, Guillermo irrumpió espada en mano, lo agarró por el cuello y amenazó con matarlo si no lo absolvía. Como el obispo se mantuvo firme, él desistió y se limitó a exclamar desdeñoso: 

—No os amo tanto como para enviaros al Paraíso.


Los trovadores también podían ser de origen humilde, como el célebre Bernart de Ventadour, que se supone hijo de un panadero. Incluso hubo mujeres trovadoras, como la condesa Beatriz de Día. En ocasiones estos poetas sólo eran compositores, pero otras veces interpretaban personalmente sus obras, y después los juglares itinerantes, que eran meros intérpretes, iban repitiendo los cantares de castillo en castillo. 

La Tierra de Oc era un oasis de luz en medio de las tinieblas, un mundo destinado a no sobrevivir, a ser aplastado por la oscuridad del Medievo que arrasaba todo a su paso. Fue también la patria de los cátaros, y ellos fueron el pretexto para entrar a sangre y fuego en esos territorios que el rey de Francia ambicionaba y la Iglesia quería sometidos, como el resto, a su control.

Los cátaros suponían un peligro no solo para el poder eclesiástico, sino también para el temporal. Eran una especie de “antisistema” que hacían peligrar la propia base del feudalismo sobre la que se asentaba la sociedad de la época y el poder del rey, puesto que rechazaban todo juramento, y eso incluía el de vasallaje. 

El catarismo afirmaba la existencia de una dualidad creadora que atribuía a Dios el mundo espiritual, las almas, y al demonio el material, los cuerpos, pero también las guerras y la Iglesia católica, todo lo cual rechazaban. Y, como consideraban los cuerpos obra de Satán, era imposible que aceptaran la idea de que Cristo se encarnó en un hombre. Para ellos no había tomado forma material, sino que había sido una aparición. Además rechazaban el Antiguo Testamento, porque el dios que allí se muestra es un sanguinario dios de la guerra que percibían como maligno y opuesto a su idea del bien.


No comían carne, pues pensaban que podían reencarnarse en un animal, aunque sí comían pescado, que consideraban un fruto natural que ofrecía el mar. Pero la mentalidad de un cátaro era avanzada en muchos aspectos. Por ejemplo, sostenían que la mujer tenía la misma dignidad que el hombre, algo sorprendente en aquel siglo en el que Santo Tomás, entre otros, siguiendo las teorías de Aristóteles, decía que el alma entraba en el cuerpo de un varón a los 40 días de la concepción, mientras que en el de una mujer tardaba el doble. Según él, “la mujer es bastarda y defectuosa y en consecuencia debe estar sometida al hombre”. 

Los cátaros no sólo tenían superadas estas cuestiones, sino que además aceptaban las relaciones homosexuales y el suicidio. Los llamados perfectos, el más alto grado de su jerarquía, practicaban la castidad, pero no así el resto de la secta, que podían mantener relaciones sexuales libres, sin buscar la paternidad. El pecado era para ellos traer hijos al mundo, almas que quedaban encerradas en cuerpos materiales creados por Satán.

Eran un peligro para el status quo y la excusa perfecta para que los poderosos dieran rienda suelta a su ambición con la conquista de aquellas tierras. A comienzos del siglo XIII el Papa Inocencio III convocó una cruzada contra ellos, una guerra que llevó la muerte a Occitania y favoreció la expansión hacia el sur del rey de Francia. Con la persecución de los cátaros, tras el holocausto de Montségur, el sur de Francia quedó tan devastado que su cultura terminó por desaparecer.